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MOCHALES

Levantarse a la una de la madrugada

El descontrol horario no está bien visto entre la sociedad que sigue las ordenes al pie de la letra. Pero a mí no se me caen los galones por levantarme a la una de la madrugada y retomar un día que realmente nunca acabó. Porque hace tres horas desenfundaba toda la carga de mi pistola en el interior de Judy, una madre separada y abandonada a su mala suerte, que busca a un marido con la misma ansiedad que los bebés recién nacidos intentan dar sus primeras bocanadas de aire. Luego debí dormirme. Demasiado esfuerzo. Abrí el ojo izquierdo con el sonido de la puerta de casa al cerrarse. Era Judy, que cansada de verme roncar debió tomar una decisión semejante a la que yo ahora he tomado: abandonar el hogar. Que para mí la casa propia no deja de ser ajena, cuando transito muchas más horas de mi vida por los bares de Dios, las casas de masajes y las calles de las que nunca me fijé en sus nombres.

 

Mientras escucho a todo volumen a Girls Against Boys e intento comprender un libro harto complejo (Nietzsche, Genealogía de la Moral), recuerdo que aún huelo a Judy, la cual decidió, en homenaje a mi locura imparable, obligarme a correrme en su interior, como si la ruleta rusa fuera nuestro deporte favorito y como si su hija no hubiera llegado al mundo por un hecho similar.

 

-No pasa nada, córrete dentro.

 

Y allí que me fui yo, sin más preguntas que mis continuas arremetidas, a inundar su centro vital. Luego llegaron las dudas, mucho más caudalosas que mi corrida. “¿Tomas la pastilla?”, pregunté, aún anonadado; “No. Pero no pasa nada”, contestó una Judy que, despatarrada en la cama, aún hacía aspavientos para que no dejara de abrazarla.

 

¿Es posible tanto riesgo? ¿Por qué las personas que se han partido la barbilla con una roca vuelven a pegársela en posición parecida? ¿Por qué para algunos humanos que transitan por la vida acumulando riesgos, la única manera de cazar a sus amados es dejándose preñar? De hecho Judy fue abandonada por el padre de su hija antes de pasar por el altar, cuando la barriga era prominente y el amor imposible.

 

-¿Y si te quedas embarazada?, añadí.

 

-Es imposible.

 

-¿Eres estéril?

 

-No. Pero hace año y medio que no follaba.

 

-¿Y eso es un condicionante para no tener que visitar al ginecólogo?

 

Tampoco me preguntó si yo me había protegido en mis tropecientos actos sexuales anteriores. Que mientras ella decía haberse mantenido recia en los últimos dieciocho meses yo no había dejado hoyo por horadar. ¿A qué juegan los humanos que son los parias de la Tierra? ¿Por qué otra hija de otro presunto marido que saldrá a la carrera?

 

La cena en mi japonés favorito fue épica: “Fóllame en el baño”, me dijo, como anunciando, en su extrema embriaguez, lo que iba a llegar después. Pero la verdad, no lo entiendo, por alcohólico y por hombre vivido: ¿Dos cervezas de medio litro compartidas y seis chupitos de sake son suficientes para joderte una vida? ¿Si le llegó a colapsar el hígado de Yamazaki 12 años hubiera sido aún peor? Entonces, ¿deben beber los que no saben beber; los que toman decisiones dependiendo de su grado de borrachera?

 

-Descubrí que el padre de mi hija tenía una doble vida por internet –me dijo una Judy que ayudaba desde su interior a que sus ojos se coparan de lágrimas-; un día rastreé y me enteré de que su mujer es canadiense y su primera hija tenía ya siete años.

 

-Yo no tengo doble vida. A no ser que tomes como tal mi alcoholismo desmedido. Pero con descendientes aún no cargo. Eso seguro.

 

Le volvieron a brillar los ojos tanto que entendí que las frases cambian de significado según quién las escuche. Porque para Judy yo era su partido ideal: soltero, sin hijos, con apariencia moderna-destructiva. Todo un milagro.

 

Levantarse en medio de la madrugada sin saber qué hora es, y salir corriendo al bar de siempre a meterse güisqui japonés, es un esfuerzo superior a los que realizan esos esforzados atletas que quieren batir records y acumular medallas. Judy prosigue al pie de la letra su horario legal: se vuelve a casa antes de que se le haga tarde aunque el posible padre de su segundo vástago se encuentre a su lado.

 

 Me dan miedo los horarios tanto o más que las mujeres desesperadas. Habrá que esperar a su nuevo periodo. O apagar el teléfono hasta la eternidad de los días. 

Cialis

Creadas para evitar separaciones matrimoniales prematuras y para solventar las maliciosas bajadas de bandera, la Cialis también ayuda a los alcohólicos como yo, que siempre deciden usar el cilindro cuando la noche termina, la mañana asoma, y el hígado es un pelele en manos de la botella de Yamazaki 12 años. Ayer también fue en esas extrañas circunstancias para el resto -que para mí son las normales- cuando tomé el doble de la dosis aconsejada: la pastilla entera. Dicen los expertos que con el alcohol no hace efecto, pero yo puedo asegurar que nada más lejos de la realidad. Por ello asumo que los de laboratorios Lilly deben ser de la liga abstemia. O algo peor. Aunque agradezco su aportación a mis noches de gloria, en donde uno recupera la moral del quinceañero que ni masturbándose siete veces al día podía llegar a bajar el hinchazón.

 

Mientras mi presa, una facilona que capturé con mi red de arrastre a eso de las cuatro de la mañana, se retiraba las suciedades internas y externas, yo me calzaba el pastillón con el último trago de mi querido güisqui nipón. Luego pasé al baño, donde me faltó poco para beberme las aguas pantanosas que había acumulado Erin en mi bañera, que mientras me secaba mi enjuague general sí que chupe la toalla, preludio del incendio que me vería dispuesto a apagar minutos después. Mi falo ya sufría los bienes del tratamiento en clara disonancia con lo que da el cuerpo humano. Temí por mi corazón.

 

Me centré en la contrarreloj individual, donde sin casco ni maillot –aunque en posición equivalente a las que cogen los ciclistas que se juegan el Tour- acoplé mi boca en la vulva de Erin usando sus magníficos huesos salientes como manillares de bicicleta. No hubo record de la hora porque la misma bici acabó desmontándose. Tanto pedalear, tanto desencajar mi lengua, y tanto introducir mi nariz, que la chica saltó sobre mi hombro, para aprovechándose de que yo me daba la vuelta tumbado sobre la cama, encajarse sobre mi miembro con una puntería tal que pensé que estaba soñando. Antes de comenzar a empujar recordé que en mi último lengüetazo hacia su pubis había llegado a traspasar todo mi alientazo a alcohol a su mismo coño. Trasvase de olores; porque mi boca apestaba a mi pastilla de jabón la cual supongo debió usar Erin para asearse ahí abajo.

 

Debo reconocer que sería frívolo aconsejar la toma de la dosis íntegra de Cialis. Porque aquello no bajaba ni cuando eyaculaba. Un auténtico escándalo. Y Erin, presa de un ataque de nervios, exigiéndome un pequeño descanso. Porque nunca había llegado a experimentar tales arremetidas sin un atisbo de final.

 

-Oye, ¿esto siempre es así?

 

-¿A qué te refieres?

 

-Llevas tres horas empujándome sin parar; te has corrido cuatro veces. Yo las otras veces que he practicado sexo la gente descansa entre polvo y polvo. A veces hasta dormimos. Incluso es usual sólo echar uno.

 

-Mira, yo sólo sigo mis impulsos. Y esto –señalando el falo- no me da coordenadas negativas, sino todo lo contrario.

 

-Pues yo te ruego que ceses. Antes me dolía aquí adentro –señalándose el bajo vientre- y ahora me duelen todos los huesos.

 

-Déjame una sola vez más, por favor.

 

-Misionero… y no aprietes mucho.

 

-Es que si no es así no puedo terminar.

 

-¿Quieres que te masturbe?

 

-Demasiado poco para mi fuerza centrífuga.

 

Viéndola dormir, como arrasada por un tsunami que la había arrastrado a treinta kilómetros de su casa, me puse a pensar en el desaprensivo que ha inventado semejante avance. Porque, repito, a dosis entera uno puede llegar a transformarse en la mayor taladradora de la historia de la Humanidad. Y no digo nada si este tratamiento rejuvenecedor cae en manos de un ex drogadicto; y que se mete dos, o incluso tres. Porque todo desprecio al discurrir legal de la naturaleza lo ha creado el hombre, con sus propias manos, que no son sus cerebros.

 

Luego me tuve que masturbar con porno japonés. En la segunda gayola ella despertó; pero volvió a dormirse cuando me vio con mi antebrazo izquierdo en plan arrollador. Sentí pena al pensar que podía haber tenido ganas de ir al baño y que se estaba conteniendo. Y que no se atrevió a mover ni un solo músculo, preocupada ante el animal con el que acaba de tener su sesión de sexo. Le vi coger el móvil. Pensé que estaba llamando a la policía. Finalmente estaba poniendo la alarma para al día siguiente acudir al trabajo.

 

-Oye, te dejo mi teléfono. Pero no me llames más que una vez al mes.

 

-O sea, que te ha gustado.

 

-Todos los excesos gustan; pero prefiero contárselo a mis amigas que vernos todos los días. No sé cuántas novias habrás tenido, pero yo no entiendo semejante despliegue.

 

La dosis de Cialis dura, al menos, dos días. Me acosté dubitativo, con el cilindro enrojecido y más grande de lo normal. Soñé que era bombero. Y que apagaba un fuego en un prado de la meseta castellana. Porque a veces sólo estoy tranquilo durmiendo. Incluso cuando tengo sueños violentos. 

Reliquia, una cuestión de honor

“¿Y dices que te llamas Reliquia?, le pregunté mientras ascendíamos al taxi; “Sí. Es que cuanto más edad tengo más valgo”, me contestó, mientras se sentaba en un taxi que apestaba a su eterna colonia barata. El taxista no daba crédito: un enfermo de apariencia apuesta y una lumi de cincuenta años, nativa, con más clientes a sus espaldas que La Caixa.

 

-Te juro que deseo ir a tu casa –le apunté.

 

-Pues en mis casi treinta años de profesión podría contar con los dedos de una mano las veces que mis clientes me han pedido ir a mi casa. De hecho tú eres el único que me lo suplica. He follado en portales y jardines, la he mamado en cajeros automáticos, he pajeado en coches y hasta a un grupo de obreros en una furgoneta sin cristales, pero lo de follar en mi casa no lo llevo nada bien. Mira, ¿tú sabes en qué condiciones están mis compatriotas que no ganan mucho dinero? Pues imagínate un desecho social como yo para esta sociedad; una puta de cincuenta y dos a la que hay taxistas que no quieren llevar a las peceras.

 

-¿Peceras? –pregunté intrigado.

 

-Las peceras son los bares. Mira, es como pescar en una pecera. Echas el anzuelo y siempre cae uno, si no dos.

 

-¿Follas todos los días?

 

-Sexo siempre: o masturbación o chupada o polvo. Y ahora más, que ya no sufro la regla… Mira, una vez un austríaco iba preguntando a todas las compañeras en un bar quién tenía el periodo. Y casualmente yo lo sufría. Me llevó a su hotel y se dedicó a chuparme aquí abajo –para ayudar al contenido de la frase Reliquia se levantó la falda dejando asomar unas bragas de Hello Kitty con colores diversos- mientras yo le ayudaba a limpiarse su cara ensangrentada. Disfrutaba con eso, ¿sabes? Yo llegué a pensar que era un psicópata. Ni me penetró. Pero al terminar me pagó el doble de lo estipulado, se vistió, me besó en la mejilla, y me dijo que me fuera. Educación, saber estar, buena presencia… me dijo que era del gobierno municipal de una ciudad de su país, y que venía a ayudar a los empresarios de la zona. Tenía tres hijos. Rubio y de metro noventa. Esa noche no dormí. Aunque me ahorré un par de compresas: me dejó seca.

 

La casa de Reliquia era uno de esos zulos clásicos que tantas veces he visitado: quinta planta sin ascensor, sin ventana, con restos de comida y maquillaje por la única mesa del dormitorio, con la cama hecha trizas, con el baño fuera del habitáculo, sin cocina, sin aire acondicionado, con un ventilador que repartía más frío que frescor, y con un armario auténtica reliquia de modistos. “Mira, este vestido es de hace diecisiete años. Y luego dicen que los chinos fabricamos mal”, me comentó. Yo toqué la textura del mismo y creí haber pasado mis huellas dactilares sobre papel de lija. Los colores habían mutado en manchas desenfocadas y un apestoso olor me amenazó cuando acerqué mi nariz a la prenda. “¿Y te lo sigues poniendo?”, pregunté; “Sólo cuando tengo añoranzas de tiempos mejores”, masculló mientras sus dos tetas de calibres industriales descendían tras la suelta del sujetador.

 

-Oye, ¿tú follas siempre?

 

-Siempre que quieren o quiero, o sea, casi siempre.

 

-Es que yo no quiero follar.

 

-Eres muy raro sabes. ¿No querrás tú también beberte mi regla? ¡Que ya no la tengo!

 

-Sólo quiero besarte a tornillo, dormir abrazados, y ya veremos.

 

-Eres más raro que aquel austríaco, te lo prometo.

 

La cama era un zarzal. El paso del tiempo había generado escabrosos pinchos en las costuras de la manta y las sabanas, que eran menos suaves que una camada de erizos. Aunque la almohada sí era mi sueño: completamente amarilla, aunque en su pasado fue enteramente blanca, con zonas donde el marrón comenzaba a dominar sobre el amarillo. Posé mi cabeza sobre ella, abracé a Reliquia, y mientras sentía su piel inconmensurable sobre mi pecho debí dormirme. A las tres horas debí despertarme, semi ahogado por la presión de su cuerpo contra mi corazón, cuando tras mear en cuclillas en una papelera convertida en urinario, tomé la decisión final: cubrirla. “Joder, me follas dormida, te corres dentro al minuto y medio, y ahora me besas con lengua. Seguro que mi aliento no es el mejor”, me dijo mientras vaciaba su cavidad vaginal en la misma papelera donde justo antes había orinado.

 

Luego volvimos a dormirnos. Mi glande brillaba en la oscuridad de la noche. Aunque una pegatina de Hello Kitty sobre el frigorífico que atormentaba mi sueño junto a mi oreja izquierda, hizo competencia luciérnaga en una noche de zulo donde las estrellas eran mi falo y ese infantil dibujo animado que aún convierte a Reliquia en una niña con cuerpo de vieja.

 

A eso de las once la dejé durmiendo. Como no me pude duchar, me fui en un taxi a la carrera ante los picores generales que comenzaban a atenazarme. Shanghái estaba nublado. El tráfico era violento. Y mi taxista pensando que yo era el ‘lao wai’ tipo que querría para su hija: bien vestido, bien hablado y educado. Las apariencias engañan tanto o más que las predicciones meteorológicas. Porque hasta Reliquia, aquella puta que capté en plena calle de Tongren lu, fue en realidad un paseo por un instituto: pureza y autenticidad a partes iguales con una sobredosis desmedida de infantilismo a la moda. Hello Kitty estaría orgullosa de ella. 

La chica del maíz

Se jalaba a dos carrillos una mazorca aceitosa, que sobresalía de un caldo amparado en una caja de plástico, mientras me introducía en una de esas casas de masajes en donde siempre sabes que nunca te saldrás vacío. Yo, fingiendo con un saludo que ocultaba mi asco, me negaba a llevar al catre a una tipa que se podría llegar a estremecerse por mis pezones mientras sus labios le chorreaban los restos de una cena copiosa. Porque cuando uno paga no quiere usar el mondadientes tras practicar el sexo más previsto.

 

Pero cuando me duchaba en la intemperie de la habitación apareció mi dulcinea –la misma que engullía la mazorca como si le persiguiera la Gestapo- desnudándose en un abrir y cerrar de ojos. Lo primero que me sorprendió fue que al quitarse un jersey de amplio espectro, observé que sus tetas no llevaban sujetador alguno. Y ese putismo me flagela. De hecho hasta sentí frío en una ducha que hervía por los cuatro costados. La segunda sorpresa, y que sirva de precedente, fue que la muchacha –algo más de treinta- se introdujo en mi ducha donde el espacio era inhumano y la charca –el desagüe debía conservar pelos de, al menos, quinientos tipos como yo- elevó con su presencia su capacidad, llegando a desbordar los restos de jabón y mierdas de ambos. Luego fue coser y cantar. Aunque lo del maíz me seguía mosqueando.

 

-Déjate de agua.

 

-De acuerdo.

 

Porque yo no soporto esas exhibiciones de vasos de agua caliente y fría, que se intercalan en la mamada, como intentando marcar el placer aunque lo que realmente consiguen es que pierda la paciencia.

 

A pelo fue un deleite. Porque la de la mazorca se empeñó en recordarme que incluso en los inviernos más crudos mi polla puede ser lo más parecido a un helado. La lamía de lado a lado, de arriba abajo, desde la huevera al glande, mirándome a los ojos, con una propulsión digna de cualquier ciclista que quiere batir el record de la hora mientras, y además, zigzaguea, asciende, derrapa y esprinta.

 

Fue tal su trabajo, esmerado y eficiente, con un desparpajo propio de una juvenil, que sobe mi camilla y ella en cuclillas, le oferté lo que tocaba: “Quiero follarte… Y sin condón”. Porque la euforia desmedida siempre es mejor que la euforia contenida. “Póntelo… que conozco este tipo de euforias”, me dijo mi mazorca que ya posaba a cuatro patas cual abeja sin aguijón sobre una camilla de operaciones transformada en jardín del sexo.

 

Pero es lo que tiene el vicio. Que no te vale con siete, que necesitas catorce. Por lo que tras diversas arremetidas me retiré el condón, que ya ejercía presión negativa sobre mi miembro, para dócil cual gacela, posarlo en la boca de mi presa, que supongo con restos de maíz –nunca me cayó mejor una masajista desprovista de valores que engullía mi sexo cual nueva mazorca de temporada- aprovechó la oferta para buscar ese final feliz que acabó en ducha espesa.

 

-No me has avisado.

 

-No me has dejado.

 

-Ya pero… mira esto.

 

Su cara era un poema. Y su boca una alberca. Luego nos volvimos a duchar. Ella escupió con la violencia de un ultra. Exactamente como yo hice contra su boca. Porque la vida son paralelismos intrigantes que como mazorcas de maíz te los comes hasta con sopas.

 

-Son trescientos –me dijo, mientras se secaba su eterno y violento matojo con la misma toalla que habíamos retirado mi semen del falso camastro.

 

-¿Puedo pagar con tarjeta?-, le apunté.

 

-Recargo del 10%- me apuntó.

 

-Joder con los chinos- confirmé.

 

Luego cerré la puerta, ya vestido, y me quedé sorprendido, incluso afectado, porque la fidelidad en los masajes es parecida a la que sufre el rey de Suazilandia, ya que al minuto se agarró del brazo de otro extranjero que cruzaba el umbral de una puerta que apestaba a caldo de maíz. Yo abonaba mi cuenta, como si tal cosa. Negocié con su compañera. Pero al final es mejor ceder ante tipas que comen a dos carillos mazorcas de maíz que ante mujeres que te revisan los billetes al pagar por si son falsos.

 

El taxi apestaba a ajo. Su conductor ni me sonrió. No habría follado. Y probablemente ni pagando. 

Judy la curiosa

Otra perla, como esos niños que patean balones en los patios de sus edificios y son fichados tras el buen ojo de un señor con corbata que cierra el contrato con el padre en el bar de abajo, bajo la tupida atmosfera de cuatro carajillos bien puestos. “¿Y yo podré ir a los partidos?”, diría el tutor, con chándal y a lo loco; “Por supuesto: quinto anfiteatro”, contestaría el receloso ojeador, harto de padres que quieren ser como sus hijos. O incluso más.

 

Porque Judy era más curiosa que catorce niños en un programa de televisión, de esos que los prostituyen por sus caras bonitas y sus bailes alegres mientras la audiencia se desbarra en aplausos y opiniones ultras. “Acepto tu propuesta”, me dijo Judy, antes de enfilar lo que iba a ser una noche de autos, si es que hubiera venido con nosotros algún juez o notario.

 

No es comprensible. Sobre todo para el resto de la humanidad. Porque al final el milagro reside en la ignorancia. Que lo que suponemos, nos pone menos que unas lentejas de lunes o un cocido de domingo. Venga novedad. Venga salida de tono. A tope por el carril del cual no sabemos el camino. Y que viva mi mente obtusa, aquella que sirve como bálsamo enfermizo para esas pobres civilizadas que arremeten contra sus vidas sólo cuando su primer descuartizador se les acerca.

 

Porque no es habitual que una dama, a la que acabas de conocer en un bar ramplón, se te suba a la chepa cuando le has ofrecido una de esas ofertas que no son bien vistas por la mayoría: “Conozco un puti-club donde acudo a menudo. Como ya hemos hablado antes: sígueme y mírame”. Y vuelta al inicio, que como robots industrializados repiten sin cesar. “Acepto tu propuesta”, recalcó una Judy a la que nunca supuse tan curiosa y a la vez, viciosa.

 

Cerca del Westin, uno de esos hoteles que sirven de cobertizo para los más pudientes, se levanta un lúgubre negocio sin neón exterior donde te sirven en bandeja de chándal a multitud de veinteañeras ex campesinas que, por dinero, te lavan el ojete sobre un camastro acuoso-aceitoso, y que luego, tras ser secados por unas toallas que homenajean al papel de lija, se acuestan con uno. Lo gracioso del entuerto es que los que pernoctan en el Westin se dan un garbeo erecto por ese mismo puti-club sin nombre aunque con personas.

 

Judy, con los ojos como piedras de mármol de Macael, me observaba mientras mi puta remetía esos geles de un euro el litro sobre mi desasosegante ano. La razón: luego había que chuparlo. Porque yo sólo acudo a espacios donde la intención supera a la imaginación.

 

-¿No quieres quitarte la ropa y participar en el debate?, le dije a una Judy que ya enrojecía.

 

-No, no. Pero no te desconcentres. Sigue.

 

La meretriz, mi meretriz, ante tamaña situación –un cliente chulesco que mientras era enjuagado analmente hablaba con otra dama de procedencia humana- se concedió el beneficio de la duda.

 

-¿Tiene una cámara? ¡Que no quiero que me graben!

 

-Tranquila: yo las películas las ruedo en casa. Tengo amigos reporteros, ¿sabes?

 

Mi lumi sólo sonrió cuando me corrí, alarmada ante tanto gentío en una habitación siempre confeccionada para una pareja; si acaso para un trío pero donde dos son putas y una nunca es mirona. Intentó sacarse la falda cuando yo aceleraba en el proceso. Me prometí sólo mirar. Es lo que tiene el vicio, que te saca de quicio y te proyecta más mentiras que promesas.

 

-La próxima vez quiero participar -me dijo mi amiga viciosa.

 

-Pues paga –repliqué.

 

Al vestirme reanudé la conversación con Judy, la cual yacía sobre la misma cama donde había vertido mi semen, porque suelo desenfundar el arma antes de redondear la jugada, a la fresca.

 

-¿Te parecía guapa?

 

-Guapa no, guapísima.

 

-¿Y por qué no te acercaste?

 

-Habrá más días. Era demasiado.

 

-Sí, pero casi te sacas la falda al finalizar.

 

-Es que soy humana, ¡joder!

 

Judy acabó en casa. Como cualquier persona que siente atracción por la oferta y el ofertante. Pero debe saberse que detrás de aquel cuerpo al que luego cubrí, con la ayuda de media dosis de Cialis, se esconde una dama a la que le ponen los vicios más vomitivos. Aunque para mí su enfermedad fue mi espejo. Ojalá no peque de pardilla y dé ese salto adelante que reclaman todas aquellas personas que se acuestan ofuscadas. Porque contra la depresión y el vacío sólo hay una salida: cumplir tus sueños. Por muy viciosos que éstos sean.

 

Al salir de casa cerró la puerta con sigilo. Habíamos intercambiado sus bragas y mis calzoncillos antes de que yo me quedara dormido, extenuado. Me encantó levantarme seis horas después con el ojete apretado por una rosácea tela que aún conservaba cierta humedad. Qué de placeres da la vida.

Primera enseñanza a Naranja con final feliz

“O sea, que un masaje sí”, le dije; “Sí. No tengo dinero para ellos y me has hablado muy bien de los mismos. Soy china y nunca he podido disfrutar de ellos. Me hace ilusión”, corroboró una Naranja que apestaba a colonia y a la que los ojos le brillaban tanto que creí verla llorar. Y yo, que rápidamente me apunto a cumplir los sueños de un señorita que apunta maneras y anda suelta de cabeza. “Yo también de aceite. Como tú”, terminó por apuntarme mi chica favorita en el mundo con nombre de fruta.

 

Mientras caminábamos por una noche que ya pertenecía a su madrugada fui decidiendo dónde debíamos ir. Conozco, al menos en esta ciudad, diez lugares aptos para el masaje: con final feliz, donde se folla directamente, limpios, semi limpios, y turbios. Como la chica me preguntó el primer día que quedamos por sexo y drogas, incrustada en su apariencia de escolar pero apestando a futura terrorista, sobrepasé una línea que ya ella se había saltado previamente. Por lo que acudimos a uno semi limpio donde, incluido en el precio -150 yuanes- te hacen levitar, con tu culo convertido en diana aceitosa, y que al darte la vuelta, te acaban de agitar la cosa, por lo de la felicidad del cliente. Porque en China el cliente nunca lleva la razón aunque siempre puede solicitar su paja.

 

La llegada fue de lo más provocativa: el mismo vicioso de cuarenta años, que dos veces por semana va a que lo agiten, y una cuasi menor, que aunque tuviera diecinueve, aparenta quince. O tal vez dieciséis. Su vestimenta continuada con falda escocesa y mochila escolar repleta de libros al hombro –en homenaje a ese guitarrista de los ACDC que se me hizo pesado por su repetitiva indumentaria- hicieron dudar seriamente a las empleadas que te reciben en minifalda cortísima en si dejarla o no pasar. Pero ya lo he dicho por activa y por pasiva: en China manda el dinero por encima de cualquier de valor o prohibición.

 

-Está un poco sucio. Y huele raro. -me dijo una Naranja que aún no conocía las reglas del juego.

 

-Puedes quitarte la ropa. Ponte este calzoncillo azul de papel y túmbate bocabajo.

 

-Me da vergüenza que me veas desnuda.

 

-No es desnuda. Es casi desnuda. Además, yo estaré igual que tú. Y recuerda que estaremos separados el uno del otro aunque en esta misma habitación. Y bocabajo, para comenzar. Por lo tanto no nos veremos las caras.

 

-¿Te puedes dar la vuelta mientras me cambio?

 

Y mientras me di la vuelta, e intentando imaginarme su excelso cuerpo lechoso, me di de bruces con la papelera, que junto a mi pierna derecha, cargaba con, al menos, tres detonaciones testiculares de clientes anteriores. Llevaba razón Naranja cuando decía que olía raro. Los restos de papeles higiénicos, el semen empapándolo, los calzoncillos de papel azul desgarrados, alguna colilla… qué bucólico, me dije, mientras caí en la cuenta de que ya debía haberse cambiado y acostado.

 

-¡Me has visto un pecho!, -me dijo semi alterada, mientras se tumbaba deprisa y corriendo sobre un camastro que debía cargar con no pocas historias superiores a las de la papelera. Que verla allí, posada como una mariposa en un geranio rebosante de polen, fue un golpe mental que me hizo tomar la misma posición que ella con una enorme sonrisa en los labios.

 

Luego llegaron las damas. Porque en este tipo de sitios sólo hay mujeres. Que a lo mejor hasta estoy sentando precedente para que comiencen los finales felices para señoras realizados por hombres. Que ya va siendo hora.

 

-¿De dónde eres?, le pregunté curioso. De hecho es la misma duda que siempre me quiero sacar de encima, como si mis intereses por correrme tuvieran otro diferente a llevar el censo de las gayoleras.

 

-De Chengdu.

 

-¿Y la que está con mi amiga?

 

-De Xi’an.

 

-¿Me puedes quitar ya el calzoncillo?, le dije sin ningún tipo de rubor.

 

-Está prohibido. –como intentando persuadirme de no asustar a mi compañera, que aparte de menor, debían pensar que era mi pareja.

 

Dejé pasar los tres cuartos de hora de rigor donde te recolocan la espalda –porque yo siempre elijo pajódromos donde, aparte del extra, te ayudan en tu físico- para corroborar dos cosas: que las reglas del juego habían cambiado –mi culo seguía preso de prendas ya demasiado molestas- y que Naranja dormía, como cualquier china que es masajeada bocabajo sobre una cama con colchón. Que al final, como todos los que vivimos aquí sabemos, no hay hedor que no permita darse una cabezadita, incluso, a la moza más reluciente y repleta de perfume de la ciudad.

 

Pero no se podía dilatar más el momento: llegaba la hora de darnos la vuelta. Mi masajista, superada por los acontecimientos, tartamudeó al solicitarme el movimiento. Naranja despertó, dejando asomar unas tetas pequeñas pero más erectas que mi falo. Se hizo la dormida, como buena china. Y el paisaje, brutal: una de diecinueve semi desnuda, manoseada por las manos del vicio; y un tipo cercano a la vejez, enfermo de la cabeza, suplicando a mi masajista que me retirara el único harapo agarrado a mi cuerpo. Porque por supuesto, fui, en mis poses de actor consagrado, rompiendo el papel por la zona de mi huevera. Ella seguía negando la mayor, incluso con cara de asustada. “¡Que te he dicho que me masturbes!”, le grité al oído. La papelera llena de restos orgánicos ayudaba a que esa postal hubiera sido filmada por algún astuto cineasta. Ideas gratis, para que veáis.

 

El colmo fue tener que pagarle cien yuanes extras a mi muchacha. Porque yo cedo el título tan cercano de ‘muchacha’ a toda aquella dama que me manosea por espacio de, al menos, una hora. Aceptó la oferta. Lo repito: el dinero rompe hasta la barrera del sonido en China. No hay futuro. Aunque me molestó que se sacara un extra por algo que ya venía incluido en el precio. Debe ser que esas manos llenas de callos por aplastar escrotos, sufren cuando ven a una cálida señorita, además paisana –no lo olvidemos-, cerca de un enfermo de tomo y lomo. Hasta soñé despierto con una intervención policial contra el vicio. Y yo y mi casi menor detenidos. Y luego, en la misma celda.

 

Comenzó el azote del diablo mientras Naranja, en posición infantil, mantenía un ojo como abierto y el otro cerrado. A ella no la masturbaron. Y yo fui feliz rondando el delito. Y lo mejor: las únicas que sufrieron, las masajistas.

 

Luego ya en casa, acostados en mi camastro, ella evitó cualquier recuerdo de la parte final para declarárseme encantada. “Me ha fascinado el masaje. ¿Qué tal el tuyo?”.

 

El chino miente. Y la china el doble. Luego dormimos abrazados. Que los alcohólicos no pueden descargar la metralleta dos veces en el intervalo una hora. De hecho, yo ya sólo cargo con una granada de mano. Efectiva pero única, como la picadura de las avispas. Que luego mueren tras descargar. Yo aún no. Afortunadamente.

Naranja

Así se hace llamar. Porque en China se ofrece una libertad a borbotones que como era previsible –por extraña-, es tomada por sus ciudadanos como maletines con fajos de billetes de cien yuanes a la puerta de sus hogares: rebautizarse para acceder al mercado extranjero, para mutar a otra persona que no deja de ser un personaje del mismo.

 

-Así que Naranja. –le dije.

 

-Sí. Es que me gusta esa fruta.

 

Diecinueve años alumbraban a tremendo porte. Ni dos décadas de vida y ya gastaba dos nombres, mi universitaria favorita, una cantonesa de metro y medio de altura y doscientos quilates de valor. La conocí de cualquier manera. Y ayer quedé con ella, por petición suya, para visitar su universidad y compartir un almuerzo, que como era previsible, tornó en siesta.

 

Lo que no tenía previsto es que Naranja iba a soltarse el pelo de manera indiscreta. Vestida de colegiala –y mientras sus labios se deleitaban con los palillos que le llenaban la boca de comida- destrozó todas mis apuestas iniciales: “Es la primera vez que quedo con un hombre con experiencia y quiero preguntarte sobre sexo. ¿Te has ido alguna vez de putas?”. Antes de contestar me acordé de todos mis principios, y de los de los demás, que suelen saltar por los aires cada vez que el camino se embarra. “Más de cuatrocientas veces –le contesté-. De hecho creo que me he ido más de putas que en aviones he montado, que deben ya superar los tres centenares de veces”.

 

-Oye, ¿y cuándo te vas con ellas practicas sexo?

 

-No siempre. A veces sólo deseo ver dónde viven; cómo y qué cocinan; sobre qué colchón duermen. Olerlas. Paladearlas. Más veces de las que te podrías imaginar sólo he dormido con ellas, abrazado. Porque ese tipo de gente, aparte de dinero, necesita cariño.

 

Se lo debió creer, porque al medio minuto exigió su abrazo correspondiente. “Yo también necesito que me abracen”, me dijo, mientras el aceite cancerígeno con el que se habían cocinado nuestros platos se le desbordaba por su barbilla enrojecida de granos y demás maquillajes coquetos.

 

 

-Oye, ¿y de drogas?

 

-Las he probado todas. Siempre fui un tipo muy curioso.

 

-Yo también las quiero probar.

 

-Eso está bien. Pero hazlo siempre en buena compañía. Y dilátalo hasta que seas más mujer.

 

Mientras escupía la frase que le recordaba su excelsa pubertad, realizó, con su escolar falda escocesa, un acertado cruce de piernas que me dejó petrificado. Estamos en sus manos. Ni todo el dinero del mundo podría llegar a calmar a un hombre necesitado. El sexo es la droga, la droga es el aperitivo, y la vida se reduce a ver cómo ellas muerden la almohada. Luego telefoneas a los cercanos, para que quede constancia de que has vuelto a meter un gol. En esa contabilidad del mediocre que siempre sueña con superar a sus eternos amigos.

 

Las chinas son simples. Por lo que después de comer sólo quedaron dos salidas: follar o dormir la siesta. Me decanté por lo segundo, sin descartar la primera opción, porque era lunes, tenía diecinueve años, iba con la indumentaria escolar y la mochila a cuestas, y estábamos a doscientos metros de una facultad infectada de tipas como ella. La playa ayudó a que nos pudiéramos recostar sobre un bosque inventado, apoyando nuestras cabezas en su maleta, y dejándonos rozar lo suficiente como para que comenzáramos a enroscarnos las manos, preludio del beso de tornillo interminable que siempre sella todo lo que vendrá después. Los pájaros trinaban; los petroleros nos amenazaban; las hormigas ascendían por mis riñones; el sueño se hizo realidad, mientras paladeaba su fresca saliva, aún libre de otras bocas.

 

Es difícil dormir del todo cuando la persona que transita a un centímetro de ti huele a flores. Además, la mezcolanza de extremidades propias y ajenas entrelazadas hicieron que la parte que se estira de mi sexo superara en tamaño la media que suelo atesorar cada vez que me tumbo a echar una siesta. Manoseos, sujetadores desabrochados, y recordatorio frío y pesado de que eran las tres de la tarde y la chica, aparte de tener clase a las cuatro, estaba siendo observada por todos los transeúntes que adoran echarse fotos en la orilla de una playa ficticia con una magnífico horizonte de petroleros. A mí preferían esquivarme. Suele pasar, que pasan dos coches y sólo te fijas en el deportivo descapotable.

 

-Bueno, me tengo que marchar. Pero me gustaría volver a quedar. Soy muy feliz.

 

¿Feliz de besarte a medio día con un alcohólico que supera el doble de tu edad?, me pregunté, mientras me marchaba en un taxi que apestaba a macho. Luego calibré sus últimas palabras: “No me da vergüenza: quiero aprender sexo. Sólo lo he hecho dos veces. Y tú, tienes experiencia”. Pues nada, trabajo para el fin de semana, me dije. Si su padre, que rondará mis años, hubiera estado presente en tamaña charla, se habría lanzado al vacío desde lo alto de la torreta de luz más oxidada gritando en su desesperación: “¿Pero qué hemos hecho para merecernos esto?”. Su esposa, en tierra, recogería el cadáver con la frialdad de un chino que sabe que la vida es un inmenso obstáculo donde a veces asoma un pedazo de trayecto. 

Pechos sublimes, pubis prescindible

Tal como descendía del taxi ascendí al mismo. El taxista no daba crédito, cuando acababa de cerrar la mano que había previamente levemente acariciado recogiendo mis vueltas. Ella se sentó atrás, alta como una portería, mayor como un árbitro, y vestida como nunca querrías ver a tu madre. No se despatarró porque ya había sido madre. Pero sí que negoció el precio del polvo en un taxi que apestaba a colonia burda. El taxista seguía amputado. De hecho, y en medio de nuestra conversación, llegó a subir a todo volumen un emisor de radio casi tan viejo como mi dama, a la que señalé cuando recogía mis vueltas, desamparada, en plena esquina, dando voz al sexo de pago: al mayoritario. Al que te saca de un apuro antes de sacarte de quicio.

 

En casa la cosa fue muy plácida. Salvo por los mosquitos, que en tromba y como siempre, se posaron en todas las partes de mi cuerpo que en ese momento estaban desnudas. O sea, en la totalidad del mismo. Enrojecido de tanto rascarme, aproveché para obligar a mi señora a dejarse de trapos y desnudarse. Como yo. Pero me sorprendió su argucia: “Págame antes y hasta me despellejo”. Sentí tanta emoción que casi dejé de rascarme. Luego le pagué y proseguí mi enfermedad viendo como se descubría partes de su cuerpo que sólo me imaginaba previamente. Por ejemplo: los pechos, que parecían solapados en el vacío ensordecedor de un sujetador molesto y un vestido desapañado, pasaron a ser la pubertad hecha mamellas. Increíble. Inaudito. Desproporcionado. Porque luego, y al bajarse la braga –por cierto, tan erótica-festiva como desasosegante- observé, aún manoteando a un buen arsenal de insectos, que aquello no era más que la desembocadura del ser humano. Una alcantarilla sin formas, que aunque sin hedor, proyectaba una depresión inaudita. Hasta llegué a plantearme el no acercarme a esa zona, la cual por cierto, nadaba en pelos violentos. Como tiene que ser, dirán los expertos.

 

-Has sido madre, ¿verdad?

 

-Dos veces. Y dos abortos.

 

-Los abortos cuando eras puta.

 

-Mira guapo, que yo siempre les obligo a ponerme el condón.

 

A los diez minutos mi falo, libre de plásticos, sondeaba su cavidad sin más protección que la dirección de su amo, que con la tranquilidad de un niño, decidió posar el obsequio testicular sin más aviso que ese apretón que le das a la víctima y esa cara que se te deforma segundos antes de la devolución. Fueron trescientos yuanes más a añadir al precio inicial. Porque todo tiene un precio. Y la mentira una oferta.

 

-Yo nunca hago esto. –me dijo la que se recogía la carga que ya le chorreaba por el colchón.

 

-Ya. Ni yo tampoco. Sólo cuando me obligan.

 

-¿No tendré sida? –me preguntó ofuscada.

 

-Apostaría cien yuanes contra uno a que antes que yo lo coges tú.

 

Y mientras se secaba con mi toalla en una ducha convertida en lago, reconocí que la fuerza del dinero, anudada a la del vicio, puede llegar a causar estragos en esta sociedad, ya de por sí fraudulenta. Luego se fue. Dejando en casa ese rastro a lumi que sólo pueden causar unos perfumes que sólo aspiras cuando abonas por sexo.

 

-Si he pillado algo te llamaré. –me dijo antes de que le cerrara la puerta.

 

-Si es niño llámale Manolo. Y si es niña Asunción. Es que no me gustan los niños. –le contesté.

 

Luego se generó tal vacío en casa que quise volver a llamarla. Había bebido mucho. Ya amanecía. Me masturbé pensando en sus pechos. Sustituyendo su cara por otras mejores. De su pubis sólo me acordé cuando me encontré uno de sus sublimes pelos rizados en mi almohada. No soy racista. Pero deseo dormir tranquilo.