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MOCHALES

Tracto urinario

“Tracto Urinario 2, Real Valladolid 1”, resuena desde mi tálamo a la frente cada vez que un chino con bata examina los resultados de una meada en un bote, al que sólo suelo echar los primeros chorros calculando, previsiblemente mal, que al final de la meada se cuece lo más concentrado.

 

Y sí, vuelve a ganar ‘tracto urinario’, que se desenvuelve tan bien en el área que debe, de nuevo, ponerse a tratamiento de maléficas dosis de pastillas que me dejan anonadado y me hacen descender, no ya sólo la talla del miembro sino las ganas de escrutarlo en pareja.

 

Suerte que nunca me hablan de infecciones pavorosas o de, aún peor, enfermedades víricas, de esas que ya sólo se resuelven comprándote otro frigorífico y atiborrándolo de pastillas de todos los colores por el resto de los días.

 

“Tiene usted una infección en el tracto urinario” es, a día de hoy, la frase que más se repite entre un doctor y yo. Hace décadas era “bájese los pantalones que no le va a doler”; y luego esas inyecciones de penicilina que me dejaban cojo por espacio de al menos tres días.

 

El tracto urinario, como una carretera secundaria, atrae a lo peor de cada casa: de salida, lo que me regala el riñón en forma de sobras (residuos de alcoholes varios, agua con cadmio, zumos a base de frutas atómicas…) y de entrada, de lo que me pringo cuando la euforia alcohólica me hace desprenderme de un condón del que sólo en días como hoy me acuerdo. Que parece mentira que con tanta perfección que genera nuestro cuerpo en materia de auto defensa nunca hayan colocado, a modo de funcionarios de aduanas incorruptibles, a una docena de bacterias propias dispuestas a batirse el cobre con todo lo malo que suele traer lo ajeno. Sobre todo si esto comienza a trepar por el tracto urinario con ganas de quedarse, al menos, tres semanitas.

 

Luego verificó que mi glande no estaba infectado; aunque yo insistí al doctor que me confirmó para mi tranquilidad que “el anillo del glande estaba rojizo de esfuerzos varios” y no de la invasión que me hace cantar por faralaes cuando acudo al retrete a soltar lastre amarillento. Que para un ignorante como yo, de tractos y demás lugares tan lejanos de lo sexual, siempre es posible que los mismos que se han atrincherado en mi tracto urinario podrían también haberse hecho fuertes en lo que viene siendo la cabeza del pene.

 

Pagué religiosamente no sin antes hacer la pregunta clave: “¿Cuándo podré volver a hacer el acto?”. El doctor, que ya me conoce, ni se inmutó: “Siga el tratamiento a rajatabla y olvídese de cualquier tipo de sexo”. Luego crucé la calle para coger un taxi y casi me meto en una de esas casas de masajes donde el plato estrella es la paja, como deduciendo que si aún no había comenzado el tratamiento podía darme la última alegría antes de enclaustrarme en casa por espacio de dos semanitas. Creo que por primera vez mi tracto urinario se dirigió a mí. Y en perfecto castellano: “No lo hagas, por favor”. El taxista, por cierto, creía que se reía de mí, como si estuviera compinchado con mi doctor, ya que sólo hacia darse la vuelta y sonreírme. 

Dormir

Llevo tal descontrol horario desde hace tiempo que no me atrevo a mirar la hora que marca mi teléfono móvil. Porque reloj de pulsera hace ya años que no gasto. Duermo de cinco a ocho de la madrugada, casi siempre en una casa de masajes, y de tres a ocho de la tarde, después de desayunarme a veces una botella de rosado chileno otras un buen Albariño gallego; el resto de la noche también bebo: Yamazaki 12 años. Ah, y sin siesta, si es que ya no sé a qué hora es siesta y cuándo dormir legalmente.

 

Mis almohadas amarillean, por el sudor que desprende mi melena desaliñada, que a causa del alcohol debe emitir sustancias sudoríparas de un olor que lastra mis respiraciones, sobre todo cuando duermo bocabajo. Porque les juro que nunca me acuesto con rotuladores de colores. Ni con un equipo de rugby después de un partido bajo el sol.

 

Cuando más me siento descansado es en mis descansos a la luz del día. Hermosa luz que traspasa las negligentes cortinas que al ser ya hora de tarde me caen como una bendición. De madrugada duermo realmente jodido, o en esa casa de masajes donde el ajetreo me hace relamerme el aceite de mi cuerpo mientras me pregunto si debo llamar a otra masajista, o en mi casa, convertida en bodega ante el tremendo alientazo a güisqui japonés que desprende mi boca, que no por mucho lavarla consigue volver a una normalidad que ya no sé si es estar sereno o estar borracho.

 

Lo que sí hago es ducharme cada vez que me levanto. Casi siempre la toalla sigue húmeda, ya que este invierno flojo en frío pero pleno en humedad, no termina de secar la única toalla que seca mi cuerpo. Y luego volver a las calles con la melena empapada; que a mí eso del secador de pelo me recuerda a las aspiradoras de las señoras de la limpieza, y la verdad, no quiero tener que contarme las orejas al acabar ese secado demasiado arriesgado.

 

Y luego esos bares –el diurno, un café estrafalario con buena conexión a internet, cervezas importadas y una digna carta de vinos; y el nocturno, un pub que emite alarmante música aunque oferta un, por su calidad y variedad, impensable menú de güisquis-, donde desfallezco tras largas caminatas, donde me refugió del dormir a trozos y me embriago de una vida que bien se merece bebérsela.

Comer y no poder hacerlo

Las resacas desproporcionadas forman parte de mis mañanas que en realidad son mis medios días. Porque a eso de la una orino muy amarillo, y ya no puedo más que arrepentirme de la noche anterior en unos revolcones autóctonos sobre una cama convertida en velatorio. Se salen las sábanas de los cuatro lados lados y queda el colchón carcelario a la vista de un día que será muy duro. Lo aseguro. A veces toso sin necesidad. Luego me saludan las arcadas.

 

Más tarde consigo ducharme tras lavarme unos dientes atrapados por una boca estropajosa. Es dantesco cuando te acercas al espejo a comprobar que no te quedan restos de dentífrico en las comisuras de la boca y no eres capaz ni de mirarte a los ojos. La toalla estaba empapada, por el este dulce invierno de humedad extrema. Sentí frío. Y tampoco hacía tanto. Los restos de pelos se atrincheraban en el desagüe. Soñé que era una alucinación.

 

Un restaurante cualquiera de una calle cualquiera, de esos que sirven comida a las tres de la tarde a los vagabundos de sus vidas, donde no había más mesa ocupada que la mía, sirvió como trampolín para intentar comenzar un nuevo día al que sólo le quedaban tres horas escasas de luz. Un arroz salteado con setas de invernadero excesivamente picante horadó mi tráquea hasta borrar de un plumazo el aporte previo de mi pasta de dientes. Luego bebí algo de té –agua sucia, en realidad- y corroboré que la única posibilidad de ocultar mi mono de alcohol era posar mi mirada de tórtola recién ametrallada a base de una buena carga de perdigones, hacia una camarera de tal pureza que llegó a quitarme el escaso hambre que suele tener un tipo con resaca extrema.

 

Para que mi bolsillo se resintiese sin perdón y mi amargura perdurara, atravesé el preámbulo de las miradas iniciales para comenzar una conversación tétrica; como mandan los cánones, cuando un alcohólico ausente y despeinado se sienta a comer con el estómago cerrado y las arritmias abiertas de par en par.

 

-¿De dónde eres?

 

-De Kunming.

 

-¿Y cuánto tiempo llevas en Xiamen?

 

-Un año.

 

-Eres muy guapa, ¿sabes?

 

Uno se entristece sobremanera cuando intenta descorchar el diálogo con una local de cómo mucho veintiuno; con estas conversaciones más propias de los parvularios europeos, que uno en vez de ligar se cree que está delinquiendo con una menor. O algo peor: con una retrasada. Llegados a temas más calientes –“¿me das tu número de teléfono?”- certifiqué, una vez más, que las chinas no atisban el peligro; que en ellas un ser calvo con melenas y ojos inyectados en sangre, que llega tardísimo a un almuerzo que es incapaz de ingerir, es un bocado apetecible, una oferta irrechazable.

 

-14767655690. –me apuntó riéndose.

 

Tomé nota del mismo mientras me tocaba la parte izquierda de mi torso, que bajo una extraña gama de convulsiones amenazaba con convertirme en fiambre delante de la que espero sea mi próxima presa. Olía a azahar. Y eso que era incapaz de descifrar algo más que mi resaca, imperturbable, amenazante, punzante hasta límites exagerados.

 

Dicen los expertos alcohólicos –entre ellos yo- que beber calidad es sinónimo de mañanas alegres. Pero nadie habló de la cantidad ingerida, incluso yo. Y tres tercios de una botella de Yamazaki 12 años con la previa de una botella a capón de Sauvignon Blanc australiano no es la mejor manera de evitar unas convulsiones que se eternizaban en una tarde que ya oscurecía.

 

-Te llamo mañana.

 

-Vale.

 

Porque la china desvalida siempre dice que sí. Como el camello al que llamas a horas complejas, por muy intempestivas que sean éstas, y te surte de gramos a 0’6. Aunque nunca te falle en el servicio, que siempre en el gramaje. 

La casada

 

Acostarse con mujeres casadas tiene sus ventajas: no suelen quedarse a dormir y gastan ese vicio que ocultan a sus maridos. Yo tengo a mi casada particular, una china de Cantón que vende vino y parece que se lo bebe, porque cuando llega a casa parece poseída por el germen del vicio. Que no sólo no se contenta con un polvo largo y costoso, sino que se me planta sobre mi marchito falo exigiendo otro acto. Y yo, como me veo imposibilitado, le saco en conversación dañina esos temas que tanto afectan a las señoras casadas.

 

-Son las diez de la noche. Mira a ver si tu marido te va a estar buscando.

Y entonces va y apaga el móvil, en el mayor jaque mate que me han echado a la cara en el último lustro. Tuve que tomar decisiones. Y tiré de Cialis. Media pastilla. Y delante de ella, para que opinara.

 

-¿Necesitas drogas para poder follar?

 

-Si tu marido la tomara no estarías aquí dando la tabarra.

 

-¿Cuándo hace efecto la pastilla?

 

-A los diez minutos. Pero debes ayudar soplando aquí abajo.

 

Y bien que se puso a soplar. Pero al instante de indicarle mi orden. Por lo que cuando me puse a follar no supe si la erección la había generado su mamada o la dosis de una Cialis que justamente se hizo fuerte cuando, a eso de las once, Lulú cerraba la puerta de casa. ¿Y ahora qué hago con esto?, me dije. Antes de contestarme ya me estaba poniendo el pantalón y pensando en cuáles prostíbulos estarían abiertos. La Cialis, afortunadamente, sólo te hace crecer el miembro si lo acercas a una presa. Pero es muy duro saber que te has tomado una dosis y no vas a aprovechar sus poderes. Por lo que primero probé fortuna en el Lomo, una discoteca de chinas veinteañeras donde yo, de casi cuarenta y calvo con melenas, parecía el típico depravado al que le gusta hacer agujeros en las puertas de los baños de chicas para verlas mear y masturbarse. Pero claro, estamos en China, donde todo salido es ‘cool’ para una sociedad que no se entera de la misa la mitad. La primera que se acercó me sobaba tanto al hablar que aquello se disparó del calzoncillo. Probé a besarla y se hizo la estrecha. Le di boleto cuando acepté que con media de Cialis en vena uno no puede andarse con tertulias.

 

El puti-club de los cuatrocientos yuanes –debo nombrarlo así ya que no posee cartel exterior- es uno de mis favoritos. La catorce apareció como de costumbre, pero al marcharse con sus cuatrocientos y abierta en canal, me apercibí que aquello no tenía intenciones de bajar. Por lo que me introduje en el habitáculo –zulo de condiciones infrahumanas- donde las muchachas dan rienda suelta a sus vicios más elementales mientras esperan a sus clientes: unas jugaban al Tetris con el telefonito móvil, otra de depilaba la axila, la más alta bebía agua caliente, y la última se daba una cabezadita. Elegí a la que dormía. Por joder, mismamente. Y cuando la penetraba sin indulgencia, fui testigo de un hecho memorable: “Sin condón, por favor”. Otra vez la misma cantinela. Que China sí que tiene la prima de riesgo por encima de los cuatrocientos puntos. Qué digo, de los mil quinientos; que no es precisamente habitual que una puta te aconseje desprenderte del látex y continuar la juerga, antesala de una segura visita al dermatólogo y al ginecólogo. Por supuesto sólo me lo quité para eyacular en su cara. Lástima que no había bebido, garantía segura de penetración sin condón y pesadillas por espacio de una semana entera.

 

-¿Y por qué juegas al Tetris?

 

-Para batir mi propio record.

 

Luego yo batí el mío, al echar el cuarto polvo de la larga noche que ya se convertía en mañana –segundo con la misma- a la que le rogué un descenso de una erección que me estaba vaciando la tarjeta de débito. Sólo firmaba comprobantes de pago y follaba. Todo un señor preocupado por la economía de China, generando gasto. Moviendo el dinero.

 

A eso de las ocho, y ya de vuelta a casa, quise rizar el rizo enviando un mensaje de texto a mi casada. Pura poesía: “Quiero follarte”. Y a los diez minutos se presentó, como el cerrajero impaciente por cambiarte la cerradura y dejarte seco. Amenazó con no acudir al trabajo, pero la convencí cuando le dije que su marido debía estar llamándola. Esta vez no apagó el teléfono. Antes de cerrar la puerta agradeció semejante desayuno sexual, no sin antes recomendarme que no dejara de tomar “la pastilla sagrada”. Sentí vergüenza ajena. Cinco citas anteriores –sólo para follar- y nunca había dejado caer semejante halago. Que el Cialis te mantiene la erección pero humilla tus anteriores incursiones, esas que acaban en cabezada contra la almohada a los siete segundos de haberte corrido por primera y única vez.

Te lo pido sin condón

-Por favor, sin condón.

 

-De eso nada.

 

-Pero si estoy limpio.

 

-Ya… eso decís todos.

 

-Qué pasa, ¿es qué eres tú la que está infectada?

 

-¿Infectada de qué? ¿Estás loco?

 

-Entonces confía en mí.

 

-Te conocí hace dos horas. Qué pasa, ¿qué sólo follas conmigo?

 

-Sí, es verdad. Follo con más gente. Pero siempre con condón.

 

-Ya. Por eso me dices sólo a mí que sin.

 

-Porque tú eres especial.

 

-No me vas a convencer.

 

-Te lo ruego. Que con se me baja.

 

-Y a mí sin se me cierra.

 

-Lo dudo mucho, déjame probar.

 

-¡Para! He dicho que con condón.

 

-Tendremos un problema.

 

-¿Por qué?

 

-Porque no tengo condones.

 

-Entonces no follamos.

 

-Si te pones así los busco; que a lo mejor me queda alguno por ahí.

 

-No me mientas.

 

-Y tú no dilates este acto, que se me baja.

 

-Y a mí, te repito, se me cierra.

 

-Eso quiero comprobarlo.

 

Tras ponerme el condón y usarlo, y después de una lucha fratricida para que no perdiera la erección, Dana aceptó a posteriori mi real oferta. Y esta vez sin que yo la insistiera.

 

-Quítatelo, quítatelo, que no te siento bien.

 

Para demostrar la esquizofrenia de este país, acabé desovando en su interior. Ella cerró mi salida colocando sus patitas a modo de alicates contra mi culo. Yo tampoco es que forzara por largarme, sea dicho.

 

-¿Estás seguro de que estás limpio?

 

-Más que una rosa en primavera.

 

-¿Crees que me quedaré preñada?

 

-No lo creo. Los polvos son como la lotería: cuanto más juegas más probabilidades tienes. Y tú y yo acabamos de empezar.

 

-Tengo miedo.

 

-Pues ve a ducharte.

 

-Quiero irme a casa tranquila. Dime que no haces esto regularmente.

 

-La verdad: no es la primera vez que me corro dentro de alguien aunque sí es la primera vez que una persona que se niega a follar sin condón me tapona la salida cuando voy a eyacular sin.

 

-¡Por eso te dije con condón! Porque me conozco. Y en medio del clímax pierdo los papeles.

 

-Yo, afortunadamente, los pierdo mucho antes. Así nunca me sorprendo de mí mismo.

 

Verla vaciarse el pubis fue una postal recomendada. La bañera y mi princesa, y mi toalla empapada de todo tipo de sustancias. La besé y se durmió. Luego, con la mañana, echamos otro. Por supuesto sin condón y eyaculando dentro. Que cometido el delito mejor darse otro chapuzón en el riesgo. 

Mi Mingong y yo

Mingong: esforzado chino de provincias remotas que acude a las grandes urbes a partirse la espalda por un sueldo paria. Suelen ir vestidos con pantalón de pinza sin planchar, camisa negra y chaqueta de falso cuero, y zapatos castellanos; sobre toda esta indumentaria, una importante capa de cemento o mierda. Sus dentaduras son teclados de piano. Y el mondadientes constante su instrumento. Fuman colillas. O es que cuando se encienden los cigarrillos yo nunca me los encuentro.

 

Termino de cocinar unas riquísimas albóndigas que servirán de almuerzo para mi querido Mingong. Porque sí, desde hace un mes salgo con uno de ellos, natural de la provincia de Gansu, de porte cordial, sonrisa entrañable, y prominente pelo aceitoso. Él vive en el andamio, levantando rascacielos copiados los unos de los otros en el ex arrozal de Pudong, hoy convertido también en arrozal por los miles de mingones, que como Wen Puar, comen cada día cantidades ingentes de ese grano hervido que insertan en lamentables cajitas de plástico. Los mandamases les espolvorean por encima minúsculos trozos de verduras atómicas y nada de chicha. Y por eso yo le preparo estas deliciosas albóndigas a mi Mingong, que se las comerá en flamante bocadillo, para envidia de sus compañeros de penuria.

 

A mi Mingong le da reparo que le lleve la comida al trabajo. Quedamos detrás del contenedor donde echan los recortes de acero y nos besamos sin que nadie se dé cuenta. Su aliento apesta a tabaco, aunque los trozos de mi albóndigas paralizan, en parte, el hedor. La homosexualidad está mal vista en este país donde sin embargo sí están bien vistas las bodas de conveniencia entre hombre y mujer, el pan nuestro de cada día que prácticamente siempre desemboca en abogados.

 

Devora mi bocadillo con tanta violencia que pienso que esa pasión también debería gastarla en la cama donde es más frío que siete Calippos de menta. Ni dice te quieros ni suele correrse. Al menos un par de veces por semana se queda a dormir, teniendo que lavar con sumo gusto al día siguiente unas sábanas convertidas en dunas tunecinas.

 

-Pero dúchate Mingong. –le digo antes de pasar por el catre.

 

-Estoy muy cansado. –me contesta con la eterna colilla en la boca.

 

-Al menos lávate los dientes.

 

-¿Puedo con tu cepillo?

 

-Sí, pero no aprietes que me abres las cerdas.

 

El resto de mingones nos miran raro. Alguno ha venido a volcar al contenedor más restos metálicos cuando nos ha sorprendido charlando. No entienden nuestra amistad, que si supieran que es relación.

 

Este año nuevo chino no iré a Gansu a conocer a su familia. Mi Mingong me dice que es demasiado pronto. Lo que sí haré será llevármelo a España las próximas navidades, cuando la relación esté más asentada. Por cierto, ha devorado el bocadillo de albóndigas. Lástima que para desahogar la tráquea tuviera que beber ese agua contaminada que sirven en garrafas de no sé cuántos galones. Me preocupo por mi Mingong. Porque yo sólo deseo lo mejor para él.

 

Volver a casa con la tartera vacía y el corazón en un puño no se lo deseo a nadie. No derramé lágrimas aunque me agarré con fuerza a mi chaqueta, que aún contenía parte de ese polvo que acumulan los obreros. Que casi me lo esnifo. Por un momento creía que me moría, cuando desde lo alto del andamio –debía ser la planta sesenta y siete- me saludó y lo vi resbalar. No sería nada sin mi Mingong.

 

Quedan dos días para que se venga a dormir a casa. Lo hace cada domingo –su día libre- y los jueves, que siempre le parece mal porque se tiene que ir de casa a las cuatro, para llegar a tiempo al tajo. Sus compañeros le preguntan que dónde ha dormido, y él contesta que “de putiferios”. Así justifica una masculinidad obligada.

 

No sería nada sin mi Mingong. Y mañana caldo de pollo natural, con fideo cabellín y pechuga troceada. Además, otro buen bocadillo, esta vez de lomo con queso y cebolla confitada en aceite de oliva. Que sólo cocinándole supuro la herida que me genera la distancia que nos separa. 

Una puta en la cocina

Escuché algo extraño que me hizo despertarme. Eran las ocho de la mañana y la luz ya molestaba a mis ojos. ¿Y aquel sonido? Conté hasta tres porque los que duermen suelen andar fuera de juego cuando despiertan. Pero volví a escucharlo. Y sonaba demasiado cerca. La guardería que evita pronunciarse a los padres trabajadores sobre la educación de sus hijos también daba su guerra, con el himno chino a todo volumen y esos cánticos menores que siempre me hacen gracia. Pero esta vez el sonido estridente de platos y vasos y un grifo abierto me hicieron posar mis dos piernas sobre un suelo frío y sucio. No tenía calcetines, hecho extraño.

Cada vez que me más acercaba a la cocina más cercano sonaba aquella fregada de platos. Me agarré la parte izquierda de mi torso, previniendo un ataque al corazón, cuando divisé a una señora desnuda. Completamente. Fregaba a destajo y a su vez secaba los platos con un arte poco conocido: mis calzoncillos hacían de paño y yo en pelotas. Entonces recordé algo.

-¿Ya te levantas? No sabes la noche que me has dado. Roncas como enfadado. Y he cogido esto –señalando los calzoncillos- porque no encontré trapo alguno.

Era mi puta de hacía cuatro horas. A la que ni pude follarme por mi extrema adicción al alcohol. Fueron segundos de duda, como creyendo que una sección violenta de la mafia china había allanado mi hogar. Pero no. Era mi puta. Mi clásica puta de la que nunca me acuerdo cuando me levanto salvo cuando cuento los condones o meo, y al olisquearme la mano descubro que ese olor a látex no puede ser natural. Luego defequé. Como cada mañana.

-¿Te pagué ayer?

-No.

-Deja que mire la cartera.

-Yo nunca miento.

-Pues es verdad. Siguen aquí los 300 yuanes que saqué del cajero. No sólo no mientes, sino que tampoco robas.

-Y tú no follas. Me estuviste comiendo el coño hasta que te quedaste dormido.

-Suelo ser comilón.

-Luego te recoloqué en la cama.

-¿A qué hora fue?

-A eso de las cuatro. Me recogiste en la calle desde un taxi con la ventanilla bajada. Bebías una lata de medio litro de Asahi.

-Siempre igual… ¿Cómo te llamas?, por cierto.

-Andrómeda.

-No jodas.

-Yo me llamo como me da la gana.

-Yo me llamo Rodrigo.

-Ya… me lo dijiste ayer siete veces, para que repitiera tu nombre, a sabiendas de que a los chinos nos es imposible pronunciar la erre.

-¿Me corrí?

-Que va. Te repito que te quedaste dormido. Dabas pena. ¡Y cómo roncabas!

-¿Por qué fregabas?

-Porque no quiero marcharme sin cobrar, y a lo mejor, sin follar.

-¿Me has robado?

-Imposible. Aún no me he marchado.

Y mientras volvía a comerle el coño descubrí que mi lavavajillas japonés deja sólo un súbito aroma en las manos de las que lo utilizan. Porque mientras succionaba su flujo ella me mesaba la calva, llegando hasta las cercanías de mi nariz. Así son las señoras que te humillan en tus defectos más pavorosos: yo halagándola en su arroyo de alegría, y ella tropezando con mi desierto de pelos.

Luego pagué la cantidad estipulada. Al marcharse, revisé que no me faltara nada, descubriendo que hasta mi olla que contenía pisto de hacía días brillaba reluciente en el secaplatos. Y el pisto en el frigorífico: tapadito y armónico. Como tiene que ser. Luego soñé que me la follaba, en una masturbación memorable. Porque los viciosos somos así: dos horas de lametones y ni un solo minuto de penetración. Y ahora me masturbo. Al menos es gratis.

Me volví a despertar a las tres horas. Mis pies seguían descalzos. Aunque en la cocina no sonaba nada. Sentí añoranza de Andrómeda. La amé, creo.

Atado de pies y manos

La 886 se esforzaba en recolocarme los músculos cuando descubrió unas impresionantes durezas en mis dedos gordos de los pies. En esas, y por sólo cuatro euros más, apareció un mozo que lijó los sobrantes mientras ella aporreaba mis brazos. No sentí momento claustrofóbico alguno, y eso que no podía moverme. Tampoco quería.

 

Pero todo empezó antes. Exactamente cuando buscando una casa de masajes para defecar –bonita excusa con la que hacerlo, ducharme y ser masajeado- caí en un detalle poco común: ya era imposible dar un paso más. Por lo que miré hacia arriba, descubriendo una especie de galería comercial abandonada: las escaleras mecánicas no funcionaban, no había prácticamente iluminación, y algunos locales eran madrigueras para roedores, por sus estados de absoluto abandono.

 

Un cartel señalaba algo un piso más arriba. Mi ano ya cedía, pudiéndolo comprobar al llegar a la casa de masajes, por lo que me apresuré sin saber qué habría allí. Y era un restaurante. Cerrado a esa hora. A su entrada, una especie de lago-pecera donde peces de colores dormitaban. Olía mal. Aunque luego olió peor, ya que en posición francamente cómoda, asenté mi trasero sobre el borde de la pecera donde sin contar hasta uno solté lastre. El mismo agua sirvió de enjuague y espero mi mierda de estiércol o alimento para unos peces que se escondieron tras unos cantos rodados.

 

Luego me marché, llegando ya sin presiones a mi nueva casa de masajes, donde antes de empezar los frotamientos tomé una cálida ducha con la que terminé de limpiarme zona tan compleja. Y en esas, se me presentó una Dulcinea de belleza facial inigualable, provista de un chándal y un inmenso dorsal: era la 886.

 

De Guizhou, de sonrisa infernal, con lunares a la altura de los labios, con delgadez infantil, con pureza extrema, me ofreció una importante colección de miradas y masajeos. También con melena al viento prodigiosa, que me hizo pensar en el porqué de llamar aun hombre con pelo largo heavy-metal y a una mujer sílfide. Luego llegó el maromo, también de Guizhou, que acortó el tamaño de mis pies, que suelen desbordarse de tanto andar por los caminos más insondables.

 

Y no hubo sexo. Ni parecido. Porque después de atorar una pecera, uno ya descubre que es mejor no seguir gastando balas de la pistola. Además, en aquella casa de masajes elegida al azar, y tras mi contrastada experiencia por este tipo de templos, pude darme cuenta –e incluso aceptar- que nada de lo que turba mi imaginación iba a acontecer.

 

La 886 se despidió del que me arregló los pies y dándome la vuelta me eché incluso un sueñecito en donde llegué a soñar que la 886 era mi pareja y que viajábamos por el mundo. Y lo hacía sólo para enseñárselo a ella y para que el mundo pudiera deleitarse visualmente con semejante tesoro. Su melena seguía turbándome.

 

Al salir, volvió a señalarse con extrema inocencia el brusco dorsal que le tapaba media cintura izquierda. No la besé en la boca pero sí en la mano. Entonces descubrí que algunos de mis dedos conservaban aromas a heces. Volví a ducharme.