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MOCHALES

Oda a una masajista ciega

Sin dorsal. Tratada como un ser humano. Con un ojo en blanco y el otro casi. Reptando por el camastro hasta llegar a mi cuerpo. Tanteando con caricias hasta reconocer por dónde palpaba. Hasta parecía el aceite ser placentero; aunque la ducha posterior me hizo sentirme más limpio.

 

Una ciega tocaba mi cuerpo acelerando mis pulsaciones. Una ciega profesional de impresionantes piernas de lateral derecho de segunda b. Su mirada al limbo engañaba; sus manos sabihondas me hacían saltar del colchón, colocándome como un puente esperando a que sus dedos hicieran de vehículos. Y bien que lo cruzó por debajo. Al menos una docena de veces.

 

Pensé que estaba perdiendo el juicio; o que estaba cerca de padecer uno: denunciado por exigir a una masajista ciega, a cambio de dinero, una buena gayola que sincronizaría nuestro intereses. Tuve instantes de sentirme sucio. Pero ella no colaboró con el supuesto delito, trepando una y otra vez sobre mi culo convertido en su silla de montar, desde donde dirigía el cotarro que amenazaba con hacerme dar la vuelta y poseerla.

 

Y me di la vuelta. Pero por orden de ella. Sintiendo que sus necesidades eran las mismas que las mías. No hubo oferta. Siquiera sugerencia. Que allí se agarró ella, como el pastelero cuando monta la nata de la tarta más trabajada. No había puertas. Sólo minúsculas cortinas que se movían con el viento. Una compañera suya masajeaba a escasos diez metros a otro cliente. Fuera se escuchaba el trinar de los pájaros y los niños jugueteando en la piscina. Prometí no gemir.

 

Tuve que ayudarla a terminar, ya que no parecía tener experiencia, dato éste que me expuso aún más a las puertas de la locura. Lo hizo sin aceite, por cierto, como las que me han hecho mis novias o las que yo me autogestiono. Que en un momento fastuoso de creatividad, llevado por el delirio de ver a mi masajista ciega dándole al manubrio, le hice gestos ostensibles de que ya que no estaba inundada de aceites químicos podía llevarse el juguetito a la boca. Sonrió y desistió. Y bien que estuvo, que si llega a paladearla sí que no hubiera podido dejar de emitir algún tipo de sonido de evidente procedencia sexual.

 

Tras ducharme no sabía si debía darle una propina y si lo hacía, cómo podría entregársela sin meterla en un problema. Su compañera yacía allí, como esperando ver mi pago, cuando ni corto ni perezoso decidí abonar el masaje e incluir cinco dólares en su otra mano. “Gracias. Esta propina es para ti”, le dije, mientras la otra intentaba comprender qué tipo de trabajo bien realizado en Camboya conlleva semejante extra.

 

Y salí con la cabeza bien alta, recordando su no mirada, sus manos como pisotones de gacela, su pureza en cada extremidad –las cuatro-, y su decisión propia de haber masturbado a un cliente sin negociación previa en un lugar donde no se realizan ese tipo de ejercicios. Y además sin privacidad.

 

Al llegar a casa me miré al espejo descubriendo que el mundo, precisamente, no me está ayudando a controlar mi enfermedad. Volveré. Lo aseguro.

¡Eh, Heriberta!

Conocí a Heriberta cuando la noche huele a vómitos y los taxis te llevan sin problemas de tráfico. Serían las cinco de la mañana de un vetusto bar shangahinés, con cocainómanos y becarios a partes iguales, o sea, con becarios farloperos y tipas como Heriberta, una argentina coñazo, que no por su imposibilidad de cesar su conversa me resultó menos atractiva. Aunque un dato no debe quedarse en el aire: pesaba, al menos, lo mismo que yo (96), con la salvedad de que no llegaba al taburete de la barra. Incluso la ayudé a ascender a él, topándome con unos muslos cuasi deformes.

 

-Ché, no me toqués.

 

-Sólo te ayudaba. Te he visto como con problemas.

 

-Yo sé como subir a la silla. Te aclaro que soy así desde que tengo consciencia.

 

-Pues perdona.

 

-Aunque en el fondo me encanta que me toquen.

 

Comprendí a la media hora de dónde provenía su obesidad mórbida, ya que a la séptima jarra de cerveza comencé a cansarme de tanta ayuda de sube y baja de aquel taburete convertido en atracción de feria. “Es que no paro de mearme, hermoso”, me dijo, mientras enfilaba un baño que ya debía apestar a su orina cervecera.

 

-¿No tenés casa? –me preguntó sin vergüenza alguna.

 

-Claro. En Budapest. –intentando salvaguardar mi honor.

 

-Y por aquí cerca, ¿nada?

 

-No… Estoy de viaje de negocios. Ya te dije antes: busco socios para montar una empresa de flanes.

 

-Ya. Me comentaste lo de tu laburo. Pero yo quiero dormir contigo.

 

-No sé. A lo mejor mañana.

 

-No dejés para mañana lo que podés hacer hoy.

 

-¿Lo dices por tu ingesta de cervezas?

 

-¿Me llamás borracha? ¡Ordinario!

 

Estuve a punto de dejarla encima del taburete. Que con su pesaje y su melopea tendrían que haber llamado a los bomberos para arrancarla de allí. Que a Heriberta, salvo yo y mis antebrazos, no había ni quién pudiera tocarla, ni mucho menos bajarla.

 

En el taxi, ya camino de su casa, noté cierta inclinación del coche hacia la izquierda. Por lo que me puse a pensar cómo iba a sacarla de su asiento convertido en culo de saco. Porque los caballeros deben siempre dejar pasar a las damas primero salvo si éstas rozan el récord del año de sobrepeso. Tuve que pagar la carrera; y mientras recogía las vueltas tirar de su brazo, lo más parecido a una farola de plastilina.

 

-¡Tirá! ¡Tirá! Que parecés débil.

 

-Estoy con la otra mano cogiendo el cambio, joder.

 

-Ché gallego, ¿qué pasa, que te cogés las monedas? Sos bravo, eh.

 

Intenté clausurar la cita, tras el chiste empalagoso, pensándome lo de salir corriendo en cualquier dirección, dejando a mi vaca morsa incrustada en un asiento del que no había manera de ayudarla a salir. Pero desistí, sopesando que la escasa humanidad que llevo dentro alguna vez había que gastarla.

 

-Oye, ¿y en qué planta vives? –pregunté angustiado.

 

-En la quinta. –me contestó, como si me hubieran disparado en la sien.

 

-Ya… pero no hay ascensor.

 

-Igualito que ayer.

 

Me enfadé. Más que nada porque cual novio imbécil, tuve que volver a cederle el paso, para con, de nuevo, mis cansados antebrazos, hacer de grúa, empujando su nada humilde trasero hacia una quinta planta que pareció la subida del Tour al Tourmalet. Sentí que sudaba como un asesino en una rueda de reconocimiento. Y no se apiadó de mí. Aunque mientras intentaba controlar un infarto por sobre esfuerzo, meditaba en cómo Heriberta habría podido subir esa noche sin mi ayuda. Y lo peor: cada noche anterior y cada día de su vida. Llegué a asumir que vivía postrada en la cama, comiéndose el yeso de las paredes; y que un día cualquiera, salía en busca de presas como yo, que ya era parte de sus redes sin que hubiera llegado a imaginármelo.

 

El apartamento se tornó en zulo nada más abrir la puerta: olía a pescado embalsamado a sesenta grados, las baldosas eran desiguales –y no en sus colores, sino en sus alturas-, y la cocina, cerrada a cal y canto, mostraba a través de su ventana una especie de mesa de trabajo repleta de latas vacías, sobres de sopa arrugados, cuchillos sucios, huesos de no sé dónde y platos manchados desde tiempos inmemoriales. Aparte de obesidad, estaba claro que Heriberta sufría el Síndrome de Diógenes.

 

-¿Querés follar?

 

-Primero hablamos, ¿vale?

 

-Ya hemos hablado bastante en el bar.

 

-Bueno, pues mirémonos a los ojos.

 

¿Vos sos trolo?

 

-¿Qué es trolo?

 

-Maricón.

 

-Bueno… no te lo quise decir antes… pero a mí me gustan los muchachos.

 

-Bueno, da igual. Hace un lustro que no cojo. Dejáme chupártela.

 

-Espera… es que no me la he lavado.

 

-Mejor. Aparte de viciosa soy guarra.

 

-¡Eh, Heriberta!

 

Y así acabó la historia: conmigo tumbado sobre una cama tan lejana de la Humanidad mientras Heriberta se concentraba en los anexos del falo. No me llegué ni a correr. Que su extraña felación parecía la de un gatito que te lame sólo por limpiarte. Luego se quedó dormida. Y bien que roncaba, la muy guarra. Pero antes de marcharme me atreví a entrar en su cocina, descubriendo que aparte de lo que mostraba la ventana, también guardaba bolsas de plástico por cantidades imposibles de justificar. La despensa sólo disponía de sopas de sobre y latas de atún. Del malo, por supuesto.

 

Nunca más vi a Heriberta. Pero me quedó el recuerdo de llegar a casa y no tenerme que duchar. Me brillaban las ingles, hecho inaudito.

Una noche en el Toni2

Aunque la mayoría vayan de alcohol y farlopa hasta las cejas, Óscar y yo acudimos aquella madrugada al Toni2 de tripi, para hacer tiempo hasta que nuestro querido Café di Roma abriera sus puertas. Y allí, el estropicio: señoras que apestaban a licor, mostrando a cada carcajada más muelas postizas que cariño; unos pianistas que se turnaban con más eficacia que sapiencia en acariciar las teclas; y algunos cantantes amateurs con extraña pericia para elevar la voz y facilidad extrema para hacer sonar los hielos de las copas de balón en cada estribillo. Corría el año 2003. Debía ser primavera.

 

Aquella noche Millán Salcedo se atrevió a tocar el piano y cantar a la vez, mientras Óscar y yo intentábamos reconocer que aquello no se había producido gracias a la dosis de Hofmann, el señor que sintetizó, ingirió y por tanto, experimentó por primera vez con tan agradable sustancia. Luego, y al salir del baño, descubrí que José Luis Coll bebía parte –o toda: no hice inventario a la salida- de una botella de Johnnie Walker etiqueta roja. Volví a nuestro sofá, anclado en el tiempo, y le comenté a mi compañero de viaje que aquello no era normal.

 

-¿Te refieres a la moqueta roja?

 

-No, joder.

 

-¿A qué el de Martes y 13 esté tocando el piano?

 

-¡Que no!

 

-¿Entonces?

 

-José Luis Coll está allí. Míralo.

 

Luego intenté tranquilizarme; porque por un momento creí que habíamos entrado sin darnos cuenta en un plató de TVE. O algo peor: en uno de esos programas nefastos y enlatados de fin de año, donde como la alineación de la selección, me sabía quieres iban a salir de memoria: Martes y 13, Los Morancos, Rocío Jurado, Isabel Pantoja, Sabrina, Arévalo, Mecano, Olé Olé, Perales… Juro que llegué a hablar con José Luis Moreno. Y hasta me pareció ver entre los que rodeaban el piano de Millán a Mayra Gómez Kemp leyendo una de esas tarjetas asquerosas de aquel teatrillo para bobos llamado ‘Un, dos, tres’. Rogué no quedarme pillado.

 

Pedimos cerveza, porque el dinero escaseaba; y a esas horas más. Que los drogadictos-alcohólicos tienen gasolina hasta las dos, y nunca hasta las cinco. Un camarero con pajarita se nos acercó: “¿Queréis otra?”. No contestamos. Nos miramos Óscar y yo a los ojos y nos comenzamos a descojonar. A la salida del local, y de camino a la Puerta del Sol con la Carrera de San Jerónimo, llegamos a la misma conclusión: “Ese tío era Arévalo”. Realmente no lo era. Pero claro, vuélvete de tripi a saber si aquel tipo al que pagamos era o no el peor humorista que han escuchado mis oídos. Y que quede claro: Millán y Coll sí eran los verdaderos. Y hasta me caían bien. Lástima que el de la voz perdida ya no esté entre nosotros. 

 

Estela nos esperaba tras levantar la persiana del Café di Roma junto a otros treinta fiesteros. Nadie pedía cruasanes ni cafés. Todos pidiendo copazos y cervezas en una degradación tan evidente que ahora se entiende la crisis española. Los baños atestados, con las tapas de los váteres deslumbrando restos de cocaína. Nadie pagaba con billetes que no habían estado enroscados segundos antes. Fumábamos como bestias. Yo me compré la edición dominical de El Mundo porque siempre que queríamos homenajear a Hofmann lo hacíamos en noche de sábado, para así para un domingo de gloria. Y de cultura y lectura. 

 

Antes de dejarnos llevar por un barril que vaciamos, le indiqué a Óscar que una señora de, al menos, sesenta años, me había intentado besar a la salida del baño del Toni2. “Ya será menos”, me dijo, entre las risotadas típicas que genera la dosis de LSD; “Te lo juro: mírame el carmín”, señalándole mi labio inferior y parte de la barbilla, colapsadas de un producto químico que me hizo replantearme el ser mujer en otra vida. ¿Para qué sufrir?, me dije.

El Smooth

 

Phnom Penh es una ciudad que a eso de las seis de la tarde se convierte en un prostíbulo ambulante. Paseas por sus calles y quieras o no siempre lo haces por zonas empapadas de vicio. Cerca del Riverside, el paseo fluvial centro neurálgico de la capital, se agolpan los bares sospechosos y las casas de masajes donde el final feliz es directamente follar. Los conductores de tuk-tuk te ofrecen señoritas, las Madame de ciertos bares te saludan al pasar, y los escasos restaurantes que pelean en clara desventaja con los negocios que ofertan sexo sueñan con que a los clientes que acaban de desovar les haya entrado el hambre. Los extranjeros son zombis al rebufo de esa nube de vicio.

 

-¡Dos por uno! –me gritó una belleza sin igual.

 

-¿Para todo? –pregunté, soñando con que las raciones de carne humana también cargaran con semejante oferta.

 

No había retirado el posavasos que siempre se adhiere a la jarra de cerveza recién servida cuando Kokoto se me acercó con ánimos desesperados. Al instante sugirió mi mente que aquella belleza nació muchacho porque medía más de lo normal y calzaba un cuarenta; hecho éste llamativo ya que hasta los hombres en Camboya manejan pies pequeños.

 

-¿Por qué te llamas Kokoto?

 

-Porque es mi nombre.

 

-Kokoto es un nombre japonés.

 

-Es que yo soy japonesa.

 

La prostitución, dentro de sus maldades y riesgos, también ofrece posibilidades únicas de cambiarte el nombre, la nacionalidad y el pasado. Cosa curiosa porque el futuro nunca se lo podrá amputar. Porque Kokoto nació Manolo y lo más cerca que estuvo de Japón fue cuando me dijo ‘domo arigato’ tras verificar mi abono por su tarifa. El habitáculo era cochambroso. De hecho el baño sin alicatar era mucho más saludable. Llegué a pensar que aquel colchón llevaba allí incrustado al menos una década. Sin sábanas ni apariencia de haber sido limpiado al menos una sola vez.

 

-Me dijiste que me ibas a avisar.

 

-Lo siento… fue la emoción.

 

-Esto te costará más caro.

 

-Lo que tu digas cariño.

 

-¿Quieres besarme?

 

-Primero lávate la boca.

 

-¡Pero si es tuyo! ¿Por qué te da asco?

 

Kokoto poseía ciertas manchas que me hicieron meditar. Circunferencias rojizas a la altura de su cintura de donde colgaba un mísero falo, pingajo de carne deformado y decadente.

 

-¿Por qué no te lo quitas?

 

-¿Me vas a pagar tú la operación?

 

-¿Y qué haces con lo que cobras? Porque no creo que tengas hijos a los que amamantar.

 

-Yo me gasto mi dinero en lo que quiero.

 

-¿Te piden ser activa?

 

-Basta ya de preguntas.

 

-¿No te gustan las entrevistas?

 

-No.

 

Luego volví a la barra, donde una tal Wendy intentó convencerme de algo que yo sabía y ella no: que cuando eyaculo debo marcharme a meditar, a mis aposentos, en este caso un hotelucho del tres al cuarto donde en la recepción me esperaban media docena de nativas, todas féminas y casi todas menores, que me halagaban tan gratuita como exageradamente. “Te quiero”, me dijo una; “Si quieres sólo dormir y follar por la mañana sube”, contesté a la rubia de bote, la cual me sonrió con una preciosa afirmación en su rostro.

 

Y a las seis horas desperté, con una muñeca de porcelana que emitía menos sonidos al dormir que yo al lavarme los dientes. Aunque Kokoto seguía en mi memoria. Sus pechos, absolutamente desnivelados, generaron en mí un sentimiento de pena. Porque no sentirte hombre para conseguir ser mujer y convertirte en una extraterrestre sólo está al alcance de esa marabunta de desgraciados que pueblan un planeta Tierra demasiado injusto.

 

-¿Me puedo lavar los dientes? –me dijo mi muchachilla recién despierta.

 

-Sólo tengo un cepillo. –contesté.

 

-A mí me da igual.

 

Que se empieza compartiendo el cepillo de dientes con un desconocido y se acaba dejándole correrse dentro, como si la confianza no ejerciera más riesgo que la lejanía. Porque aquellas manchas en la cintura de Kokoto no eran más que aquellas ganas de doblar la tarifa por permitirles a sus amores de una hora ciertos vicios inconfesables en una cena familiar-navideña. 

After sobaca mora

El Q-House es un restaurante uigur que de noche se transforma en un cementerio de elefantes. Elefantes de la vieja Europa, entumecidos por sus narices anestesiadas de falsa cocaína; elefantes chinos, de esos que sólo brindan y gritan cuando ni siquiera desean llamar la atención; y elefantes uigures, auténticos bandidos desolados porque en su propia tierra han pasado a un segundo plano, si no a un tercero.

 

Y por eso viajan por China, debiendo solicitar permisos especiales porque ni un solo ‘han’ se fía ni se fiará nunca de ellos. Suelen montar restaurantes de cocina uigur, donde los pinchos de cordero son fastuosos, y su cerveza –la Sinkiang- que sin ser el no va más, supera a la desasosegante Tsingtao, el culmen cervecero de un país que se ahoga por sus pésimos productos.

 

Hace unos días el Q-House estaba dominado por un fuerte hedor a axila. Serían las tres de la mañana y yo ajustándome a su barra. Era tan penetrante que creí que mi sobaco había perdido el juicio. Me acerqué las fosas nasales a ambos contenedores que finalmente no eran los culpables de tremebundo drama. Nadie decía nada, por lo que llegué a imaginarme que mi olfato había quedado atrofiado de tanta polución. Pero luego deshice el entuerto.

 

Porque a mi lado, y mientras bebía una Carlsberg de grifo, un uigur de Kashgar, la más bella ciudad china que seguramente sea tan bella porque realmente no es china, nos ofrecía a borbotones todo lo que su axila podía llegar a proyectarnos. Acompañado de dos damas, ambas paisanas, descubrí que el compañerismo queda exento de la crítica y probablemente de la alabanza; porque aquellas bellas uigures no emitían queja alguna mientras jugaban al billar con un cabrero que parecía sancionado de por vida a no poder ducharse ni cambiarse de ropa.

 

Cada uno debe elegir qué concepto de limpieza desea para sí mismo. Pero si uno decide apestar a cuadra en día veraniego de carreras ecuestres éste debería quedarse en su santa casa, arrojándose a nadie más que a sí mismo su acumulación de hedores varios.

 

Luego bebieron chupitos, culminando la atmosfera irrespirable cuando se despojó de su chaqueta y vino a abrazarme. Suele pasar: le cuentas a un ser humano lo mucho que te gusta su tierra, y en especial Kashgar, y le entra esa morriña cateta-adoctrinada que le obliga a devolverte los halagos de la peor manera posible. Porque los que aman el lugar donde nacieron, los cuales nunca eligieron, no son más que los mayores peligros de la historia de la Humanidad. Que luego son hasta capaces de empuñar un arma para salir a batirse el cobre con unos enemigos que en demasiados casos se apellidan como ellos, además de ser sus mismos vecinos.

 

Lo aparté con la decencia del que no quiere rechazar a nadie por su alarmante mal olor. Pero cuando tuve que beber chupitos conté hasta quince prometiéndome que al llegar al citado número saldría corriendo haciendo pasar por un infartado. Luego le pagué a la camarera lesbiana –iba vestida de hombre y trataba de oscurecer su voz- dándole el relevo en la barra que ya me echaba de menos a un par de anglosajones que en ese momento no sabían si entrar al baño a seguir empolvándose la nariz o dar, al menos, un pequeño sorbo a un par de cervezas de grifo que habían solicitado con la mandíbula fuera de órbita.

 

“¿No te quedas?”, me dijo el uigur; “Es que trabajo temprano”, le contesté, creo ya desde el mismo taxi. Luego me duché como si tuviese que follar. Mis ropas olían a sobaca mora. Y volví a rastrear mi alerón, que ya mostraba orgulloso los cánticos agradables de mi desodorante favorito: un Rexona de mujer que me evita enrojecerme por esos que fabrican para hombres cuando yo no soy minero. Apestan.

Comerle el coño, pagar seiscientos

Sacaba dinero del cajero, como aquel que no quiere la cosa –eran las seis de la mañana y apestaba a Yamazaki 12 años- cuando se me apareció un ángel de prostíbulo. “Quiero lo mejor para mí”, me dije; pero antes de rescatar la tarjeta ya se me había aproximado, con esa inteligencia que gastan las que no beben y rastrean el dinero junto a bancos cerrados a cal y canto; apestaba a progreso.

 

-¿Vas a casa? –me preguntó.

 

-Y tú a la mía. –le avancé.

 

De pronto le apresé la mano, que aún marcaba sus callos de jugar a juegos como el Tente, cuando le indiqué el camino.

 

-Por allí.

 

-Seguro.

 

Porque las chinas, y además cuando son menores, calcan la senda de un caballero siempre y cuando éste haya reventado su tarjeta a sus ojos, los ojos de la pureza manchada de billetes.

 

-¿Y cuántos tienes? –quería sacarme la duda.

 

-¿Y tú cuánto tienes? –contestona.

 

-Once años. –para amortiguar.

 

-Me refiero al dinero. –lo de siempre.

 

-Menos que tú años tienes.

 

-Pues yo tengo diecisiete.

 

-Pues tú eres menor.

 

-Y tú mayor.

 

-¿Y tú me quieres seguir a casa?

 

-Sin duda.

 

-Pero dices que eres menor.

 

-Y tú mayor.

 

Como la conversación no se aclaraba, aunque su calzón transparente sí lo hacía ante mis movimientos de muñeca, la secuestré a sabiendas de que ella, en un brusco movimiento estudiantil-vicioso, se había abrazado a mi vida: la de un perdido que busca en su tarjeta de débito lo que mañana mismo le hará lamentarse, aunque llegara a recibir un documento de cobro de un tío suyo en Nigeria.

 

-Lo tienes depilado.

 

-¿Es una pregunta?

 

-No, es una visión.

 

-Pues sí, ya lo ves.

 

-¿Puedo palpar?

 

-¿Con las manos?

 

-Con la boca. Es que en estos momentos me siento más que manco.

 

-Serán cien más.

 

-Lo que sea.

 

A sumar a los quinientos iniciales. Porque la muy puta se sabía al dedillo lo que son las tarifas, mientras yo pensaba que aquella imagen que se me apareció en el cajero no era más que la de una virgen que se acercaba a mis tobillos para contarme su dilema. Cuando calibré sus pechos –me encanta calibrar por lo que voy a pagar- asentí con la cabeza: “Lo que digas, muchacha”.

 

En casa fue aún peor. Porque el Yamazaki, como los tripis de Hofmann, suben a posteriori, cuando la presa es ineficaz, cuando la erección es tremebunda, cuando el portero te saluda con la mano al pasar aunque desee matarte.

 

-¿Y esa braga?

 

-¿Cuál?

 

-¿La de tu madre?

 

-¿Qué?

 

-Joder… ¡La que me muestras! Se te ve el plumero.

 

-¿Te refieres al coño?

 

-Sí. Está depilado.

 

-Como siempre.

 

-Pero yo nunca lo había visto.

 

-Pero te lo debiste imaginar.

 

-¿Gastas mucho en cuchillas?

 

-Lo justo y necesario.

 

-¿Y qué estudias?

 

-Administración de empresas.

 

-¿Y qué tal?

 

-Gano más follando.

 

-Yo nunca estudié, ¿sabes? Por eso siempre voy perdiendo dinero.

 

-¿Te has ido muchas veces de putas?

 

-Más de quinientas veces.

 

-Mentira.

 

-A lo mejor seiscientas.

 

-¿Y qué se siente?

 

-Un placer desmesurado. El placer de poder follar cuando quiera, cuando lo necesite.

 

-¿Te preocupa que tenga diecisiete?

 

-No, que va. Sobre todo porque en algo has mentido.

 

-Sí, ¿en qué?

 

-En que no existen universitarias menores.

 

-Aunque sí existen universitarias putas.

 

-En eso no pongo la mano en el fuego.

 

Luego la besé. A tornillo. A dos carrillos. Y besaba como los ángeles. El acto fue lo de menos. Salvo por una incidencia que me hizo descabalgar: lo hice sin protección; o sea, como debería ser siempre.

 

-¿Estás limpio? –me dijo, mientras en cuclillas se lavaba esa zona que tanto llama la atención a los hombres y a las lesbianas.

 

-Y si no lo estaba tu pureza habrá arrasado con todas mis impurezas.

 

-Dame tu teléfono.

 

-¿Por qué? ¿Acaso quieres salir conmigo?

 

-Es para recordarte, si algún día llego a enfermar, que no estabas limpio.

 

-Llámame para lo que desees. Incluso para acompañarte al hospital. Me lo merezco.

 

-Me voy a clase.

 

-¿Te has tirado al profesor?

 

-Gratis.

 

-Yo quiero ser maestro.

 

-Y yo quisiera tener memoria, para no tener que abrirme de piernas cada vez que tengo un examen. Es que soy muy mala estudiante.

 

-¿Por qué me dijiste que tenías diecisiete?

 

-Porque el vicio reside en el delito. Realmente tengo veinte.

 

-¡No me lo digas! ¡No me lo digas!

 

-Lo sabía.

 

-Y vete a clase.

 

-Págame antes.

 

-¿Y cuánto es?

 

-Quinientos por follar y cien más por haberte bajado aquí abajo.

 

-Llámame cuando quieras. Estoy dispuestos a invertir en ti.

 

-Gracias. Lo haré.

 

Y luego se fue. Desde la ventana de casa se volvió a acercar al cajero. O eso me pareció, porque al instante se montó en uno de esos autobuses atestados de perdedores en donde la pureza se hace ordinaria y ya sólo quedan los recuerdos. Dormí abrazado a mi toalla. La que había utilizado para secarse. Soñé que era mía. Hasta que desperté. 

Masturbarse a las doce de la mañana (y sin haber dormido)

Un espléndido amigo mío, con un humor que ya querrían para sí los que cobran por hacernos reír, me hizo volverme a casa con un griterío ensordecedor creado por mí, el cual esparcía por las calles sin miedo a ser detenido. Porque reírse a carcajadas es un alegría para el cuerpo que supera, con creces, al pajearse. Serían las nueve de la mañana. Y debía presentarme en el trabajo a eso de las once. Y aún estaba en su casa puliendo la bolsa de farlopa, como buscando un doble fondo.

 

-Joder, otra vez me voy a trabajar sin dormir. –le dije, como Nosferatu: encogido de brazos.

 

-Joder, y yo otra vez que me voy a dormir sin trabajar –me contestó, con la pureza del que sabe lo que dice sin necesidad de tener que pensarlo.

 

Ayer llegué a casa a eso de las once y media de la mañana. He perdido el compás del sueño y por ende del horario, habiendo transformado mis hábitos en los del guarda de seguridad nocturno. Y tras olisquear la prensa por internet, y absolutamente borracho, o sea, vicioso, recordé que existen páginas de esas que te ayudan a aliviarte. Empecé con una de niponas vestidas de colegialas. Y la verdad, algunas parecían recién entradas al instituto. Como no terminaba de concentrarme, me detuve en una de negros con pistola talla XXL que horadan sin compasión a menudas señoritas. Como seguía obcecado con crecer, pinché en un anuncio que a la izquierda de la pantalla mostraba a una preñada haciendo el acto. Aquí perdí el paso, debo reconocerlo, asustado por la posibilidad de que rompiera aguas y manchara el papel higiénico que ya había colocado sobre el suelo. Luego dos travelos dándose por el culo –ambos con pechos- para finalizar de perder comba con una que aseaba las ingles a su perro a lengüetazos. Terminé acostándome, empapado en sudor: mi antebrazo izquierdo, igualito al de Rafa Nadal cada vez que gana su Roland Garros de turno, tardó media hora más en coger el sueño. Cosas del esfuerzo extra.

 

Qué tiempos aquellos en los que sólo la imaginación te llevaba por el camino correcto para la paja diaria. Que si la vecina, que si la compañera de trabajo, que si la amiga de la novia, que si la pescadera del puesto 67… y nunca la novia, que ya bastante tenía con tenérmela que follar de vez en cuando.

 

Qué tiempos aquellos en los que las revistas porno daban lo que daban. O sea, que si no te ponía aquello debías dedicarte a otra cosa. Una vez llegué a memorizar tanto a una morena –cayeron, al menos, quince manubrios en poco más de una semana- que un día paseando por la calle creí verla. Tras este hecho, salí corriendo a casa para volver a hacerlo con el recuerdo de su visión. Al final tuve que recurrir al papel cuché ya que tardaba más de la cuenta. Además, su imagen empezó a mutar a la de Lina Morgan. “Los porros y la puta tele, ¡joder!”, me insinué al oído.

 

Lo que quería decir es que sólo hay una cosa peor que ponerte a hacer una paja y no eyacular: acostarse con una y que no se te levante. Ya de buena mañana –serían las siete de la tarde- conseguí vaciar la huevera. Creo que pensé en una camarera lesbiana. Cosas de la imaginación. 

Sonia

Tenía Sonia tanto pelo en su pubis que temí que en vez de tatuarse mi nombre se lo escribiera pasándose el cortacésped. Un bosque, sin más, que era mucho más dañino teniendo en cuenta que, aparte de ahí, no había más pelo que el que salía de su cráneo. Que tampoco era tanto. Porque si las chinas se ducharan todos los días de su vida serían un 30% más calvas.

 

Un día me agarró de la cabeza incrustándomela en aquella especie de zarzal, cuando eché el freno de mano al llegar al muslo izquierdo, demasiado sabroso para estar tan cerca de aquel desaprensivo Amazonas. Pero uno sabe que no puede negar tres veces a una mujer un sueño; y más si esa mujer se cree tu pareja o tú se lo has hecho creer, por eso de poder follar a veces y dormir caliente. Pekín, en aquel invierno de 2006, era la mayor congeladora que yo jamás había transitado. Y recuerdo la de aquel barco, en donde había que entrar bien abrigado a buscar aquellas hurtas pescadas a anzuelo en un pasado patrio cercano mil veces más auténtico que el actual, donde en las partes traseras de las pescaderías de barrio se acumulan unas cajas sospechosas que indican las procedencias de unos peces a los que se hace pasar frescos: Marruecos, Argentina, Mauritania, Namibia…

 

Pero a lo que iba. Que al final tuve que atravesar aquella maleza desprovisto de cuchillo selvático o tijeras podadoras. A pelo. Y nunca mejor dicho. La nariz fue lo primero que se sumergió en esa especie de lecho marino. Luego certifiqué que la peluca no arañaba aunque sí era realmente frondosa. Intentaba hacer hueco con la tocha, como haciendo eses, escarbando, buscando un halo de esperanza para introducir mi lengua, cuando decidí darlo todo sin más premio que su felicidad. Y lo juro: las chinas dispones de un pelo, en general, suave, que se cae con relativa facilidad. Y mi boca, sin quererlo, se transformó en el cubito desechable de la aspiradora que pasamos por casa. No me ahogué, lo juro. Aunque luché para que la ingesta no fuera tan grande, ya que eran las siete de la tarde y yo aún seguía soñando con cenarme algo. Luego se levantó y se fue corriendo a la ducha. ¿Habría perdido un diente en semejante excursión? ¿Pensaría que podía estar ahogándome? Nada de eso. Simplemente se había cansado de verme allí abajo. Y se duchó. Sin dejarme siquiera acercar mi miembro. Raras son las chinas. Y que se sepa: aquello sabía a té verde. O a nada. Que si algo desprenden las chinas por esa zona del cuerpo es pureza, manantial.

 

La relación duró poco. Creo que ni tres semanas. Con, a lo sumo, cinco citas; y las tres primeras de cortejo. Que si llego a saber que semejante selva iba a ocultar su vulva me lo hubiera pensado antes.

 

El último día le hablé de depilar aquello. Me miró asustada. “Estoy muy orgullosa de mi pelo”, me dijo. Luego todo se diluyó. Aunque he de reconocer que no fue por mis incitaciones a manipular vulvas como bolas de billar. Es que acababa de aterrizar en una ciudad (Pekín) donde sus habitantes se cuentan por decenas de millones (veinte) y que cuando llega el invierno su termómetro también baja más de lo que un humano normal puede llegar a soportar antes de volverse loco (otros veinte, esta vez bajo cero). Y todo era muy complejo. Incomprensible.

 

Cogí mi abrigo, me apreté hasta el último botón, me até la bufanda la cuello, metiéndome su nudo en la boca, me calcé el gorro, y salí a comerme un arroz salteado en mi tailandés favorito. Luego recordé aquel pubis melenudo y no me terminé el plato. Le envié un mensaje de buenas noches. No contestó.