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MOCHALES

Una noche en el Toni2

Aunque la mayoría vayan de alcohol y farlopa hasta las cejas, Óscar y yo acudimos aquella madrugada al Toni2 de tripi, para hacer tiempo hasta que nuestro querido Café di Roma abriera sus puertas. Y allí, el estropicio: señoras que apestaban a licor, mostrando a cada carcajada más muelas postizas que cariño; unos pianistas que se turnaban con más eficacia que sapiencia en acariciar las teclas; y algunos cantantes amateurs con extraña pericia para elevar la voz y facilidad extrema para hacer sonar los hielos de las copas de balón en cada estribillo. Corría el año 2003. Debía ser primavera.

 

Aquella noche Millán Salcedo se atrevió a tocar el piano y cantar a la vez, mientras Óscar y yo intentábamos reconocer que aquello no se había producido gracias a la dosis de Hofmann, el señor que sintetizó, ingirió y por tanto, experimentó por primera vez con tan agradable sustancia. Luego, y al salir del baño, descubrí que José Luis Coll bebía parte –o toda: no hice inventario a la salida- de una botella de Johnnie Walker etiqueta roja. Volví a nuestro sofá, anclado en el tiempo, y le comenté a mi compañero de viaje que aquello no era normal.

 

-¿Te refieres a la moqueta roja?

 

-No, joder.

 

-¿A qué el de Martes y 13 esté tocando el piano?

 

-¡Que no!

 

-¿Entonces?

 

-José Luis Coll está allí. Míralo.

 

Luego intenté tranquilizarme; porque por un momento creí que habíamos entrado sin darnos cuenta en un plató de TVE. O algo peor: en uno de esos programas nefastos y enlatados de fin de año, donde como la alineación de la selección, me sabía quieres iban a salir de memoria: Martes y 13, Los Morancos, Rocío Jurado, Isabel Pantoja, Sabrina, Arévalo, Mecano, Olé Olé, Perales… Juro que llegué a hablar con José Luis Moreno. Y hasta me pareció ver entre los que rodeaban el piano de Millán a Mayra Gómez Kemp leyendo una de esas tarjetas asquerosas de aquel teatrillo para bobos llamado ‘Un, dos, tres’. Rogué no quedarme pillado.

 

Pedimos cerveza, porque el dinero escaseaba; y a esas horas más. Que los drogadictos-alcohólicos tienen gasolina hasta las dos, y nunca hasta las cinco. Un camarero con pajarita se nos acercó: “¿Queréis otra?”. No contestamos. Nos miramos Óscar y yo a los ojos y nos comenzamos a descojonar. A la salida del local, y de camino a la Puerta del Sol con la Carrera de San Jerónimo, llegamos a la misma conclusión: “Ese tío era Arévalo”. Realmente no lo era. Pero claro, vuélvete de tripi a saber si aquel tipo al que pagamos era o no el peor humorista que han escuchado mis oídos. Y que quede claro: Millán y Coll sí eran los verdaderos. Y hasta me caían bien. Lástima que el de la voz perdida ya no esté entre nosotros. 

 

Estela nos esperaba tras levantar la persiana del Café di Roma junto a otros treinta fiesteros. Nadie pedía cruasanes ni cafés. Todos pidiendo copazos y cervezas en una degradación tan evidente que ahora se entiende la crisis española. Los baños atestados, con las tapas de los váteres deslumbrando restos de cocaína. Nadie pagaba con billetes que no habían estado enroscados segundos antes. Fumábamos como bestias. Yo me compré la edición dominical de El Mundo porque siempre que queríamos homenajear a Hofmann lo hacíamos en noche de sábado, para así para un domingo de gloria. Y de cultura y lectura. 

 

Antes de dejarnos llevar por un barril que vaciamos, le indiqué a Óscar que una señora de, al menos, sesenta años, me había intentado besar a la salida del baño del Toni2. “Ya será menos”, me dijo, entre las risotadas típicas que genera la dosis de LSD; “Te lo juro: mírame el carmín”, señalándole mi labio inferior y parte de la barbilla, colapsadas de un producto químico que me hizo replantearme el ser mujer en otra vida. ¿Para qué sufrir?, me dije.

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2 comentarios

telurico -

hoffy nunca decepciona...a ver si le hago una visitinha antes de findeaño....salud, mochalvicious!
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Adr. -

Alucinante. Me parto.
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