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MOCHALES

El Smooth

 

Phnom Penh es una ciudad que a eso de las seis de la tarde se convierte en un prostíbulo ambulante. Paseas por sus calles y quieras o no siempre lo haces por zonas empapadas de vicio. Cerca del Riverside, el paseo fluvial centro neurálgico de la capital, se agolpan los bares sospechosos y las casas de masajes donde el final feliz es directamente follar. Los conductores de tuk-tuk te ofrecen señoritas, las Madame de ciertos bares te saludan al pasar, y los escasos restaurantes que pelean en clara desventaja con los negocios que ofertan sexo sueñan con que a los clientes que acaban de desovar les haya entrado el hambre. Los extranjeros son zombis al rebufo de esa nube de vicio.

 

-¡Dos por uno! –me gritó una belleza sin igual.

 

-¿Para todo? –pregunté, soñando con que las raciones de carne humana también cargaran con semejante oferta.

 

No había retirado el posavasos que siempre se adhiere a la jarra de cerveza recién servida cuando Kokoto se me acercó con ánimos desesperados. Al instante sugirió mi mente que aquella belleza nació muchacho porque medía más de lo normal y calzaba un cuarenta; hecho éste llamativo ya que hasta los hombres en Camboya manejan pies pequeños.

 

-¿Por qué te llamas Kokoto?

 

-Porque es mi nombre.

 

-Kokoto es un nombre japonés.

 

-Es que yo soy japonesa.

 

La prostitución, dentro de sus maldades y riesgos, también ofrece posibilidades únicas de cambiarte el nombre, la nacionalidad y el pasado. Cosa curiosa porque el futuro nunca se lo podrá amputar. Porque Kokoto nació Manolo y lo más cerca que estuvo de Japón fue cuando me dijo ‘domo arigato’ tras verificar mi abono por su tarifa. El habitáculo era cochambroso. De hecho el baño sin alicatar era mucho más saludable. Llegué a pensar que aquel colchón llevaba allí incrustado al menos una década. Sin sábanas ni apariencia de haber sido limpiado al menos una sola vez.

 

-Me dijiste que me ibas a avisar.

 

-Lo siento… fue la emoción.

 

-Esto te costará más caro.

 

-Lo que tu digas cariño.

 

-¿Quieres besarme?

 

-Primero lávate la boca.

 

-¡Pero si es tuyo! ¿Por qué te da asco?

 

Kokoto poseía ciertas manchas que me hicieron meditar. Circunferencias rojizas a la altura de su cintura de donde colgaba un mísero falo, pingajo de carne deformado y decadente.

 

-¿Por qué no te lo quitas?

 

-¿Me vas a pagar tú la operación?

 

-¿Y qué haces con lo que cobras? Porque no creo que tengas hijos a los que amamantar.

 

-Yo me gasto mi dinero en lo que quiero.

 

-¿Te piden ser activa?

 

-Basta ya de preguntas.

 

-¿No te gustan las entrevistas?

 

-No.

 

Luego volví a la barra, donde una tal Wendy intentó convencerme de algo que yo sabía y ella no: que cuando eyaculo debo marcharme a meditar, a mis aposentos, en este caso un hotelucho del tres al cuarto donde en la recepción me esperaban media docena de nativas, todas féminas y casi todas menores, que me halagaban tan gratuita como exageradamente. “Te quiero”, me dijo una; “Si quieres sólo dormir y follar por la mañana sube”, contesté a la rubia de bote, la cual me sonrió con una preciosa afirmación en su rostro.

 

Y a las seis horas desperté, con una muñeca de porcelana que emitía menos sonidos al dormir que yo al lavarme los dientes. Aunque Kokoto seguía en mi memoria. Sus pechos, absolutamente desnivelados, generaron en mí un sentimiento de pena. Porque no sentirte hombre para conseguir ser mujer y convertirte en una extraterrestre sólo está al alcance de esa marabunta de desgraciados que pueblan un planeta Tierra demasiado injusto.

 

-¿Me puedo lavar los dientes? –me dijo mi muchachilla recién despierta.

 

-Sólo tengo un cepillo. –contesté.

 

-A mí me da igual.

 

Que se empieza compartiendo el cepillo de dientes con un desconocido y se acaba dejándole correrse dentro, como si la confianza no ejerciera más riesgo que la lejanía. Porque aquellas manchas en la cintura de Kokoto no eran más que aquellas ganas de doblar la tarifa por permitirles a sus amores de una hora ciertos vicios inconfesables en una cena familiar-navideña. 

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