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MOCHALES

Dormir

Llevo tal descontrol horario desde hace tiempo que no me atrevo a mirar la hora que marca mi teléfono móvil. Porque reloj de pulsera hace ya años que no gasto. Duermo de cinco a ocho de la madrugada, casi siempre en una casa de masajes, y de tres a ocho de la tarde, después de desayunarme a veces una botella de rosado chileno otras un buen Albariño gallego; el resto de la noche también bebo: Yamazaki 12 años. Ah, y sin siesta, si es que ya no sé a qué hora es siesta y cuándo dormir legalmente.

 

Mis almohadas amarillean, por el sudor que desprende mi melena desaliñada, que a causa del alcohol debe emitir sustancias sudoríparas de un olor que lastra mis respiraciones, sobre todo cuando duermo bocabajo. Porque les juro que nunca me acuesto con rotuladores de colores. Ni con un equipo de rugby después de un partido bajo el sol.

 

Cuando más me siento descansado es en mis descansos a la luz del día. Hermosa luz que traspasa las negligentes cortinas que al ser ya hora de tarde me caen como una bendición. De madrugada duermo realmente jodido, o en esa casa de masajes donde el ajetreo me hace relamerme el aceite de mi cuerpo mientras me pregunto si debo llamar a otra masajista, o en mi casa, convertida en bodega ante el tremendo alientazo a güisqui japonés que desprende mi boca, que no por mucho lavarla consigue volver a una normalidad que ya no sé si es estar sereno o estar borracho.

 

Lo que sí hago es ducharme cada vez que me levanto. Casi siempre la toalla sigue húmeda, ya que este invierno flojo en frío pero pleno en humedad, no termina de secar la única toalla que seca mi cuerpo. Y luego volver a las calles con la melena empapada; que a mí eso del secador de pelo me recuerda a las aspiradoras de las señoras de la limpieza, y la verdad, no quiero tener que contarme las orejas al acabar ese secado demasiado arriesgado.

 

Y luego esos bares –el diurno, un café estrafalario con buena conexión a internet, cervezas importadas y una digna carta de vinos; y el nocturno, un pub que emite alarmante música aunque oferta un, por su calidad y variedad, impensable menú de güisquis-, donde desfallezco tras largas caminatas, donde me refugió del dormir a trozos y me embriago de una vida que bien se merece bebérsela.

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