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MOCHALES

Comer y no poder hacerlo

Las resacas desproporcionadas forman parte de mis mañanas que en realidad son mis medios días. Porque a eso de la una orino muy amarillo, y ya no puedo más que arrepentirme de la noche anterior en unos revolcones autóctonos sobre una cama convertida en velatorio. Se salen las sábanas de los cuatro lados lados y queda el colchón carcelario a la vista de un día que será muy duro. Lo aseguro. A veces toso sin necesidad. Luego me saludan las arcadas.

 

Más tarde consigo ducharme tras lavarme unos dientes atrapados por una boca estropajosa. Es dantesco cuando te acercas al espejo a comprobar que no te quedan restos de dentífrico en las comisuras de la boca y no eres capaz ni de mirarte a los ojos. La toalla estaba empapada, por el este dulce invierno de humedad extrema. Sentí frío. Y tampoco hacía tanto. Los restos de pelos se atrincheraban en el desagüe. Soñé que era una alucinación.

 

Un restaurante cualquiera de una calle cualquiera, de esos que sirven comida a las tres de la tarde a los vagabundos de sus vidas, donde no había más mesa ocupada que la mía, sirvió como trampolín para intentar comenzar un nuevo día al que sólo le quedaban tres horas escasas de luz. Un arroz salteado con setas de invernadero excesivamente picante horadó mi tráquea hasta borrar de un plumazo el aporte previo de mi pasta de dientes. Luego bebí algo de té –agua sucia, en realidad- y corroboré que la única posibilidad de ocultar mi mono de alcohol era posar mi mirada de tórtola recién ametrallada a base de una buena carga de perdigones, hacia una camarera de tal pureza que llegó a quitarme el escaso hambre que suele tener un tipo con resaca extrema.

 

Para que mi bolsillo se resintiese sin perdón y mi amargura perdurara, atravesé el preámbulo de las miradas iniciales para comenzar una conversación tétrica; como mandan los cánones, cuando un alcohólico ausente y despeinado se sienta a comer con el estómago cerrado y las arritmias abiertas de par en par.

 

-¿De dónde eres?

 

-De Kunming.

 

-¿Y cuánto tiempo llevas en Xiamen?

 

-Un año.

 

-Eres muy guapa, ¿sabes?

 

Uno se entristece sobremanera cuando intenta descorchar el diálogo con una local de cómo mucho veintiuno; con estas conversaciones más propias de los parvularios europeos, que uno en vez de ligar se cree que está delinquiendo con una menor. O algo peor: con una retrasada. Llegados a temas más calientes –“¿me das tu número de teléfono?”- certifiqué, una vez más, que las chinas no atisban el peligro; que en ellas un ser calvo con melenas y ojos inyectados en sangre, que llega tardísimo a un almuerzo que es incapaz de ingerir, es un bocado apetecible, una oferta irrechazable.

 

-14767655690. –me apuntó riéndose.

 

Tomé nota del mismo mientras me tocaba la parte izquierda de mi torso, que bajo una extraña gama de convulsiones amenazaba con convertirme en fiambre delante de la que espero sea mi próxima presa. Olía a azahar. Y eso que era incapaz de descifrar algo más que mi resaca, imperturbable, amenazante, punzante hasta límites exagerados.

 

Dicen los expertos alcohólicos –entre ellos yo- que beber calidad es sinónimo de mañanas alegres. Pero nadie habló de la cantidad ingerida, incluso yo. Y tres tercios de una botella de Yamazaki 12 años con la previa de una botella a capón de Sauvignon Blanc australiano no es la mejor manera de evitar unas convulsiones que se eternizaban en una tarde que ya oscurecía.

 

-Te llamo mañana.

 

-Vale.

 

Porque la china desvalida siempre dice que sí. Como el camello al que llamas a horas complejas, por muy intempestivas que sean éstas, y te surte de gramos a 0’6. Aunque nunca te falle en el servicio, que siempre en el gramaje. 

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