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MOCHALES

Tracto urinario

“Tracto Urinario 2, Real Valladolid 1”, resuena desde mi tálamo a la frente cada vez que un chino con bata examina los resultados de una meada en un bote, al que sólo suelo echar los primeros chorros calculando, previsiblemente mal, que al final de la meada se cuece lo más concentrado.

 

Y sí, vuelve a ganar ‘tracto urinario’, que se desenvuelve tan bien en el área que debe, de nuevo, ponerse a tratamiento de maléficas dosis de pastillas que me dejan anonadado y me hacen descender, no ya sólo la talla del miembro sino las ganas de escrutarlo en pareja.

 

Suerte que nunca me hablan de infecciones pavorosas o de, aún peor, enfermedades víricas, de esas que ya sólo se resuelven comprándote otro frigorífico y atiborrándolo de pastillas de todos los colores por el resto de los días.

 

“Tiene usted una infección en el tracto urinario” es, a día de hoy, la frase que más se repite entre un doctor y yo. Hace décadas era “bájese los pantalones que no le va a doler”; y luego esas inyecciones de penicilina que me dejaban cojo por espacio de al menos tres días.

 

El tracto urinario, como una carretera secundaria, atrae a lo peor de cada casa: de salida, lo que me regala el riñón en forma de sobras (residuos de alcoholes varios, agua con cadmio, zumos a base de frutas atómicas…) y de entrada, de lo que me pringo cuando la euforia alcohólica me hace desprenderme de un condón del que sólo en días como hoy me acuerdo. Que parece mentira que con tanta perfección que genera nuestro cuerpo en materia de auto defensa nunca hayan colocado, a modo de funcionarios de aduanas incorruptibles, a una docena de bacterias propias dispuestas a batirse el cobre con todo lo malo que suele traer lo ajeno. Sobre todo si esto comienza a trepar por el tracto urinario con ganas de quedarse, al menos, tres semanitas.

 

Luego verificó que mi glande no estaba infectado; aunque yo insistí al doctor que me confirmó para mi tranquilidad que “el anillo del glande estaba rojizo de esfuerzos varios” y no de la invasión que me hace cantar por faralaes cuando acudo al retrete a soltar lastre amarillento. Que para un ignorante como yo, de tractos y demás lugares tan lejanos de lo sexual, siempre es posible que los mismos que se han atrincherado en mi tracto urinario podrían también haberse hecho fuertes en lo que viene siendo la cabeza del pene.

 

Pagué religiosamente no sin antes hacer la pregunta clave: “¿Cuándo podré volver a hacer el acto?”. El doctor, que ya me conoce, ni se inmutó: “Siga el tratamiento a rajatabla y olvídese de cualquier tipo de sexo”. Luego crucé la calle para coger un taxi y casi me meto en una de esas casas de masajes donde el plato estrella es la paja, como deduciendo que si aún no había comenzado el tratamiento podía darme la última alegría antes de enclaustrarme en casa por espacio de dos semanitas. Creo que por primera vez mi tracto urinario se dirigió a mí. Y en perfecto castellano: “No lo hagas, por favor”. El taxista, por cierto, creía que se reía de mí, como si estuviera compinchado con mi doctor, ya que sólo hacia darse la vuelta y sonreírme. 

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