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MOCHALES

Sin pestillo

Orinaba en abundancia cuando la puerta dejó de ocultar la salida. Tras ella, una dama que aún no había confirmado que donde ella iba a orinar ya había otro meando. Fueron cuatro segundos. Los suficientes como para que preparara la escena: me la saqué aún más y, desechando el váter, asomé el miembro de perfil. Y ella bien que se informó de lo que acontecía.

 

En los siguientes seis segundos, la jovenzuela borracha, que salía hacia atrás del cuartucho –y ya sabemos que la psicomotricidad cuando está bebido no es un mérito-, acabó derrapando sobre esas clásicas charcas de orinas que generamos los que bebemos en los bares. Porque es curioso, uno trinca en su casa, o en la de un amigo, durante una procelosa cena, y nunca, repito: nunca, se atreve a encharcar los aseos del que invita, que además, ha cocinado. Debe ser alguna neurona que nos indica que cuando abonas tienes derecho a todo. Y volvemos al problema de los derechos, ¿para qué tantos si no sabemos utilizarlos?

 

Y bueno. Ella que se asienta sobre un mar amarillo, y yo, que raudo y veloz, me acerco a ella, aún sin enfundar la espada, cayendo ella en la cuenta que aquello era un atentado, una violación, un secuestro en toda regla. Yo, para amenizar la fiesta, usé el pestillo de la puerta, más que nada para evitar que otro u otra repitieran la jugada. Que la multitud no es erótica.

 

Y ella allí, asentada sobre la meada, chapoteando sobre la misma, y gritando -¿por qué no?- contra un tipo que sólo deseaba sacarla de allí. Eso sí, con el pene fuera, que a veces, no ayuda a que la afectada se crea tu cometido. “¡Fuera! Fuera!”, repetía sin cesar, mientras yo me enfundaba un arma que aún goteaba.

 

Y allí que nos vimos los dos. Yo, recién meado; y ella, recién mojada. Yo, tranquilo; ella, angustiada. Como si el pestillo no pudiera abrirse de nuevo, como si al cruzar el umbral de la puerta se hubiera encontrado con un asesino en serie.

 

Sé que le afectó que yo supiera que había visto mi miembro. Porque para una mujer siempre es mejor sentirlo que observarlo. Y más si el contrincante es un desconocido que te regala su brazo para auparte sobra la orina de doscientos criminales, de doscientos asesinos desposeídos de inteligencia alguna.

 

No nos quedamos. Aunque yo lo intenté: “¿Quieres que te seque?”, dije. Salió corriendo. Me sorprenden las actitudes de las mujeres que no te conocen. Que luego te conocen y te follan sobre la misma charca donde antes se ahogaban. Mierda de formalismos. 

Follar en el baño (Un sueño de adolescente)

Follar en el baño es una anécdota ajena de la que uno se apropia. Yo lo hice. Mintiendo a diestro y siniestro mientras mis cercanos, espero, dudaban entre realidad y ficción. Porque follar en el baño sólo está al alcance de los que sufren de riñones minúsculos y de los que custodian los aseos. Cuántas historias podrían contarnos esos abuelos convertidos en peleles de hijos de ricos, achicando orinas ajenas y disipando las ansias de meterse cuatro tipos en un baño a esnifar. Y más si no invitan al que custodia.

 

Pero ayer -¿qué deciros?- me entró aquella señorita –para mí era una puta sin miras de cobrar-; y yo que cedí a su intento-. “Ven al aseo. Te espero”, le dije, mientras una erección camellesca, con su chepa y todo, me subía desde la ingle a la cabeza; no contestó. Lo prometo. Porque sus ojos aliñados de todo tipo de potingues ya marcaban sus intenciones. Mientras me sacudía el miembro, que acababa de expulsar la orina a presión, se desentornó una puerta que ya apestaba a vicio. “No, no te cierres la cremallera”, me comentó, mientras yo ya descendía los pantalones hasta los tobillos; y porque el suelo no cede más centímetros, que si no…

 

Y luego la pasión del forajido: tres minutos de ejercicio cuasi extremo para posar, lo de siempre, en esa cueva que manaba alaridos de perros salvajes. “¿Te has corrido dentro?”, me preguntó mi compañera de viaje; “No han sido dos veces porque no ha dado tiempo”, contesté orgulloso mientras me aseaba el glande sobre el lavabo. Porque no hay mayor dominio para el macho que lavarse de abajo hacia arriba mientras la presa recién cazada te observa de arriba hacia abajo.

 

“Huelen mal los baños por estos lares”, dije a mi presa, angustiado por el hedor que genera cualquier baño chino a los cinco minutos de su uso; “Yo no veo nada raro, salvo que mañana tendré que tomarme la pastilla del día después”, me añadió. A la salida del baño la cisterna dejó de sonar. Quiero ser más libre y menos follador; o sea, menos ser humano y menos real. En serio.

 

Luego entraron dos parias. Ambos maromos. A mear. Uno me saludó con la mandíbula entreabierta. El otro sólo movió su melena: eran extranjeros. Mi güisqui seguía en su mismo sitio. 

Dos días enclaustrado (en una casa de masajes)

Mi casa no me interesa. Son tres habitaciones y un salón que parecen inevitablemente dormidos. Las pisadas de mis pies desnudos tras las duchas mañaneras remarcan que no hay quien higienice mi supuesto hogar. La terraza, además, que siempre mantengo abierta en pelea ventosa constante con las ventanas, trae todo tipo de visitantes al piso: cucarachas, mosquitos, y una enorme capa de mierda: la que genera el día a día chino.

 

Antes de ayer me enclaustré en mi casa de masajes favorita. Lo hago allí porque dispongo de la confianza suficiente como para quedarme a dormir, ducharme al día siguiente, y recibir unos calurosos ‘buenos días’ con un té de aguachirri que te sirven en un vaso de plástico conato de ilegalidad. No falla. Y sin sobretasa en el precio del masaje.

 

Allí llegué tras la ingesta masiva de botellas de vino. Vivo bien, la verdad, dándole a la botella y plasmándolo todo en una cara que cada vez se me deforma más. Las ojeras reclaman su permanencia constante bajo unos ojos que ya no brillan; mi piel, otrora morena, malvive en un mezcolanza de blanco mortecino y amarillo mandarín; mis piernas, siempre fortachonas, sufren de calambres gracias a que nueve de cada diez veces que consigo acostarme, lo hago bajo un buen chorrazo de aire acondicionado semi congelado. Es lo que tiene ser alcohólico; que no hay manera de controlar la temperatura hasta que el pedo ha dejado paso a la resaca diaria. Y eso suele ocurrir ya tarde, de buena mañana, cuando mis gemelos me avisan que ya no pueden más. Cuando el habitáculo es la cámara frigorífica de cualquier carnicería de barrio.

 

La número seis llegó algo distante. La verdad, no reconocí bien ni su talla ni su gesto, por lo que me volqué de cara hacia el colchón para iniciar el ritual de cada madrugada. La espalda, con fuerza; el culo, lejano; las piernas, deslizándose. Pero bocarriba comenzó el salto adelante, que esta vez no se redujo a la mísera paja. Primero, tanteó mis pezones con argucia, como si fueran los suyos un domingo de autoservicio; para luego realizar un movimiento que en ajedrez hubiéramos denominado ‘jaque mate’. Porque la número seis, a la que su pechumbre hacía insignificante su dorsal, decidió de manera automática posar su pubis contra mi cintura y restregarse como si un ejercito de hormigas estuvieran peleándose en su excelsa vagina. Porque tras retirarle el pantalón descubrí que aquello era una cavidad de la que al menos, habían salida dos fetos.

 

Recalco que el lugar donde acudo posee ojo de buey de interesante dimensiones sobre una puerta que no dispone de pestillo. Y que en mis, al menos, veinte visitas anteriores, nadie se dignó siquiera a mirarme a los ojos. O sea, que aquella sorpresa debía venir causada por algún tipo de calor corporal extraño y violento que tomó el cuerpo de mi número seis, que en un instante trotaba sobre mi falo que ya amenazaba lluvia. Y llovió. Como todo fue inesperado no hubo tiempo de desplegar el paraguas.

 

Y allí que me quedé dormitando. Antes me enjugué los restos de ambos flujos para pasando por el lavabo, untar mis partes en esos jabones que aderezan las duchas de las casas de masajes que en Europa, seguro, serían ilegales. Que uno en China siente más miedo cuando se embadurna en geles sospechosos que cuando arremete sin protección contra un número con alma y sin nombre. Me levanté con un profundo dolor de cabeza, toqué el timbre y apareció un maromo con cuatro vasos de té. Ya me conocen. Me los bebí como si hubiera despertado en el desierto. Seguí durmiendo.

 

Al día siguiente tocaron gin-tonics. Creo que once. Perdí la cuenta cuando perdí la cuenta de los bares, creo que cinco. Y tras los diferentes noes de las camareras, que apuntan alto al tomarte la comanda y bajo cuando les invitas a casa, tomé el mismo camino que el día anterior, cuando el vicio domina tu descanso y te obliga a pasar por caja.

 

La número seis volvió a aparecer. Esta vez me sonrió. Nuestro nido de amor, diferente, poseía un extraño esquinazo que nos permitió gozar del momento por espacio de quince minutos. Desnudos a la luz de la vela, con la única orden por su parte de no gemir ni hacer ruido, volví a posar la semilla que siempre vierto donde no debo y contra quien no amo. Como la duración del masaje es de cien minutos, se quedó la hora y pico restante dormitando sobre mi pecho, que latía alborotado de tanto esfuerzo tras semejante ingesta. “Te quiero”, me dijo, en un perfecto mandarín. Porque mi desahogo de las dos pasadas noches no es más que un señora –de cuarenta, seguro- a la que la vida la ha pateado en todas las direcciones menos en la correcta. Por eso, por sus desdichas, se agarró a un clavo ardiendo que no es más que un alcohólico que siempre hace ejercicio en las madrugadas más tenebrosas.

 

Por la mañana sonó una llamada en mi móvil, que como una alarma me destrozó un supuesto descanso que mutó a martirio. Porque lo peor de las resacas no es sufrirlas, sino despertarte y saber que las tienes. Esta vez fueron seis vasos de té. Mi padecimiento se merecía semejante afrenta. Porque luego, y tras el café doble, comprobé como la arritmia comenzaba a juguetear con la resaca; y ésta, a su vez, con un intratable dolor de costado y un importante tirón en el muslo izquierdo. Eso sí, tras la ducha con gel radiactivo y sin peinar, parecía mucho más apuesto que la inmensa gama de perdedores que cada día transitan buscando dinero para llevar a casa.

 

Y luego llegué a la oficina, donde nadie podía imaginarse de dónde venía. La recepcionista, incluso, me calificó de ‘guapo’. Llevaba la misma ropa que ayer y antes de ayer. Porque en China pocos caen en esos detalles cuando casi toda la población repite conjunto un día sí y otro también. Luego me lavé los dientes. Que el que no sabe dónde va a dormir siempre carga con un recambio de cepillo y una pasta dentífrica. Japonesa, por supuesto. 

Viagra a la francesa

Duele que no se te levante salvo que lleves bebiendo más de dos días, viajando algo más de uno y la contrincante, sin necesidad de volcar sangre a ninguna parte de su cuerpo, lleve puesta una camiseta –camisola decíamos en los ochenta- de Ribery, ese feo eterno que le da tan bien a la pelota como aparenta ser más alto de lo bajo que es.

 

Pero ante las leyes de la física y del alcoholismo sólo queda un magnífico trayecto: agacharse bajo su pubis y lamer en todas las direcciones. Sólo los que andamos sobrados de amor –el vicio no es más que uno de sus largos brazos- sabemos que, ante un ataque de la naturaleza, sólo nos quedan armas de nuestras épocas lactantes.

 

Pero mientras acentuaba la presión con mi lengua fuera de sí, y cuando ella ya comenzaba a dejar de estirarme el pelo –mala señal cuando no se te levanta-, recordé que hace meses –al menos cuatro- un amigo me regaló una de esas pastillas que dicen, levanta algo más que el ánimo. Eran las nueve de la mañana, apestaba a alcohol, y ella ya no disponía de más flujo con el que colmarme mi boca alpargatera, que tras treinta y tantas horas de bar en bar, sólo deseaba cerrarse y descansar.

 

Pero aquel recuerdo –los mejores suelen brotar cerca de acostarnos, a punto de morir o dominados por una cuba de hectolitros de vino- me animó a rebuscar entre mi cámara de fotos, que entre ella y su funda, debía contener la pastilla mágica.

 

No crean que acepté infarto de miocardio como posibilidad de irme al otro barrio. Tal vez la ingesta no me permitía ver más allá del coño de la Ribery –“no te quites la camiseta”, le dije mientras le arrancaba las bragas-, que sin sospecharlo, sufrió dos tremendas arremetidas del alma de mi falo, dominado por efectos químicos de una pastilla color piel que casó con mi pene con la misma efectividad que mi padre casó a mi madre, hace ya décadas.

 

Por supuesto, este tipo de mentiras no se explayan –de ahí el dopaje desmesurado entre los deportistas-, por lo que tras veinte minutos dubitativos dardeé hacia la diana, que sorprendida tras tanta lengua, cedió ante lo primero en tres horas que no contenía saliva. “¿Qué te pasa?”, me dijo la ex bañada en babas; “Nada, que me ve ha venido la inspiración”.

 

La verdad es que la señorita, de origen francés, iba tocada con la camiseta del futbolista galo porque a la hora que la convencí para sudar (la camiseta) en la madrugada, salía de uno de esos bares donde aparte de pantallas emitiendo partidos sólo hay bastardos uniformados con las indumentarias de sus ídolos. “¿Y a ti qué te gusta de Ribery? –le dije- ¿Su careto?”. Al instante me comía la boca previo desprecio a mi insulto. Ganamos, por cierto. Aunque yo eyaculé fuera. Exactamente sobre el dorsal número siete, que hoy mismo debe estar dando vueltas en una lavadora ignorante de las manchas que la colman.

 

La viagra, por cierto, sutilmente violenta. Y yo, en una mañana calurosa y egoístamente airosa, sólo deseaba ver el resumen del partido tras la humillación al equipo del gallo, ahogado en mi éxito.

La chica de la banda filipina

Hoy me he venido a tomar una botella de vino –Celeste, catalanes en la Ribera del Duero, a contracorriente- al lobby de un hotel cualquiera de cualquier cadena internacional. Pomposas camareras, vestidas como pre putas, así como una absurda exageración de luces, alfombrado, miembros de seguridad –su pinganillo ridículo los delata- que dan vida a ese teatrillo que es el lobby de un hotel. Al fondo las de recepción, acusando el tremendo cansancio de sus interminables jornadas laborales teniendo que aguantar a toda esta panda de harapientos sociales. Es casi la media noche. La tonta de turno me ha preguntado si quería dos copas para beberme mi Tempranillo. “¿Acaso ves a dos personas?”, le he contestado. Lo bueno de ser arisco casi faltando el respeto es que, como casi todo el mundo exagera su nivel de inglés, nadie acaba entendiéndote.

 

La típica banda filipina –no conozco un país que haya dado una media mayor de músicos por habitante con ninguno conocido u original- amenizaba la tranquilidad que generaba el salón del hotel con una retahíla de éxitos a cual más insospechado. Creí haber escuchado a Metallica –y eso que no había batería ni bajo ni cadenas- cuando de pronto sonaron los primeros acordes del Yesterday de John Lennon. El desbarajuste desembocó en Shakira. ¿Pagan las bandas filipinas derechos de autor? ¿Existe algún músico de aquel archipiélago con aptitudes para la composición original?

 

La verdad es que llegué a perder el hilo de ‘En la carretera’, la novela de viajes y frases cortas de Jack Kerouac que desde hace cuatro días me acompaña en mis horas lectoras. Porque, por muy poco profundo que sea el escrito, sí es cierto que la historia te llega a enganchar, pero no lo suficiente como para obviar a un tipo de color extraño –ni negro ni blanco ni marrón- con un crucifijo grueso sobre su camisa blanca, que golpea con violencia infantil un teclado que previamente fue programado como caja de ritmos. La guitarra que se desplegaba a lo largo de su cuerpo menudo siempre estuvo en fase decorativa. Como su bigote poco poblado de pescado de roca recién escamado.

 

Pero Lucy sí se merecía mi llamamiento. Aún más baja que el hombre-orquesta –eran tres en la banda: el que dirigía el cotarro, la misma Lucy, y una obesa cercana a la retirada-, aportaba el único toque sexual a la velada, gracias a un importante par de pechos así como a su cara, muy parecida a las de aquellas damas que te cortejan por dinero en los sitios previstos. Maquillaje extremo, gestos dolientes.

 

-No habéis tocado nada de los Beach Boys.

-No, señor –el filipino siempre muestra sus cartas con debilidad-; pero si quiere alguna le digo a mis chicos que volvemos.

-No quiero que volváis; como tampoco que me llames señor. Me llamo Rodrigo. Sólo quiero invitarte a una copa y charlar contigo. Tengo dudas que debes saciarme.

-¿De qué tipo?

-Sobre Filipinas… la música… este hotel… el jefe de tu banda… Por cierto, ¿por qué no tocaba la guitarra si la llevaba a cuestas?

-Me cambio y bajo. Yo vivo aquí, ¿sabes?

 

Descubrí con contundencia tres cosas a los escasos veinte minutos de que Lucy bajara: primero, que vivía con el hombre-orquesta y la famélica de voz mediana -¿qué tipo de intimidad se gasta cuando compartes una habitación de hotel con dos personas más?-; que era alcohólica, como yo –nada más bajar me rogó otra botella de vino la cual pasó a su hígado en más de un 70% del contenido en menos de media hora-; y que, ojo al dato, era puta. O lo disimulaba muy bien.

 

-Mira, yo no cobro por follar; pero en este hotel, donde ni puedo salir ni echarme pareja, donde me pagan una miseria por mi trabajo, y donde además tengo que alimentarme en un bufet odioso y repetitivo, sólo tengo una salida para ganar dinero más rápido: acostarme por pasta. No es que sea una puta; es que ya vivo casi como una de ellas.

-¿Te has tirado a muchos clientes del hotel?

-A algunos. Pero es difícil: los empleados del hotel me controlan.

-¿Y del personal? ¿Te has acostado con el director? ¿O el Chef?

-Mira… eso me lo guardo para mí. Pero te adelanto que esos no pagan en dinero; si acaso en vacaciones o filetes de ternera importados.

 

Llegamos a mi casa, ya que a Lucy no le quedaba más que el baño del lobby para generarme placer. Y yo no deseaba que la expulsaran de su propio trabajo-hogar. Al vino, por cierto, le metieron un sorprendente recargo de casi el 20%. China da asco. Sobre todo porque esa botella sería la mitad del sueldo de la sílfide que me atendió, con esa raja en la falda que llamaba la atención hasta a los ciegos.

 

-Si no eres puta debería follar sin condón, como hacemos las personas normales.

-Mira, yo no follo sin condón desde los doce años. Y menos con uno al que acabo de conocer que además se jacta de hacerlo sin protección.

-Yo no me jacto de nada. Tú eres la que te jactas de hacerlo con condón, desgraciada.

 

Mientras me recluía en mi oasis mental, Lucy se iba alejando del mismo. Resultado: dormimos juntos, sin abrazarnos, y sin practicar sexo hasta la mañana siguiente, donde retrocedimos a posturas iniciales.

 

-Oye, ¿y es verdad que follabas con doce años?

-Es la edad con la que me estrené. En Filipinas, y sobre todo en la gente de campo, es muy usual.

-¿Y lo hacías sin condón?

-Por supuesto: lo hacía dos veces cada seis meses, generalmente con el mismo chico, y no sabíamos nada de nada.

-Qué vicio, Lucy, qué vicio. Lo que no entiendo es lo del hombre-orquesta.

-¿Quién?

-El jefe de tu banda; un enano embutido en una camisa blanca de otra época con un inmenso crucifijo depositado sobre su pecho desnutrido de pelos. Ni canta bien, ni interpreta canciones originales, ni enlaza los temas calcados con orden, ni tocaba la guitarra, ni creo el teclado. ¿Es tu novio?

-No, es el novio de la gorda. Por eso no la echa.

-Y por eso ella ni se ha hecho puta ni asistenta del hogar. Porque vaya drama.

 

Mientras acercábamos posturas, discerniendo entre el bien y el mal, la oferté una solución apetecible: sexo oral sin condón por los mismos 400 yuanes que ya tenía depositados en su alforja. Y bien que me la chupó con gusto, dejando de lado su faceta de músico para meterse de lleno en el papel de meretriz. “Grítame palabras rudas. Dime puta”, me decía una Lucy extremadamente contenta por poder dormir lejos de aquella pareja siniestra de seudo músicos. “Sabes, me gustas. Pero a ver cómo te lo digo ahora, después de haberte cobrado”; “Nada, me devuelves el dinero, y cuando crezca el miembro te lo introduces dentro como el que no quiere la cosa”.

 

Se lo pensó. Pero su horario laboral esclavista le hizo marcharse a la carrera a eso de las doce de la mañana. Para terminar de joder la marrana, el hombre-orquesta la había realizado unas doce llamadas perdidas. “¿Estás segura de que no es tu amante?, le dije mientras me lavaba mi miembro en un lavabo que en China casi me llega por las rodillas; “No digas tonterías. Te espero en el hotel cuando quieras”, me contestó mientras casi cerraba la puerta; “Sólo una cosa: tocáis fatal. Se hace duro aguantar en ese lobby más de una hora”.

 

Cerró de un portazo. Sus pelos pintados de un rubio pared se podían encontrar a matojos por mi almohada. La misma no terminaba de oler bien. Pasé página rápido. Llamé al masaje de abajo. 

Gayolería láctea (Año 2020)

Hoy se cumplen ocho años de la puesta en órbita de Liu Yang, primera astronauta china que en medio del delirio absoluto nacional-patriótico-propagandístico, decidió quedarse para, adquiriendo un pedazo de espacio, montar un salón de belleza y un Lawson. Los primeros años perdió dinero; pero ante la locura general de cincuenta millones de compatriotas millonarios aburridos, la marabunta ‘han’ comenzó a poblar la oscuridad absoluta que desde aquellos días ya lo es menos.

 

“Recuerdo cuando llegué la tremenda brillantez de la bóveda celeste. Era increíble. Un día de cielos claros llegué a ver la Gran Muralla”, me dijo Wen Liu, la encargada del primer karaoke en plena Vía Láctea, que exagerada como pocos, aprovecha la no gravedad para ganar dinero con un negocio a cámara lenta.

 

Yo también me decidí a vivir en el espacio. Fue hace seis meses. Cuando la primera potencia mundial, China, acabó de comprar al resto del mundo. Recuerdo a Honduras llena de cajas de noodles, a España colapsada de fábricas ilegales, a Francia embotellando vino creado a partir de agua, polvos, colorantes y virutas de madera, al presidente de las Islas Salomón hablando mandarín. Era el final. Por eso me vine al espacio, donde aunque el 95% de la población sea china, la inmensidad me hace escapar de todos éstos las veces que quiero. Porque el espacio, en el año 2020, es como internet en el 2012: aún no tiene dueño ni ley ni bandera. Aún.

 

Wen Liu se trajo sin avisar a dos muchachas de Xi’an y a otra de Almería. “Mira Rodrigo, yo les dije: cerrad los ojos y andad un poco. Luego las metí en mi nave, que me costó no pocos millones de yuanes -¡hasta tuve que vender mis tierras en Tíbet y Soria!- y cuando les dije que ya podían abrir los ojos, volábamos por la estratosfera. ¿A que es precioso?”.

 

Hace tres meses me saqué el abono: diez masajes y diez pajas por el precio de ocho. La muy cabrona de Wei quiso anular la oferta ya que en las últimas semanas han llegado al espacio interestelar como cien mil chinos más. “Que éstas se me quieren ir. Que dicen que no se adaptan. Que se les sube la tensión. Que si no hay luz natural. Así que págame más para que yo les aumente el sueldo”, me dijo. Luego pasé con la de Almería –una tal Manoli- a un habitáculo con vistas a la Luna. “A mí me sacaron de una fábrica de tomates en conserva en la Comarca de Níjar con la excusa de que no me daba prisa enlatando. Y luego el jefe, un tal Hu, me hizo la oferta. Y aquí estoy. La verdad es que no gano poco, pero así no me va a salir novio en la vida”.  

 

Me corrí a la media hora. La falta de gravedad y la desidia cansina de Manoli hicieron el resto. Me intenté concentrar con las latas de tomate de Almería, pero su aliento desmesuradamente ajado, tiró por la borda todo intento de eyaculación. Al final tuve que hacer lo de siempre. Lo clásico. “Manoli: quítate la parte de arriba. Te doy cien yuanes extras”. El semen que brota cuando la lentitud domina el tiempo es sumamente glorioso. Manoli vio que le iba a salpicar pero incapaz que detener semejante chorro quedó manchado facialmente. Porque en el espacio sólo la vista y el cerebro mantienen su forma original terrestre. Las extremidades se ralentizan.

 

“Oye Rodrigo, ¿te dije que al cruzar las nubes viniendo para el espacio, me encontré con un grupo de ángeles?”, me preguntó una Manoli tremendamente beata. “Manuela: los ángeles no tienen sexo ni se interesan por las que hacen pajas”.

 

Antes de volver a mi terrenito de trescientos metros por trescientos me detuve en el Lawson de la astronauta Liu Yang, para increparla: “Llegaste la primera y sigues comiéndote los mocos. Mira que te lo dije: móntate una casa de masajes. Taikonauta desertora. O al menos vende cerveza japonesa, en vez de la basura esa de Tsingtao”. La verdad, no será por educación, sino porque se ha quedado tocada de tantos años espaciales, pero ni me mira ni me contesta. O eso, o es que el PCCh no le permite abrir la boca.

Volver por el camino asfaltado

Salí a la calle sin calzoncillos. Como previendo lo que quería que se me viniera encima. Soñando con una meretriz cincuentona que me abriera la puerta de su zulo. Elucubrando cómo serían sus repisas. Y sus armarios. Y el agujero en el suelo donde, en cuclillas, sueltan lastre. Junto a un lavabo torcido. Que gotea agua contaminada. Sin ventana. Con más desagüe que lo que chupan los orificios de unas esquinas a punto de abrirse en canal.

 

Primero cené algo. Realmente lo hice para que la ingesta alcohólica no cayera en saco roto, preludio de estómago ídem. Fue en un Charmant donde por primera vez en más de cuatrocientas visitas –si no me quedo corto- la comida no estaba correcta. Suele pasar: un taiwanés –o cualquier occidental- intenta marcar una línea adecuada en este inmenso despropósito, y al cabo de los años acaba siendo engullido por la ilegalidad. Algunos luchan contra ello. Otros ponen todo de su parte.

 

Tras alargar la noche –una docena de Kirin ayudaron a que el reloj corriera libre- busqué con ahínco la orilla del vicio. La ribera de la auténtica verdad, aquella a la que la muchedumbre (humanidad) no es capaz de enfrentarse. Porque en este mundo no hay nada mejor ni peor que el mismo ser humano, que desde torticero a grandioso, puede llegar a colmar cada adjetivo, por muy lejano que esté el uno del otro, porque somos errores, somos humanos.

 

Antes de pillar el taxi a Tongren lu, esquina Nanjing lu, recargué la bodega (hígado) en el Lawson de mi casa, que a escasos metros del Charmant justifica tantas visitas. En la cercana tienda veinticuatro horas, donde mis Asahi de medio litro contrarrestan tanto consumo de su contrincante Kirin, deambulé por sus pasillos a sabiendas del profundo interés que la cajera cuarentona remarca en mí. Cada vez que pasa el escáner por las latas de cebada suelo proyectar mi iris hacia su inconmensurable trasero, que a sabiendas que nunca habrá sido sido poseído como es debido, no deja de atraerme. Porque esta noche que venía marcada en rojo en mi almanaque, sito en un pasillo de mi casa, junto a un desconchón abrumador, iba dedicada a esas señoras chinas de otras generaciones que nunca saborearon el placer de sentirse fuera de órbita. De acostarse con un extranjero. Y el camino más fácil para encontrar a ese tipo de milagros es el camino asfaltado. El pago.

 

Con mi lata de cerveza cerca de acabarse llegué hasta la puerta del Manhattan, donde una caterva de putas desvencijadas –allí debía merodear mi presa- se me izaron a la espalda con la idea de sacarme la camiseta. Tras refugiarme en mi antebrazo, escudo protector, conseguí entrar al mismo Manhattan, puti-club donde los haya, para simulando ir al baño donde instante me revolví para salir por la misma puerta. El mismo grupo de meretrices se entretenía en ese mismo momento con un occidental algo perdido.

 

Finalmente, y cuando dejaba atrás una tienda de la zona donde adquirí otra cerveza (japonesa, gracias), me di de bruces con Mandy, una cincuentona que cumplía todos los requisitos por los que salí aquella noche a pastar sin calzoncillos: precio asequible (200 yuanes, unos 24 euros), edad adecuada, vestimenta prodigiosa (la misma desde hace una semana: me temo), y hogar-zulo cercano: en plena Concesión Francesa, entre Wuyuan lu y Wulumuqi lu.

 

“¿Nos duchamos?”, me preguntó una Mandy que no aceptaba la ingesta de falos que habían rociado previamente cantidades exageradas de líquido amarillento. “Cuando quieras, –le repliqué- pero debes aceptar que un consumidor de cerveza que sale de casa a eso de las ocho y te encuentra a las tres, ha debido orinar una docena de veces”. Sin mediar palabra, untó de gel mi glande –al final de las putas habrá que medir sus ansias higiénicas por las zonas a engullir: el ano lo olvidó- para al instante cubrir la zona con una toalla que nunca pudo llegar a secar por la extremada cantidad de usos para la que había sido dispuesta. Mientras ella se fue hacia el camastro yo me quedé paladeando aquella toalla que alguna vez tuvo que ser áspera  y que ahora era un trapo agujereado, desnutrido y maloliente. Debe saberse que ese trozo de tela era su paño de cocina, su secador de cuerpo y muy probablemente su alfombrilla, cuando el invierno arrecia y los pies se congelan. Si pudiera hablar semejante trapo. Cuántos miembros de todo tipo de gentes habrán pasado por tan milagroso harapo. Cuánto hay que aprender de este tipo de señoras, que sin ningún tipo de modismos, modernidades ni seguridad, salen a las calles ennegrecidas de unas noches que siempre acaban en día. Y de rodillas.

 

-Sabes, no quiero sexo.

-¿Por?

-Quiero dormir abrazado. Ya mañana vemos qué podemos hacer.

-Perfecto. Pero yo ronco.

 

Mandy y yo nos tapamos con una colcha infectada de ácaros. La luz se apagó. Pero antes, descubrí que a los pies de nuestro colchón una sartén mantenía un digno salteado de tofu, pimientos y cebolla. Podía llevar cocinado unos cuantos días. Quién sabe. En todo el zulo no había frigorífico alguno. Un saco de arroz abierto, junto al baño, me llamó la atención. Dos tomates junto al tocador fueron el remate definitivo. Luego le busqué los pechos entre la oscuridad: sabían a rancio. A ropa vieja. Creo que me empezó a picar el cuerpo. Pero desperté a la mañana siguiente. Feliz.

 

Mandy, tras saciarme de sexo mañanero, me convidó a su desayuno: tofu con pimientos y verduras. La habitación olía a perros muertos. Aunque la imagen proyectaba pureza extrema: una cincuentona desnuda, salteando en cuclillas un plato recalentado ni se sabe las veces. Deseché la invitación. Aunque me despedí con un beso de tornillo. Luego se puso a comer. Afortunadamente. 

Reverberando a la par

Todo comenzó en la terraza del Bocatas, una de las más bonitas de Pekín donde las consumiciones siguen sin terminar de dar la talla: bocadillos suficientes y bebidas escasas en calidad con alto precio. Pero bueno, me dije, ¿cómo no satisfacer a la dama que con traje tan arlequinado como escaso me esperaba ya en su mesa preferida?

 

Stella, que así se hace llamar otra que se amputa su nombre original mientras pide presupuesto para redondearse sus ojos, dio muestras de pereza intelectual, cuando anudada a su inmenso iPhone –manos pequeñas, cavidades estrechas- pidió vino blanco con hielo. “Haces mal”, le dije; “Es por el cambio climático, ¿verdad?”, me contestó. Miré hacia donde dictó mi subconsciente, descubriendo que en la mesa de al lado un obeso californiano y una enjuta pequinesa comenzaban a torcerse las manos, previo paso a otro tipo de intimidades. En el interior del local eran un francés y otra nativa. Intercambios culturales que realmente lo son de pasaportes.

 

Mientras Stella mordisqueaba el hielo, realizando un sonido molesto, comencé mi batería de preguntas que, a veces, me elevan a más altares de placer que cualquier penetración sin plastificar.

 

-¿Qué opinas de la tormenta que se ha desatado contra los extranjeros en Pekín?

-Mira… no me preguntes sobre eso… no tengo palabras.

-¿Estás asustada?

-¿Por?

-Yo también soy lao wai.

-Ya… pero a ti te conozco desde hace un par de semanas… confío en ti.

-Es todo un invento.

-¡¿Pero qué dices?!

-¿Tú te crees lo que emite ese video, con sus cortes de edición y montaje, donde un supuesto ciudadano británico, con pintas de cualquier sitio menos de Inglaterra, mira a cámara y habla de una manera poco creíble?

-No pongas en duda algo tan grave. ¡La violó!

-No me lo creo. Respeta mi duda.

-Te aconsejo que no vayas por ahí diciendo que ese video es falso. La gente está muy enfadada.

-Claro. Con campañas como la que realizan los del Partido Comunista… Mira, desde la Alemania nazi no se conoce caso igual. Con dos importantes salvedades: la primera, que vosotros sois 1.400 millones de personas, el 25% de la humanidad; y la segunda, que…

-¡Basta por favor! ¡Basta! China es mi país y yo lo amo. Y si me dejas opinar, estoy cansada de tanto extranjero.

-¿Me lo dices en serio?

-Sí.

-¿Seguro?

-¡Que sí!

-¿Con cuántos lao wai te has acostado en el último año? Sé sincera.

 

Stella rugió como cualquier chino que se siente señalado por algo que sabe, ha realizado. En China uno no puede abrir la boca. Y menos para quejarse. Y si eres extranjero y osas juzgar a esta manada de soldados con más guerra que sus vidas, comprobarás como las princesas débiles con manos de muñeca en día de reyes, se transforman en endemoniados ultras de clubes de fútbol con parangón. Casi se le salta se la vena del cuello. Stella, ¡oh mi cante por fandangos!

 

Pagué yo –era de suponer- y comenzamos la clásica negociación que siempre, absolutamente siempre, acaba en cama. Bueno, en este caso fue en jardín, en homenaje a la preclara mentira con la que el gobierno de Pekín ha vuelto a manipular a su población y a joder al extranjero, esparciendo unas imágenes que sólo han aclarado una cosa: que China es lo más parecido a aquel aún cercano mundo nazi. Que ahora la policía local lleva días intentando largar del país al mayor número de expatriados (“sucios blancos”) posibles. Una pena. Que los que se te tengan que ir, eso sí, ganarán en vida y tranquilidad.

 

-Te he dicho que sí te entra.

-Ten cuidado, Rodrigo. Me duele.

-Déjame que yo haga el hueco. Que no te dolerá. Es más la impresión. Además, yo no calzo de más. Justo lo equivalente a mi cuerpo.

 

Finalmente entró. Y mientras agitábamos nuestro cuerpos pudimos ver parte de la Embajada de España, ya que nuestro acto se produjo entre alguno de los arbustos colindantes a tan inútil casona. No fue premeditado, la verdad. Pero sí muy gustoso. Y en medio del acto, accedí a manipular, como hacen los chinos con poder, a mi recién abierta Stella, que ya sí, no cejaba en su empeño de no dejarme salir de sus interiores.

 

-Dime que te estoy violando. ¡Dímelo!

-¡Sí Rodrigo! ¡Sí! ¡Me estás violando!

-Dime que soy británico. ¡Dímelo!

 

Y así estuvimos hasta que descargué. Bonita imagen, por cierto. Con el rocío contaminado de una noche fresca solapado por lo que sale al agitarse. Porque aún lo esencialmente puro sigue sin poder ser ocultado por un PCCh que chapotea en lo inservible. Va por ti, British.