Blogia

MOCHALES

Cincuenta años de vida

Julia olía a polvos de talco. No me preguntéis por qué, pero desprendía un fuerte tufo a almacén de bebé. Se me acercó mientras yo bebía cerveza en la barra de un bar cualquiera, atraída por no sé cuál fuerza de la gravedad masculina. “¿Estás sólo?”, me dijo, mientras se sentaba junto a mí antes de recibir respuesta.

 

Las francesas cincuentonas son muy sabias. Tanto, que son capaces de pedir una excedencia en el ayuntamiento de Toulouse y recorrerse medio mundo buscando un milagro que le durará el año sabático que le permite la excedencia. Que en España sólo viajan los clérigos chiís del paro, que amparados además en los ahorros de sus familiares, se hacen fuertes donde el débil no puede salir a flote.

 

-Bésame –me dijo, mientras mirábamos el cielo contaminado de la noche shanghainesa.

-Las estrellas no existen. Dejémoslo.

-No, aquí. En este callejón.

 

Y Julia me llevó a un atolón de la vida. A un emblema del mal. A uno de esos espacios insalubres almidonados en mierda donde la vida diaria está repleta de puestos y gentío, y la nocturna es sólo una parte sucia visual y maloliente nasal del día que se vino abajo.

 

-Quiero besarte.

-Hazlo.

 

Y la muy adulta me bajó el pantalón, sin agarrar el calzoncillo, para agarrar mi mustio miembro que no se esperaba semejante embestida. No fueron más que cinco minutos. Los suficientes para que ella consiguiera lo que buscaba y yo gimiera en aquel callejón convertido en trastero del mundo. Una rata me miró. Lo juro. Llegué a apreciar su hedor, abominable.

 

-¿Tienes papel? –me dijo una Julia con las manos cuasi amputadas.

-No. Pero puedes limpiarte en el capó de ese coche.

-¿Estás loco? Yo nunca desperdicio la savia del amor. No la voy pegando en cada esquina, en cada coche cubierto de polvo.

-Allá tú. O eso o manténtelo hasta que cristalice. No te hará daño, eso seguro.

 

Finalmente entramos en un McDonald’s. No suelo acudir a esos locales cancerígenos, pero debe saberse que en China tienden a estar abiertos del orden de veinticuatro horas, con unos baños mediocres, aunque pervertidos por los estándares de limpieza del primer mundo. O sea: había papel.

 

-Yo aquí no como –me dijo una Julia recién limpia aunque indignada por mi propuesta culinaria.

-Yo nunca ceno hamburguesas. Pero si querías limpiarte el semen debíamos venir aquí. Porque en China sólo encuentras papel a esta hora de la madrugada en un sitio como este. Por cierto, ¿por qué hueles a polvos de talco?

-¿Cómo lo sabes? –entre sorprendida y avergonzada.

-Tengo el olfato de un catador de vino.

-¿Pero si bebías gin-tónic?

-No quedaba.

 

Finalmente nos fuimos a su hotel. Que a mí me encanta ver dónde residen mis presas. Y más si levantan cincuenta años desde su nacimiento. Me enseñó las fotos de sus hijos: ella. De 24, estudiante en Boston, una rubia de mirada lasciva. “Estará follando”, pensé; y él, un perdedor de 27, según me dijo ella, “dejó de estudiar y sigue viviendo en mi casa. Ni tiene novia ni realmente sé su sexo”.

 

Es difícil encontrar a mujeres con medio siglo de edad que han dejado su vida y sus putos sueldos fijos con pagas extras y vacaciones en la Europa del placer, para recorrer una Asia que, según los economistas, crece pero sigue siendo un terreno controlable. Que la economía sigue dictando la ley de vida. Cuántos laosianos habrán muerto sin haber conocido el mal. O lo desconocido. O mejor dicho: ¿existirá algún asiático, sin contar japoneses o surcoreanos, que hayan dejado todo para recorrer mundo? no por falta de ganas, sino por falta de estado de bienestar.

 

-Por cierto, puedes decirme el porqué del olor a polvos de talco.

-¿De verdad lo quieres saber?

-Sí. Es para poder dormir.

-Me escocía ahí abajo. El calor es tremendo.

 

En ese momento entendí su afán por estirar nuestro sexo oral en aquel callejón siniestro. En ese instante comprobé que mi olfato no erraba. Suerte que pregunté, que así pudimos dormir abrazados sin temor a ser obligado a introducir mi miembro en un agujero, presupongo, viscoso. Aunque achuchó lo suyo para repetir con la boca. Aunque debo reconocer que dormí a pierna suelta, sin más temores que mis olores a polvos de talco que más de una vez en la eternidad de la noche llenaron mis pulcras manazas de restos blanquecinos. Me asusté la primera vez, “¿serían polvos de ántrax?”, me dije. Pero al momento asocié imagen y olor, realidad y memoria, y superé esos dramas que nos encogen el corazón pero que duran dos segundos. Cuántos habrán muerto de paros cardiacos por golpes como este. Corazón, aspersor del cerebro, tan alejado del resto del cuerpo.

Sabores novedosos

Discerní cuatro días entre si despojarme de mi antifaz o mantenerme a la espera. Fue crudo, lo prometo, por esa dificultad que atesoramos todos aquellos a los que nos arde la entrepierna. Que aunque en Camboya la tierra huela a pureza, uno nunca puede dejar de llevarse a la boca vasos y copas con contenidos etílicos que destruyen, en parte, el paraíso que acontece ante nuestros ojos.

 

Amagué a mi llegada a Phnom Penh, hace ya casi una semana, capital parasito de un país aún por descubrir, cuando volcado bocabajo, y a sabiendas de que la crecida del río me humedecía las ingles, desistí a gemir, a provocar con un gesto o un movimiento corporal una riada de acontecimientos que se hubieran manifestado clásicos: toqueteos profundos, oferta y negociación, aceptación de la misma, agitación del miembro y violencia desmedida por descubrir sus pechos. Las necesidades primarias, afortunadamente, son iguales desde Soria al Amazonas, en una globalización que ya huele a arcaica. Y aquella concentración por lo supuestamente serio, sólo retardó lo que se me venía encima: achinar un paraíso, untar en aceite a un país que sigue friendo los alimentos en un vacío tremendo, seccionar la arteria de la dignidad a la que sigue atada Camboya, que afortunadamente sigue evitando dosis extras de perdición, de suciedades que por otras lares nos huelen a rosas rojas el día de sus ensamblajes en ramos de novia.

 

Pero aquella vieja, desvencijada y parapetada tras un cartel donde además de comida y masaje se ofertaba el alquiler de ese mismo espacio como futuro negocio, me hizo meditar. ¿Sería la vieja digna? ¿Podría atender a sus clientes que ruegan refrescos de cola mientras esparciría el peor de los aceites por mis lomos o mi misma cola? ¿Cómo sería el habitáculo, el terreno de juego? Y lo mejor: ¿cómo se negocia en dólares? Quiero decir, si el masaje eran seis dólares la hora, ¿debería intuir la tasa si llegáramos a palabras mayores?

 

Pero en el lenguaje del sexo, como siempre, todo fue fácil. Media hora bocabajo, donde casi me levanto en cuclillas anales para satisfacer su ímpetu así como mis necesidades, para pasar a un bocarriba donde al minuto y medio, como el secuestrado que es amenazado por una banda de narcotraficantes, supe que iba a ser ordeñado.

 

Y claro, para un ciudadano que siempre he explicado con pelos y señales cómo es esto del masaje, se me parecía complejo anunciar cómo iba a ser mi periplo camboyano, mi primer encuentro por las nietas –en este caso las hijas- de Pol Pot, que vestidas de manera digna, sucumbieron al vicio antes de que yo anunciara batalla. Porque cuando se despechó y se posó sobre mi cuerpo en aceite yo no supe qué decir salvo “Dios salve a la Reina”. “¿Eres británico?”, me dijo en un tono cordial; “No, soy de Gibraltar, un reducto que huele a aceite de oliva, a aceituna picual”, le dije, mientras me metía su mano mecedora en mi entrepierna presuntuosa.

 

Y sí. De aquellos barros estos lodos. O de aquellos roces estos salpicones. Porque al fin, y no porque yo lo hubiera requerido, el chorro que disparó mi glande volvió a su manantial original por medio de mi boca, que no daba crédito a semejante desbarajuste ante mis papilas gustativas. “¿Por qué no apuntas mejor?”, le dije a mi viejuna que ya amenazaba con cobrarme de más mientras analizaba visualmente mi glande; “¿Por qué no te corres menos, guapo?”, me contestó mientras utilizaba esa argucia como halago: “¡Joder! Cuánto te corres”. Que la vida del enfermo se finiquita cuando le halagan. O cuando le medican.

 

Y por cierto, el sabor no es tan molesto. Mucho peor el de la orina o la hez. Sin que esta última la haya probado. Cosas de los intereses personales, que son capaces de aceptar un chorrazo  de semen propio antes de querer dudar de los gustos de mis papilas gustativas.

Un paseo por las estrellas

Hay una esquina en Wanchai que no se la salta un gitano. El triángulo que forman las calles Luard, Jaffe y Lockhart, desde donde se acumula un intenso tráfico de meretrices, travelazos y clientes, estos últimos con un estilo mucho más decadente, agarrados a unas latas de cerveza del 7Eleven, recalentadas por sus sucias manos, las mismas que agasajan a unas perdedoras que deambulan con la esperanza de poder rascar bola.

 

Ayer recorrí esa zona de conflicto no menos de doce veces. Como si hubiera estado bajo los efectos de una secta maligna. Pero simplemente hacia tiempo para llegar al aeropuerto. Y no hay mejor manera para esperar un vuelo a primera hora de la mañana –y más si estás en Hong Kong- que dejándote caer por Wanchai, un barrio infectado de realidad, un templo de la venérea, un retrato real de los devaneos generales hasta donde se asoma el ser humano, ejemplo absoluto de su proveniencia del animal más pendenciero.

 

Llegué a defecar en un extraño baño público dentro de un parque con cancha de baloncesto. Olía a lejía –en China no existe ese utensilio contra la barbarie- y me concentré en atinar en el ancho agujero. Casi fallo. Aunque lo peor fue corroborar que no quedaba papel. Las latas de medio litro de Asahi suelen provocar este tipo de errores. Mi libreta de papel reciclado donde suelo tomar apuntes hizo las veces de Scottex. Luego lancé tiros ficticios desde una línea de tres agrandada. Entraban limpias, lo juro.

 

Pero en mi enésimo paseo por el mismo cielo me di de bruces conmigo mismo hace diecisiete años, cuando recién llegado a Madrid solía apretujarme en zulos insalubres con sidosas preñadas, con negras que desprendían un intenso olor a tigre y con travelos de barba de cuatro días. Eran tiempos de crecimiento. Y bien que llegué alto: mido 1’91.

 

Pero ayer, un veinteañero si llegaba a la edad, usando su bolsa del ordenador como parapeto, se acercaba como el que no quería la cosa con la fauna más diversa, con la realidad que casi nadie quiere admitir. Me sentí reflejado. Llegó a morrear en un portal con una sidosa con escasez de piezas dentales para luego hacer la conga callejera con una negra que nació negro. No sé si llegaría a culminar su gesta. Pero me quité el sombrero para brindar con otra lata de medio litro de cebada por un muchacho que no quería perderse ninguna de las prórrogas de la vida.

 

Yo me mantuve lejano. Como los alcohólicos que se excitan más con la siguiente compra que con arrimar cebolleta. Atrás quedaron las épocas en donde las erecciones eran mayores a las borracheras. Pero todo eso pasó.

 

Sólo contuve la respiración una vez. Y fue porque acepté el envite de una enferma terminal -sin músculos, sólo con huesos- que desprendía un olor a muerte que alimentaba. Le pasé la mano por el lomo, como a los perros apaleados, y la dejé marchar. Sus ojos inyectados en sangre y sus pómulos contraídos anunciaban que algo iba a ocurrirle. Y pronto.

 

Luego me compré el South China Morning Post, dos latas más de Asahi, y me incrusté en un Metro que aún no estaba muy prieto. Y ya en el tren que te lleva al aeropuerto de Hong Kong, rodeado de recién levantados que apestan a perfume y cremas hidratantes, pude observar que ellos me miraban a mí como yo observaba a mis estrellas de Wanchai una hora antes, aquellas que pasean desvencijadas, plenas de rumores factibles, buscando surtidores de dinero con los que poder seguir aguantando.

Dorsales

Como los ludópatas que se revientan la vida buscando el número de la suerte imposible, yo llevo deteniéndome en numerosos dorsales desde que aterricé en esta deprimente Pekín. Encerrado en casa, buceando por internet, leyendo novelas, enclaustrado para no saber qué acontece en ese decorado infernal que se observa desde mi terraza, donde un cielo invisible por causas humanas, ha sido silenciado gracias a una gigantesca masa de contaminación. El mundo, destruido, y nosotros bebiendo a carrillos llenos de ese despropósito que huele a cáncer. Y los médicos a pagarlos de nuestros bolsillos.

 

Pero mientras las partículas negativas se depositan en el interior de mi cuerpo, mi cabeza me exige morir con las botas puestas, solicitando que cada seis horas una dama sorpresa cruce el umbral de mi puerta.

 

El espacio de tiempo que va entre que calculas que ya debe estar a punto de tocar el timbre a cuando oficialmente llega, es el más tenso-bello de la historia de la humanidad. Salto a cada sonido del ascensor, chequeo la mirilla de la puerta, y paseo de lado a lado del apartamento imaginando como será la nueva dama que rociará aceite del malo sobre mi piel abrasada de tantas y tantas sesiones de placer.

 

La última que visitó mi habitáculo –se fue hace cosa de tres horas- no portó buena imagen cuando ya, desesperado, no separaba mi ojo derecho de la mirilla de la puerta. Algo mayor, de pechos prominentes y anchas caderas, con un andar vagabundo, y una sonrisa ajedrezada, se quitó los zapatos para luego ir a lavarse las manos. Yo me tumbé en mi camastro cuando ella me retiró mis calzoncillos. El juego iba ser alegre según su tarjeta de presentación.

 

Elegí que me masajeara fuertemente, porque aparte de querer vivir en la inopia celestial del que se encuentra bocabajo y es toqueteado, deseaba cumplir ese acuerdo tácito que siempre debe respetar la masajista: masajear. Que si sólo se centra en las zonas más sensibles al roce de los dedos, podríamos decir que simple y llanamente había telefoneado a una casa de putas, y no a un centro profesional del masaje, como se anunciaba en internet.

 

Con la espalda ciertamente recolocada, fui manoseado con gusto en la zona anal hasta el punto de meditar entre ponerme bocarriba o violarla. Pero antes de que tomara la decisión, la masajista me indicó que ya era hora de darme la vuelta. Y en esas, le descubrí unos pechos de abuela que aunque gigantes, eran colmados por dos incipientes bosques que nacían en su sobaquera. Como no me gusta quedarme a medias, le tiré de sus mallas hasta que se les engancharon en sus tobillos, apreciando que las cicatrices sobre pubis cargados de días de sucios trabajos, no son santo de mi devoción.

 

La dejé tomar el mando de las operaciones, asumiendo que su posición favorita era inclinarse sobre la única parte tensa de nuestros cuerpos. Lo lamía y lo admiraba; se lo colocaba entre sus mamellas y apretaba. Fue todo un inmenso placer que desembocó en una digna riada. Pero lo que más me sorprende de estas masajistas venidas a más es su fantástica propensión a  no negociar precio alguno por este tipo de extras. ¿Sería por amor? Más bien por necesidades de palpar a un hombre; aunque indudablemente les solté un pequeño billetazo de cien yuanes, que debió calmar su desangrada cuenta corriente.

 

La vida en China no es cómoda. Podríamos decir que es intensamente hostil. Por eso advierto a poder divisar la vida que uno elige desde una mirilla cualquiera. Que atrincherados en apartamentos simplistas uno puede, gracias a internet, rodearse de dorsales imaginarios, por ese afán que proyecta China de numerar a cada ser humano. Era la número cinco, por cierto.

Estafa en la 228

-Sí, mi habitación es la 228. Si te ponen alguna pega en recepción, que me llamen.

 

Tardó una hora. O algo más. El tráfico pekinés es casi tan insoportable como la tensa espera que se produce cuando decides solicitar servicios sexuales y ves como la locura va desapareciendo de tu mente a la vez que el placer va haciéndose de rogar. Casi ni abro la puerta. Pero la curiosidad mató al gato. Y allí estaba. Bella y lozana. Con una pelucaza que hacía estragos. Pintorreada hasta el límite del cáncer de piel. Y con una supuesta pechera que luego se transformo en depresión. No me gustan los hombres travestidos. Si acaso, me gustan tanto las mujeres, que hasta me encantan con polla.

 

-Me pagas o me pongo a gritar.

-Grita lo que quieras. Ni soy famoso para que las televisiones estén fuera, esperándome, ni me molesta que mis ignorados vecinos de hotel sepan que me follo a travelos.

 

Al final le di 200 yuanes. Y cien eran para el taxi. Nos agarramos de los brazos, como soldados rasos peleándose por la misma novia, y decidió marcharse. Se le había corrido el rímel. La peluca había dejado paso a una cabeza semi afeitada. Y lo peor de todo: cuando la había besado quince veces, con lengua hasta la nuez, descubrí que las manos que separaban las ataduras del sujetador estaban tocando un pecho varonil. Que sólo se diferenciaba del mío en que era barbilampiño.

 

Y no hay nada peor que desear a una mujer con falo y encontrarte a un tío hecho y derecho. A un simulador de la realidad. A un perturbador de mis sueño. A un estafador de tomo y lomo. El cual, por cierto, no andaba mal de musculatura. Que si decides hacerte travelo, debes seguir unos parámetros importantes: no ir al gimnasio a ganar bíceps, no gastar barba de cuatro días, dejar de usar Brummel, y afinar la voz lo máximo posible.

 

Al final me masturbé. Y no pensando en él, precisamente. Sino en unas fotografías de chinas vestidas como escolares. Que es que son la hostia: leo en internet ‘masaje renal curativo’, pincho, y me envía a una veinteañera metida en un uniforme de colegio rígido.

 

China no es país para traveleros. Filipinos repetidos –me he tirado a todos al menos una docena de veces- y chinos falsificadores. Por cierto, le olía la boca a ajo. Seguro que venía de comer. Sin asearse. Que estaría trabajando en un banco -pelo recortado, musculatura digna y traje hasta el cuello- cuando tecleé su número: “Sí cariño, mándame tu dirección. Serán mil”; “Quinientos”, contesté yo; “De acuerdo”, admitió él, antes ella. Que al paso que voy acabaré siendo de nuevo hetero absoluto. Que los travelos en China dejan mucho que desear.

 

@RodrigoMochales (Twitter)

Dentro de Mongolia

 

Mongolia es un país completamente desconocido para el mundo entero. Los chinos piensan que esa tierra es suya, cuando la que ellos les quitaron les pertenece a los mongoles; los europeos no sabrían ni colocarlos en el mapa; y los americanos se quedaron en la vida y obra de Genghis Kahn, ídolo conquistador que ha marcado a sangre y fuego el carácter permutable de un pueblo ahogado en alcohol. Mi visita hace dos años a semejante brutalidad de la naturaleza se saldó con uno de los mejores viajes que jamás haya realizado. Bebí como un cosaco, o mejor dicho como un mongol, viendo como se partían las caras desde hombres contra hombres, hasta mujeres contra hombres, pasando por hembras entre sí. Luego se abrazaban. O se dejaban de hablar. El alcohol, sin duda, era la mecha de aquel salvajismo entrañable. Y las temperaturas extremas la excusa para darle a la botella.

 

Hace cinco días corroboré que aquel carácter fuerte sigue siendo su característica más contrastable. Tstetsegé bebía. Y según le fuera dando el viento te arreaba una hostia o un beso con lengua. De los abrazos a las patadas. Y de las risas a las lágrimas. Ella buscaba clientes; pero debe saberse que el honor el alcohólico es respetar sus vicios antes que los del resto. Y darle a la botella era mucho más cercano que regatear un acto por dinero.

 

Yo, con la experiencia que atesoro en este tipo de envites, me fui alejando de mi presa para ver cómo iba desencajando a golpes a todos los que se le acercaban. Un italiano, enfarlopado hasta las cejas, fue el primero que recibió el enviste de Tsetsegé: “¿Pero cómo que follar con seis? ¿Estás loco?”. La verdad es que llevaba razón. Que hay que estar o muy mal de la mollera o con la misma hasta los topes de cocaína para realizar semejante oferta.

 

Un alemán de sesenta años se le acercó por la retaguardia. Al principio se lo tomó como a un peluche, acariciándole en sus zonas nobles y mordiéndole en su cuello arrugado; pero al instante, en ese bipolarismo que sólo los mongoles entienden, le arreó un buen manotazo que hizo tambalearse al germano. El error de éste fue correr mucho con la oferta y no entender que al borracho no hay que sacarle de un bar por dinero, sino porque ya no queda nadie.

 

El tercero y último que fue aborrecido por Tsetsegé fue un chino sin sentido. Que ya es raro que el Den cargue con nativos a las seis de la mañana. Pesado como él sólo, le metió mano a la mongola hasta que ésta, cerca de perder el equilibrio, le asestó un certero empujón que hizo que el mandarín se cayera de hocicos. Fue tal el susto, que se levantó del suelo y salió a tal velocidad, que los escasos viandantes que callejeaban llegaron a plantearse que había robado la caja del bar.

 

Y ahí seguía yo. Esperando. Agazapado. Convencido de mi victoria. Aunque la dificultad era máxima ante la tremenda pea que disfrutaba Tsetsegé. Le hacía gestos, desde la distancia, como saludándola; y ella me reprochaba con caras de asco y manotazos al aire. Pero me acerqué. Sólo quedábamos seis personas en todo el Den. Y ya había amanecido.

 

-Quiero que te vengas conmigo.

-Fuera.

-Sí, me voy a ir pero contigo.

-¡Que te vayas! –con intento de agresión que esquivé cual boxeador con cintura.

-Estaré aquí hasta que anochezca. Esperándote. Eres mi sueño.

 

Tras bastantes dimes y diretes la cogí de la mano, apreciando el tremendo calor que desprendían. Y ya luego todo fue coser y cantar. Un beso. Otro con lengua. Un mordisco en mi barbilla –la marca aún perdura-. Un escupitajo en pleno ojo izquierdo, que deslucieron mis gafas. Otro beso hasta la garganta. Y un tirón que di de ella hacia la salida del Den que en España hubiera valido para que me hubieran denunciado por violencia de género. Degeneran.

 

Ya en el taxi fui dominado por la presa, pasando a ser yo el cervatillo decapitado, rol que acepté hasta llegar a su zulo, una habitación de hotel que ya hubiera querido para sí Henry Chinaski: el váter atorado, el suelo repleto de botellas vacías de alcohol, bragas sucias en las cortinas, y la cama echa un tremendo vertedero. Pero me encantó. Yo siempre había soñado con vivir en un lugar como ese. La tele estaba encendida. Y la señal de ‘no molestar’ llevaría encendida desde hace meses, exactamente desde que ni cambia las sábanas ni recuerda de qué color es su moqueta.

 

El acto fue simple. Previsible. Sin forcejeos. Tras una importante felación donde sus dientes hicieron en mi falo las veces de rastrillo, me posé sobre ella como sólo lo saben hacer los borrachos: sin condón y con la mercancía en la puerta. Fueron dos minutos. La emboté, en homenaje a su váter. Luego nos dormimos. Pero yo desperté ante otro intento de Tsetsegé de llevarse más placer. Tras denegarla –mi cabeza quería pero su hijo no- aproveché que se hacía la dormida –por dolida- para saquearla por segunda vez: me fui sin despedirme y sin pagarla. La verdad es que sólo me quedaban doscientos yuanes. Si me acuerdo volveré un día de estos. Era la habitación 508. El número de la suerte, como dicen estos chinos supersticiosos.

 

@RodrigoMochales (Twitter)

Taxi al placer

Ya no sólo el Den te surte de milagros; es que sales a la calle, en una noche drogada -juro que a tomar el aire-, y te encuentras, bajo unas estrellas imaginarias y un frío oculto en la psicodelia, a una dama que cruza por un paso de cebra desigual, que pasa por mi lado y que al ser agarrada por mi otro yo –el que Hofmann me regaló- no evita la envestida y de mi mano, accede a montar conmigo en un taxi cualquiera. Eran las once y media de la noche. Olía a milagro.

 

En un camino lento, con las gotas de sudor cayendo por mi piel sensible, llegamos a mi hotel sito en Tiananmén, donde sin abrir la boca –ni ella hablaba inglés ni yo podía articular palabra- nos plantamos en mi camastro. Yo, mientras me desvestía, creí notar que me palpaba los bolsillos de mi pantalón, donde mi dinero reposaba. Aquel sentimiento, que luego se demostró fue un error de apreciación, hizo que replegara velas para de nuevo a lomos de un taxi, buscar un hotel donde no estuvieran en peligro mis bienes.

 

Ella no se lo tomó mal. De hecho intentó hasta en tres ocasiones buscar otro hotel, utilizando su documento de identidad donde quedaba remarcado su año de nacimiento: 1977. Qué de soledad en China; y qué de pureza; al ver cómo una señorita/señora, de 35 añazos, se deja llevar por las manos de un calvo con melenas bajo los efectos de potentes alucinógenos, mientras muy probablemente su marido y su hijo de doce años les esperaban en casa, atiborrados de tele, de miseria en boles de arroz hervido, de conversaciones repetidas hasta la saciedad, de metros cuadrados insuficientes, de baños compartidos.

 

Tres negativas –“el lao wai no trae su pasaporte”, decían los conserjes- desembocaron en la última opción: una casa de masajes, donde esquivando a las masajistas podríamos reutilizar el habitáculo como picadero. Pero de nuevo las curiosas leyes chinas evitaron que me pudiera posar sobre ella. Aunque la última bala renació en el taxi de vuelta, cuando la depresión circundaba nuestras cabezas.

 

Porque tomamos otro taxi. Exactamente al mismo lugar donde había cogido aquel primer taxi y a ella de la mano. Frente a un paso de cebra que seguía desprendiendo chispas a mis ojos; junto a un Den que yacía en su mismo sitio. Pero antes: el placer.

 

Me desabroché la cremallera y empujé su cabeza hacia la corriente. Fue un impulso que hasta me sorprendió. Que no fui yo, que Fue Don Albert y aquella sustancia que simpatiza con mi alma. Ella, sin alteraciones extras de ningún tipo, nunca se negó al premio. El que sí se opuso, tras casi un minuto de eternas sensaciones, fue un taxista que bramaba en mandarín. Una humillación supongo; que no debe haber mayor deshonra que ver a una compatriota tuya, serena, realizando una felación en un taxi, sin miramientos, a un extranjero con los ojos inyectados en sangre que desprende, además, un olor a alcoholazo que tira para atrás.

 

Y allí que nos bajamos, despidiéndonos con un sentido abrazo. Ella volvió por el camino que fue raptada. Y yo regresé sobre mis pasos a un Den donde mi mesa con mi cerveza ya caliente seguían en su mismo sitio. Hora y media de viaje exterior difícil de justificar. Mi compañero de viaje me dio por perdido. “¿De dónde vienes? Me tenías preocupado”; “Del cajero”, le contesté.

 

Luego pensé en esa generación de treintañeras que no dudan un instante en probar otros caminos. Que casadas con vecinos y con vacíos generales, no se quieren ir a la primera tumba del humano –la vejez- sin catar a un extranjero, de esos que llegaron no hace más de diez años.

 

@RodrigoMochales (Twitter)  

Cariño, hueles a muerte

El alcohólico suele pasear por el borde del descanso. Y curiosamente casi nunca cae en él. Y si no que me lo digan a mí, que saliendo de un Den que apestaba a mongola –y a guiri aceitoso: y eso es lo peor- deambulé sin sentido pero consentidamente por ese envite que uno siempre acepta: el de meterla en caliente, el de saborear agujeros negros. A veces, muy negros.

 

Deborah se me apareció como cualquier otra. La salvedad fue que a los tres segundos recordé secuencias. Trazos. Me abrazó. Hacía ya cinco años de nuestros primeros vaivenes, cuando Olivier, un francés con más rabo que estatura, me pasó su teléfono: “Me la follé por 100 yuanes; hace de todo”, me dijo. Yo, sin dudarlo, salí de la duda. Y aprovechándome de su apertura de horarios, la iba llamando de cuando en cuando a primera hora de la mañana, cuando la lengua se atasca y la garganta apesta a alcantarilla. A veces mi miembro ni se levantaba. Qué digo: ni superaba los siete centímetros. O los seis. Las sustancias ilegales y los alcoholes imparables hacían su agosto. Y yo dándoles todo el apoyo del mundo.

 

Pero ayer, mientras alargaba mi cansancio, me topé con ella. Deslavazada. Con unas ropas miserables. Y con menos kilos que hace un lustro. Olía a armario cerrado. Y su mirada se quedaba corta. Ojos cercanos a las cataratas con unos ojos mucho menos visibles que antes. El taxi, ilegal, nos llevó a mi hotel, en donde, a la luz de la habitación y con la realidad de su desnudez, capté la imagen de la muerte. Era agradable, porque su sonrisa era perenne y porque sus recuerdos sobre mí me los transmitía con la misma memoria que yo la recordaba. “Te has dejado el pelo largo”, me dijo, mientras me buscaba la boca para comérmela.

 

La invité a ducharse. Y a lavarse los dientes. Luego la sequé, meditando entre toallazo y toallazo si valdría la pena meterla en caliente, o sea, sin goma. Porque de aquel amasijo de huesos sobresalían datos mortíferos: el primero, su pecho izquierdo era la mitad del contiguo; el segundo, de su vientre sobresalía una impresionante cicatriz que había quedado aprisionada dentro de una inmensa mancha de piel negra; y el último, que en aquella boca que me gustaba, la saliva se veía viscosa y los dientes se apreciaban difusos.

 

“He estado enferma –me dijo, mientras se sostenía ese estómago mortecino-; pero no ha sido un aborto. Es que había tragado mucho semen. Fui una irresponsable”. A los cuarenta minutos había vuelto a tragarse mi depósito. Y no lo forcé, lo prometo. “Tú eres diferente. Tú eres mi único cliente al que conozco desde hace cinco años”.

 

Suelo beber de la fuente con más frecuencia que un sediento. Pero puedo prometer que esta vez me mantuve lejano. Aquello, en general, era sospechoso, aunque interesante. Toqué el pezón del pecho pequeño por curiosidad, y deseché más toqueteos. Le ardía la piel. No paraba de rascarse, con zonas de su cuerpo recubiertas de blanquecinas manchas o de oscuridades sospechosas. ¿Sida?, me dije; psoriasis, seguro.

 

La vida es un revolcón. Y los revolcones se cuentan. Que no los días de trabajo. Que no las desilusiones. Salvo al psicólogo. O a la familia. Y Deborah, muy cercana a la muerte, seguía desprendiendo un certero olor a pureza. A acantilado donde desnucarte a costa de besar la costa. A ocho mil escalable con oxigeno contaminado.

 

Desové en su boca. Aún hoy brilla en mi drama cerebral su dentadura pastosa; su enfermedad segura. Pero qué bien me siento por patrocinar a un desecho social. A una desprendida de los hospitales y las farmacias. A una fulana como mandan los cánones: volcada tanto en la recaudación como en su regocijo. Que el placer sí ocupa lugar. Tanto o más que los libros.  

 

Quisiera estar enfermo y cobrar por ceder mi sexo. Quisiera pernoctar con mis clientes lejanos. Quisiera no haber pillado nada en la noche de ayer, que mutó en preocupación cuando obligué a la empleada del hotel a cambiarme las toallas de mi habitación. Porque los que tantean la muerte huelen casi peor que los que son amortajados. Y porque los miedosos, recuperamos el olfato del peligro nada más girar el almanaque hacia un día más. No la veré en cinco años. Eso seguro.