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MOCHALES

La 120

 

Volver al redil. Así debería titularse esta historia que nos recuerda que la memoria es casi tan franca como el pene, ese objeto de deseo que mostramos, ofrecemos, divulgamos y enseñamos con un solo y primario ánimo: verlo vacío tras ser agitado. O verlo erecto cada mañana, la risa del pobre. Y porque vamos a orinar, acumulando líquidos de días pasados.

 

Hoy he vuelto. Lo decidí en el taxi, mientras estaba a punto de sufrir un infarto de miocardio: alguien se ha parado a pensar dónde viven 20 millones de personas, bajo qué cielo más invisible, oculto bajo el mayor atentado de la historia contaminadora de nuestra humanidad, donde residen criaturas, que aunque a veces sean malignas, no se merecen que las gaseen con un inmenso tubo de escape contra el cielo de sus bocas, contraseña hacia sus pulmones, preludio de una buena ensalada de quimioterapia, pagada por adelantado. Y en efectivo.

 

Y en el taxi, certificando cómo le olía la entrepierna al taxista –hay qué ver como engordan los que vienen pisando fuerte, que siguen sin asearse como marcan los cánones aunque sí engullen como mórbidos de Arkansas- grité “para”, mientras recordaba que aquella casa de masajes que iluminaba nuestro capó, había dado mucho de sí. Especialmente ‘Número 8’, un ama de casa con vicios incontrolables, que tras separarse del padre de su hijo, se acercó al pasaje que permite rendir pleitesía a los más bajos instintos: gozar y cobrar.

 

Pero ‘Número 8’ ya no estaba. Algunas leyendas cuentan que se ha echado novio –yo juro que pensaba que estaba bajo tratamiento contra el SIDA: la taladré hace un par de años sin plásticos ni miramientos entendiendo que no sería el único- pero la verdad es que, sin querer saber con certificado judicial dónde está, sentí una emoción especial cuando volví a aquel establo del sexo, a esa casa de masajes amparada en una legalidad ilegible.

 

No sólo la decoración había cambiado: desde las chicas a los precios, pasando por una reforma que dejó al cuchitril irreconocible, aquello había mutado en el clásico espacio masajeante que requiere una apariencia occidental; que el extranjero no desea sentirse fuera de casa ni a 12.000 kilómetros de distancia, tristemente. Sobre todo cuando languidece embadurnado en aceite en posición rectal y sin un diplomático a tres kilómetros a la redonda. Y después algunos hablan del video de Pedro J; aquella cámara oculta obstinada en joder al hombre de éxito. Que a mí me conocen, me siguen, y me sacan duchándome con un travelo limeño. O de Sao Paulo. Que a no todo el mundo le pueden coger haciendo lo que desea. Que a mí me fascinaría verme en aprietos. Aunque preferiría ser yo el realizador y distribuidor del filme.

 

La 120 se presentó cauta. Mientras, colocaba el papelajo inservible sobre el camastro. Y luego, sin pudor, me elevó como el pájaro que levita entre el cielo y el suelo, entre el árbol y la acera. Mi culo ardía; su mano palpaba; mis ojos quisieron verse en aquella pose, en aquel momento duro. Porque yo, como el enfermo de almorranas, yacía en un pequeño habitáculo en una majestuosa posición rectal. Y gimiendo. Hasta mis huevos parecían canicas en manos de infantes.

 

Me sacó hasta el último sueño. Me cobró a la salida –y sin negociar-. Y me vació con la misma eficacia que proyectan los mendigos que voltean la papelera. Fue verter y no querer salir, cuando en este tipo de actos se ve la luz al soltar lastre. Pero aquéllas manos, sabihondas y táctiles, se merecían seguir sobándome, continuar con una hora sorpresa que se gestó en un taxi que apestaba a ingle.

 

-Soy la número 120 –señalándose la placa-. Cuando vuelvas llámame.

 

No hay nada como los dorsales. Que desde el 23 de Jordan no había habido país que ofreciera mayor espectáculo con uniforme. Viva China.

 

-¿Y la ‘Número 8’?

-Hoy libra.

 

Estará con su novio pensé, mientras me regodeaba en el brillo de mi glande, otrora rojizo, y hoy barnizado en esos productos cancerígenos que nos refriegan por nuestros cuerpos con la única salida de la corrida.

 

-No se puede pagar con tarjeta.

 

Ni hay ‘fa piao’, avancé, al comprobar que en este país la menor ilegalidad es querer ser vaciado por una masajista bastante más legal que sus patrones, que no expenden factura ni cobran con tarjeta. Porque la realidad china se besa nada más salir del delirio. Cada vez que intentas mezclarte. En este caso cobrar.

 

 

@RodrigoMochales (Twitter)

Glande enrojecido

Despedía a la fuerza a Susan –no sé el empeño de cada fémina china en auto mutilarse su cultura con nombres lejanísimos- cuando descubrí que la parte interior izquierda de mi glande se había vuelto rolliza y rojiza. Fueron momentos duros, que achaqué a esa reciente visita sorpresa a una sauna en la que en pelota picada, traspasé mi record de tiempo bajo una piscina turbia. Además, rodeado de chinos.

 

-Me dijiste que por chupártela sin condón me darías 200 yuanes. Y estos son sólo cien.

-Lo siento. Pensaba que tenía más.

-¡Me dijiste 200! –Me gritaba Susan, con la clásica exaltación de la que sabe que vociferando puede sacar lo pactado.

 

Le di unos billetes de un yuan. Serían en total al menos doce kuáis. Pero ella, aunque sólida y cercana al primer escalón de la violencia, decidió cogerlos como el que se agacha a por una moneda.

 

-¡Me dijiste 200! Me has mentido.

-Mira mi glande. ¿Esto qué es? ¿Te parece normal?

-¡Hemos follado con condón!

 

Sí, lo sabía. Me obligó a hacerlo. Que a mí tras unas buenas cervezas, botella de vino y diversas ginebras con tónica, me gusta desovar por dinero. Cosas de las mentes; que a veces se abren de par en par sólo cuando las desalojas del trozo de hueso que viaja junto al cuero cabelludo. Cuando les das vidilla.

 

-Sí. ¡Pero me la has chupado sin goma y ahora mira esta inflamación!

-Te digo que no tengo nada. Eso será tu problema. Además, me has obligado a hacerlo por 200 yuanes y ahora no me pagas lo pactado.

 

El chino sólo tiene palabra para el dinero. Esencialmente si es el suyo. Y mira tú por dónde, yo sólo soy fiel a mi masa encefálica cuando quiere ser más falo que lo de abajo. Porque yo sigo a mis instintos. Aunque ahora esté asustado.

 

Tras cerrar la puerta con suma violencia –suerte que en las habitaciones de los hoteles ponen freno a las iras- me quedé sólo; pensativo y resacoso. ¿Sería posible que aquélla inflamación en mi glande la hubiera provocado su felación sin goma? No creo en esas cosas. O mejor dicho: no quiero creer. Que bastante tenemos con no poder rendir homenaje al mundo animal en el momento más animal de nuestras vidas: cuando deseamos aparearnos, cuando sólo buscamos el meterla en caliente, y debemos plastificar casi lo único que siente.

 

Me puse dentífrico en la zona. Sí, lo reconozco. También me chorreé elixir bucal. Calculo que fueron tres minutos de gritos y de baños menores bajo una ducha tremendamente errada. Que en los hoteles chinos de medio pelo, los servicios al que paga son indirectamente proporcionales en su calidad a los que te proporciona una buena puta que se me apareció en una noche de borrachera. Salió de un coche con las lunas tintadas. Tiananmén tiene eso. Que como es zona política y turística, las meretrices deben mantenerse ocultas, en la retaguardia. Que el trabajo inicial y sucio lo computan unos hombres deslavazados, que siempre mondadientes o cigarrillo en ristre, gritan sin miramientos aquello de: “¡En la parte de atrás carne fresca!”. Fue asentar con la cabeza, ceder el cristal oscurecido, y elegir a Susan, que desde que decidí invertir la mayoría de mi tiempo en chuparle su zona viscosa, comprobé que en los actos sexuales dar es lo mejor. Que luego me corrí a los treinta y cinco segundos. Cosas del alcohol en exceso y los excesos de placer.

 

Aunque tuve pesadillas, hoy me levanté con el glande mejorado. La zona que creció, roja y brillante, había vuelto a su posición original aunque aún marcaba un tono bermellón extra. Para asegurar que no había riesgos, que lo que veía era real, me he estado tocando –como si lo de la madrugada anterior no hubiera sido suficiente- comprobando dos realidades: una, que me quedaba semen; y otra: que el roce le hace crecer a mi glande. Prometo no tocarme. Ni acercarme en las madrugadas de China a coches con los cristales tintados. Que las apariencias además de engañar no te dejan dormir.

@RodrigoMochales (Twitter)

En el parque

Acabo de llegar de un pequeño parque en la calle de Hengshan lu, junto a Gao’an lu. Allí, con tres arbolillos que dan cierto paisaje a tan pequeño trozo de espacio, me he encontrado con las necesidades primarias del ser humano en un formato diferente. A ver, seré más claro: dos mendigos, él y ella, ella y él, masturbándose mutuamente ante la atenta mirada de la nada. Porque en China dos mendigos son basura.

 

Yo, que solamente quería alargar mi vuelta al triste hogar, deambulaba sin saber bien el camino cuando aprovechando ese pedazo de milagroso verde, siempre colapsado del estruendoso tráfico, me he colado entre ellos, como el que sí quiere la cosa. La clave me la ha dado el ver como sus manos se cruzaban bajo una chaqueta verdosa que les hacía de parapeto pero que con el trajín parecía magma en movimiento.

 

Me acerqué con el sigilo del vicioso, que tras una puerta mal cerrada desea no ser pillado para dar rienda suelta a sus deseos más naturales. Y bien que no se dieron cuenta, agradecimiento que sus almas me donaron porque si llego a ser visto sus manoseos hubieran tenido un triste final.

 

Una zona acotada me sirvió de refugio, donde confirmé que veía sus caras y el ajetreo de sus manos bajo la lona de la chaqueta; y desde allí imaginé sus palabras que no llegaba a escuchar, palabras de amor, de ánimo, de cierto vicio.

 

Para el pedigüeño, para el vagabundo, sus dramas no son más que las penas de sí mismos. Que si China, en general, es un país duro, no les digo nada cuando el afectado tiene pinta de estiércol, vaga en vez de camina, y apesta en vez de huele. El pueblo los rechaza, con el mismo afecto que ahora ellos se meten mano, en el fulgor de una mañana que sólo me ha mostrado esta dosis de vida.

 

Ella debe haber terminado, porque ahora es él quién brama con sus manos fuera de la chaqueta. Ella debe estar perfilando un bonito trabajo que iniciaron nuestros antepasados, y que hoy, por errores de transición, se realiza en solitario, previo pago o con la mujer de cada uno. Debe estar cerca el final porque ella aprieta; porque en la masturbación hacia el hombre el final es el todo.

 

Lo que más me duele es ser observado por numerosos chinos que caminan robotizados por Hengshan lu. Me miran a mí, por estar dentro de un jardín acotado, sobre un manto de césped lleno de polución, cuando la verdad, la pureza, el milagro absoluto, está aconteciendo a tres metros míos, a otros tantos de sus cabezas, bajo una techumbre, sobre un banco donde dos mendigos se masturban como paso más cercano al avance de la humanidad. Aquí nadie sabe qué hacen esos mendigos. Me encantaría estar con ellos, acurrucándolos, perteneciendo a esa costrosa chaqueta verde que nunca pensó su diseñador valdría de camastro sexual para dos manos y dos sexos, para dos adelantados a su tiempo.

 

No he querido masturbarme porque habría incendiado a este triste pueblo. Pero lo que no hice es quedarme sin mi dosis de buena suerte: me acerqué a ellos, ya reincorporados de sus tareas primarias, y les di la mano, como saludándolos, aunque realmente quería sentir el calor de sus dedos, con los restos del fragor de la batalla más bendita.

 

Dos mendigos masturbándose. Desde la caída de una cascada de agua pura la humanidad no había previsto semejante hartazgo de belleza. Siento mucho no haber estado entre ellos.

@RodrigoMochales (Twitter) 

La perfección canina

Deberíamos ser perros. Deberíamos ser seres sin sexo visible. Deberíamos averiguar al oler y sentirnos atraídos por todos, por la posibilidad. Ir tras personas, sin sexo visible, y tirarnos en sus entrepiernas y culos, oliendo y lamiendo. Descubriendo. Sin documentos de identidad. Sin razas ni pasaportes. Sólo con aromas desprendidos. Porque la nariz es el pene de todos. Un falo que no se usa salvo para catar vinos, disfrutar los gases de cada uno y hurgarse las cavidades con planes mineros, en sí una autosodomización.

La nariz es el sexo perfecto: ni eyacula, ni por lo tanto mancha (ni preña); ni pierde erección, ni por lo tanto te deja en evidencia. La nariz no pilla venéreas ni usa condón. Aunque ya se encargarían los humanos de crear la bacteria adecuada para jodernos. Exquisita napia, falo con tabique, que así nunca se falla, nunca se pierde.

Y correr por las calles desabrochando las ropas ocultadoras a todos/as, lamiendo, oliendo, escuchando sus latidos. Porque el primer sexo tiene latidos, por impetuoso, por sorpresivo, por inesperado.  A bocados bragas y calzones dejarían paso a nuestros tabiques que, plenos de lujuria, decidirían con quién sí y con quién no.

Olernos sin saber, sin mirar con quién, saliendo a la carrera y si te he visto no me acuerdo. Porque la memoria, obsesiva y delincuente, que te roba presentes por turbios pasados, estaría sólo en nuestra nariz, golosa de querer saber. Ni nombres, ni apodos. Ni bragas de encaje ni calzoncillos paqueteros. El olor, humanos. Y la nariz. La polla del futuro. El sensor que ya querrían para si los delfines. Y sin desovar.

Perros callejeros. Sin atuendos ni collares. Desprendiendo olores a mansalva, apestando sus narices de flujos y suciedades. Aprendiendo a ser humanos. De verdad. Rindiéndonos homenajes.

@RodrigoMochales (Twitter)

Cuento de Navidad

 

Tendría yo 28 años. Vivía en Madrid, rodeado de las ilusiones del veinteañero que comienzan a desvanecerse al llegar a los treinta. Novias intercambiables, bares repetidos, amigos fraudulentos, mañanas resacosas. Todo, más o menos, como dictaba el guión de los crápulas, asociación de la que formo parte sin haberme parado a pensar en ello.

 

Aquella mañana navideña me desperté por la interacción de la farlopa, que te puede dejar dormir pero a la que te levantas, ya sea a mear o beber agua, descubres que todo era mentira, que tu sueño se ha evaporado, que la cabeza te da vueltas, que los bolsillos están vacíos.

 

Yo vivía en un hostal, en mi habitación simplista, donde tenía acceso a todo aunque no tuviera de nada. Y en aquel lavabo, de donde manaba un agua casi congelada, posé los primeros restos nasales de un día navideño que para una nariz es un día cualquiera. Serían las dos de la tarde y debí acostarme a eso de las siete. Antes, como de costumbre, pasé por Atocha 45, una vivienda donde te surten de muchachas a las que nunca puedes cubrir a causa de la cantidad de sustancias que te has llegado a meter.

 

La nariz seguía expulsando mocos de colores, del amarillo más griposo al rojo más sanguinolento, cuando escuché algo tras la ventana. Me acerqué, pensando que la había dejado abierta y que alguna corriente la hacía sonar, cuando me encontré con Papa Noel, el auténtico: un finlandés de 1’95, grande, con cara de báltico y barbas peludas. Antes de emitir el primer sonido intenté recordar si algún ácido surcaba mis venas. Pero no. Sólo fue farlopa y de la mala. Giré la cara y le volví a mirar. Y allí estaba. Definitivamente Papa Noel había venido a verme.

 

-Creo que eres el último.

-¿El último de qué?

-En el reparto.

-¿Qué repartes?

-Soy Papa Noel, joder. A España llego ya tarde, hacéis muy mala vida. Y a ti te tenía puesto a partir de las tres. Y son las tres y veinte.

-Joder. Qué sorpresa. Me dejas que me duche, me arregle y nos vamos a dar una vuelta.

-Yo tengo que volver. Mi vuelo sale a eso de las ocho.

-A Helsinki, imagino.

-Sí. Luego me pillo uno interno a Rovaniemi. Y allí justifico mi trabajo con los albaranes de entrega.

-¿Y a mí qué me traes?

 

Mientras me duchaba seguían brotando de mis narices sorprendentes restos mucosos y químicos que resbalaban desde mis piernas a causa de la fuerza de la ducha. Luego se perdían por el desagüe mientras intentaba enjabonarme la espalda y descifrar que aquella aparición mariana era real.

 

-¿Sigues ahí? –grité desde la ducha.

-Sí. Estaba hojeando el periódico. Ya veo que la sección que más te gusta es la de contactos.

-No es la que más me gusta. Es la última que leo antes de acostarme ya que siempre intento encontrar un alma caritativa que vacíe mis intenciones.

- ¿Y la encontraste?

-No. Pero fui aquí al lado, a Atocha 45, que abre 24 horas y siempre da buen servicio.

-¿Te gastas mucho en putas?

-Lo que no está escrito.

 

Mientras me secaba seguía intentando comprender qué cojones hacía Papa Noel en mi habitación. Yo no creo en milagros. Y menos en tradiciones. Pero aquello era tan real como el frío que sentía al retirar la toalla de mi cuerpo recién secado.

 

-Oye, una pregunta. ¿Y por qué no has entrado por la puerta?

-Joder. Si entro por la puerta me ve todo el mundo. Además, al hacerlo por la ventana, justifico mi contrato. Que no es lo mismo que te vea un niño escalando por una terraza que subiendo en un ascensor. Hay que mantenerles la ilusión.

-Ya… oye, ¿y te has caído alguna vez?

 

Sorprendentemente Papa Noel y yo nos fuimos a tomar el aperitivo. Sin noticias de mi regalo decidimos hacer tiempo hasta que saliera su vuelo. Debía estar en Barajas a eso de las seis y media. Nos quedaban, pues, dos horas largas. La primera parada fue el Bar Milano, en la Plaza Matute, donde Mari nos atendió como siempre: seca aunque real.

 

-¿Qué quieres Rodrigo?

-Primero Feliz Navidad. Y luego ponme dos cañas. Y aceitunas.

-Feliz Navidad. Por cierto, ¿y este quién es?  

-Un amigo finlandés.

-¿Y qué hace disfrazado de Papa Noel?

-Venimos de un after. Ya sabes.

 

Las cañas, de Cruzcampo, perfectamente servidas, con unas patatas de churrero y unas aceitunas algo flojas. La máquina tragaperras sonando a trapo con un chino que se estaba dejando hasta los dientes. El sol, maravilloso de Madrid, alumbrando el interior del Milano donde Papa Noel y yo tomábamos unas cervezas y nos contábamos nuestras cosas.

 

-Oye, ya vamos a dejarnos de hostias. ¿Cómo te llamas? ¿Y quítate la barba?

-Me llamo Kalevi. Y no me quito la barba porque es mía. Lo que me voy a quitar es el traje, que luego en los controles del aeropuerto me ponen muchas pegas.

-¿Qué tal la vida repartiendo regalos?

-No, si yo soy funcionario de correos. Lo que pasa es que al ser de Rovaniemi y estar así fornido y barbudo, el gobierno de mi país me subcontrata para repartir regalos en Navidad. Yo suelo pedir Andorra, que allí siempre se levantan más temprano y acabo antes. Pero por alguna extraña razón siempre me tocan lugares complejos: el año pasado Sevilla, donde perdí el vuelo de vuelta; y ahora Madrid, donde macho, os levantáis muy tarde.

-Pero si es Navidad, ¿a qué hora quieres que me levante?

-El problema es que para que yo pueda repartir la persona tiene que estar acostada. Y se crea un vacío desproporcionado entre los niños, todos en la cama a eso de las once, y vosotros, que ya amaneciendo empezáis a recogeros.

-Sí. La verdad es que España es un país bastante fiestero. Pero bueno, no son pocos los finlandeses que se vienen aquí a vivir. Yo tengo un amigo en el sur, Gusi, que tiene un bar.

-Ya lo habréis vuelto loco. Allí abajo están bastante peor que aquí.

 

Tras abonar las cañas –Mari siempre nos mete un palo importante en la cuenta- invité a Kalevi a tomarnos otras en Il Caffé de Roma, una franquicia donde se desayuna transformada en centro de recogida de alcohólicos, triperos y demás fiesteros. Entre semana, lugar de napolitanas de crema y cafés; y en fines de semana o festivos, cañas a tope con auténticos perdidos que se unen sin conocerse.

 

-Mira Kalevi, esos dos que están en la barra son el Camper y Martín. Son muy asiduos a esa esquina del local cualquier sábado o domingo. Llegan a eso de las ocho y a veces, como hoy, se quedan hasta que cae la noche. Sólo beben cañas, se meten speed y alargan sus maravillosos cartones de Hoffman. Te puedes acercar a ellos que ni te ven. Están todo el día riendo, a veces carcajeándose hasta el extremo, y pidiendo cañas sin parar. Son la felicidad. Los envidio.

-¿Y cómo dices que se llaman?

-Camper y Martín.

-¿A ver que mire?... Pues no. No los tengo en la lista.

-Estos pasan de todo. Yo creo que ni saben que hoy es Navidad.

-¿Nos tomamos un vodka?

 

El alcoholismo de mi compañero era inusualmente cercano al mío. Y antes de coger su vuelo de vuelta a casa nos metimos cinco tragos a palo seco. Como dice él que hay que tomar el vodka.

 

-Bueno compañero. Ha sido un placer pasar este rato contigo. Tengo que volver. Con el alcohol que me he metido creo que dormiré en el taxi.

-El placer ha sido mío. Sorprendido me dejaste al verte entrar por la ventana y triste me quedo ahora al ver que te vas.

-Quédate con tus amigos. Aquellos de la barra.

-No. Que va. Esos andan en otra dimensión. Yo me voy a ir a meditar por las calles. A buscar bares ocultos. A seguir bebiendo. A conocer a gente. Y luego, lo de siempre.

-Cuídate Rodrigo.

-Cuídate Kalevi. Por cierto, ¿qué regalo me traías?

-Ninguno. Alguien me escribió advirtiéndome para que te conociera. Que lo pasaría bien. Y así ha sido. Gracias.

-Gracias a ti. Y que sepas que yo soy de los Reyes Magos. Pero ahora que lo pienso me hubiera impresionado más ver entrar a tres tíos con coronas y camellos. Me hubieran echado del hostal.

 

La compañía de Kalevi fue un gran regalo de Navidad. La verdad es que ese tipo de amistades me llenan de ánimo para seguir viviendo. Sólo esperaba volver a verle. Pero en esa época ya me gastaba tanto dinero en vicios que me hubiera sido imposible cogerme un vuelo a Finlandia. Además, mi sueño siempre fue vivir en el norte de Europa. Por cierto, qué bueno estaba el crianza de Ruiz Villanueva. Vino manchego, toledano para ser exactos, que se sale de la horma de esa tierra. Me bebí un par de botellas. Y la camarera, guapísima.

 

@RodrigoMochales (Twitter) 

 

Sisley, con el rabo entre las piernas

Miré a través del minúsculo ojo de buey de la puerta de mi habitación del hotel y observé a una dama. No tardé ni seis segundos en abrir para que entrara a mi habitáculo. Cruzó el umbral con rapidez, como advirtiendo de sus intenciones mercantilistas, como diciendo “corre guapo que se te acaba el tiempo”.

Se sentó en el borde de mi cama y yo seguí su rastro a pasos lentos, devorando nasalmente todo el perfume que sorprendentemente no era el clásico de puta barata. Buen olor y sin haberse atiborrado con cantidades exageradas. Llegué hasta su cara que casualmente estaba cerca de mi entrepierna y la invité a levantarse.

-¿Quieres que me duche?

A Sisley la encontré rebuscando en internet. Quería un travelo en el hotel por ese afán de investigación que no se desprende de mí ni con agua caliente. Y bien que lo conseguí. Fueron tres correos intercambiados a una página web de Hong Kong que te surte de ellos. La elegida me dijo que no me enviaba fotos a través de la red y que me fiara de ella. Me preguntó también si era activo o pasivo. Le dije que le contestaría en casa. Cara a cara. Y aquí que está.

-Que sepas que el tiempo corre.

-Olvídate del tiempo. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo dos mil.

-Ya sabes que no te voy a pagar eso. No te dejes llevar por el hotel de lujo y afloja la tarifa, que llevo follándome a travelos y no travelos lo que no está escrito.

-¿Ah sí? Pues cuánto crees que tienes que pagar, listo.

-Sé dulce, para empezar.

-Soy dulce, lo que pasa es que sin el dinero en mi bolso soy arisca.

-Y yo sin mi sexo saciado y habiendo pagado de antemano soy peligroso, muy peligroso.

-Me llamo Sisley, menos de mil quinientos no acepto.

-No quiero follar. Sólo quiero entrevistarte y dormir abrazados.

-¿No piensas follarme?

-A no ser que tú te empeñes. Te he traído aquí para hacerte preguntas. Y no te preocupes, no soy ni policía ni periodista.

-Que raritos sois los españoles.

-¿Por? ¿Por no querer follar? Si voy a pagar de todas formas. Date con un canto en los dientes. Te trataré bien y te respetaré, como siempre hago. Sólo quiero hacerte unas preguntas.

-No sé qué me quieres preguntar pero nada de fotos.

-Y si te pago las fotos, ¿qué?

-Bueno, pero que no salga mi cara… o por lo menos mis ojos.

Las putas son así. Los negocios son así. Si pagas te lo llevas. Si negocias es que hay opciones. Y Sisley, dolida en el fondo por su profesión, desea, ya que se baja las bragas varias veces a la semana, llevarse todo lo que pueda.

-¿Llevas tiempo en Hong Kong?

-¿Me puedo quedar en ropa interior para contestar? Es que estoy más cómoda.

-Como no.

-Llevo diez meses.

-¿Y qué tal?

-Bien… mejor que antes. Yo vengo de Shanghái, cinco meses. Y antes de aquí paré en Shenzhen, sólo un mes. Los chinos no quieren a los travestis. Ni a los maricones. Nos pegan. Eso sí, cuando me pongo a trabajar y nadie les están vigilando, son los más chupapollas del mundo. Estuve con uno, empresario, que siempre iba rodeado de las chicas más guapas y jóvenes, que cada semana me llamaba de madrugada para chuparme la polla.

-¿Te han pegado?

-Mucho. Mi padre en Filipinas, mi abuelo en el pueblo, los chinos, los rusos… en general pegan a las putas, pues imagínate a un travesti. En China no quieren a los gays. A veces me venían seis jóvenes en pleno Tongren Lu para escupirme y tirarme la bebida encima. Otras veces me agarraban del brazo con la intención de llevarme fuera de las aglomeraciones y patearme. Un par de veces lo consiguieron. Pero vuelvo a lo mismo: hasta los que me pegaban en grupo me deseaban en privado. Una locura.

-¿Follas sin condón?

-No.

-Yo sé que sí. Todo el mundo lo hace sin goma. Os conozco. Y conozco a los clientes como yo, por ejemplo.

-¿Tú lo haces sin condón? Que sepas que a mí no me la mete sin condón nadie.

-Yo sólo sé que según la excitación y el momento todo vale. Y nadie recuerda lo que debe hacer. Yo mismo he follado sin condón cientos de veces. Con putas, con no putas, con travelos…

-¿Y no has pillado nada?

-Alguna clamidia y alguna infección. Pero salí airoso. La clave en esta vida es estar seguro de lo que haces. Hay gente que lo pilla con condón pensando en dramas tales como que el contagio saldrá de la goma para introducirse en sus cuerpos, lastrados psíquicamente por sus cabezas, infectadas de depresión, del absurdo de Occidente, del jamón de los psiquiatras. Y de los farmacéuticos.

-¿Te has hecho las pruebas del sida?

-Me las han hecho. Y siempre bien. Perfecto. ¿Y tú? ¿Te las has hecho?

-Cada vez que tengo que renovar el visado.

-Que eso son… ¿cuántas veces?

Sisley se molestó con tantas preguntas. Mientras yo la diseccionaba con mi boca la estudiaba con mis ojos, llenos de vida e impresionados ante semejante cuerpo, que ya querrían para sí las mujeres nacidas como tal. Sus piernas eran esculturas y sus pechos, aunque operados, desafiaban la gravedad. La cara siempre es otra cosa, pero Sisley proyectaba unos rasgos faciales lo suficientemente femeninos como para que me levantara y la besara con pasión. Ella, tras mi salto hacia adelante, se quedó tumbada en la cama, bocarriba, como esperando mi violación, mis lengüetazos volcánicos. Pero no, me contuve. Sólo deseaba saber de ella y de otras como ella. Y luego beber. Y dormir abrazados. Y al juntar nuestros cuerpos, sin prisas y sin tarifas, esperar a las convulsiones mutuas, y hacer lo que hacen las personas que desprenden electricidad.

Me contuve y continué con mis preguntas. A la par encendí mi cámara. Mi ojo que toca.

-No quiero fotos, por favor.

-Sisley, sólo vestida. Deseo grabar este momento.

-¿Y no te valen sólo las preguntas? Si quieres fotos me tendrás que pagar más.

-No lo ensucies. No lo manches.

Y ante sus recuerdos mercantiles volví a probar su boca, de saliva correcta pero de sabor a antiséptico. Odio las artificialidades. ¿A qué olería Sisley? Su saliva… tendría que esperar a que el producto químico cediera, una par de horas…

-¿Qué porcentaje de cliente usa tu polla?

-Más del que te imaginas. He roto culos de señores casados como se han agarrado a mi pene jóvenes, ancianos… la gente no reconoce, no disfruta. El mundo yerra. Los sentimientos no se muestran.

-¿Y te has acostado con tías?

-Nunca. Pero eso a mí no me va. He conocido a compañeras que eso sí les pone. Yo luché por ser una mujer y deseo sólo a hombres. Hacerlo con una mujer no entra en mis planes.

-¿Y si te pagaran por hacerlo?

-Pues tendría que hacerlo.

-¿Y animales?

-Oye, tú estás loco. ¿Adónde quieres llegar?

Sisley reculó. Mientras le hacía fotos y acariciaba le seguía preguntando. Pero rocé la expulsión. Era evidente que Sisley no se lo montaba con caballos. Ni con perros. Pero tras bucear tanto no quise que se me quedara nada en el tintero. La duda siempre te hace volver al sendero. Siempre te obliga a repetir el trago de la fuente prohibida, con aguas no potables para gargantas sedientas.

-Olvídalo. ¿Te gusta el vino?

-Blanco y con hielo. Bien frío.

-Blasfemia para ti es hacerlo con un animal, lo entiendo. Y te pido disculpas por la pregunta. Pero si bebes vino blanco con hielo tendremos que suspender esta reunión de amor. No soporto la cutrez. El que no sabe beber no sabe querer. Y yo amo tanto que soy alcohólico.

-Yo, por mi trabajo, he bebido desde el champán más selecto a la orina más siniestra.

-Dios. Y yo también. Pero yo no he cobrado por ello: ¡yo he pagado!

Y seguí buceando, palpando el drama. Alguna que otra pelea, alguno que otro que le había esposado, y ninguno que le había abrazado, querido. Tras la ingesta de la botella de vino blanco refrigerado como tiene que ser nos metimos en la cama, tapados hasta el cuello, rozándonos sin sexo y durmiendo como angelitos. Ella roncaba. Y yo también. Por algo nacimos con pilila. Por algo somos viciosos.

A la mañana siguiente y antes de que hubiera asumido que me estaba despertando, noté su cuerpo subido al mío. Y fue un placer sentir y hacerla sentir. Su piel de gallina en una habitación calurosa fue la meta conseguida. Nos besamos con virulencia obviando nuestros alientos mañaneros, creados por aquel Sauvignon Blanc a cada bocanada de aire, a cada ronquido.

Luego nos duchamos, volviendo a practicar sexo. Sisley se lavaba los dientes y yo la seguía fotografiando. La confianza que das a estas apaleadas de la vida te permite sentirte un hombre, una pareja. Sisley se olvidó del tiempo, de las tarifas reales y hasta del condón. Sisley había dejado de ser mercenaria para poseer vida, una vida reflejada en unos ojos, brillantes, descansados.

-¿Cuándo te vas de Hong Kong?

-Mañana.

-Te ruego cuando vuelvas no me llames.

La chica de la tienda de animales

 

Fui otra vez a por arena para mi gato. Y la asiduidad en mis visitas hizo que la chica de la tienda de animales siempre fuera en su conversación conmigo, jocosa y alegre, gratuita y tiernamente espabilada. “Sesenta yuanes”, me decía la muy jovial, mientras se agachaba para cargar con el saco de diez kilos, mostrándome su pechera, inconmensurable, ardiente, plena de pelos animalescos y sudor propio.

 

Yo siempre compro la saca que proviene de Japón. Las razones hay que encontrarlas en el profundo asco que le tengo a China y sobre todo, en las necesidades de mis gatos mucho más cercanas a la calidad del Imperio del Sol Naciente que a la irritante China, que si ya destroza alimentos para bebés contra los de sus hijos únicos qué no podrá hacer para exterminar a los gatos.

 

Aquella tarde nublada, horrible de calor y copiosa en los sudores mutuos, levantó un vínculo entre la chica de la tienda de animales y yo. Eran las ocho, cerraba el negocio, y yo la invité a una cerveza. Y ella cedió. Sin arreglarse, cedió la bata repleta de pelos y cogió su bolso. “Ya es hora de cerrar”, me confirmó no sin cierta violencia.

 

Fueron sólo doscientos metros, pero en ellos detecté que Marta –como se hace llamar esta china dependienta- olía a una mezcolanza de restos de pelo canino, heces felinas y anestesia para capar animales. Me sedujo.

 

En el bar, y a la tercera birra, acepté de buen grado que me incluyera entre sus partes a sobar. Fueron treinta minutos de rozamientos contra su pechera, estomago y tobillos para acceder, de buena gana, a cogerme del codo –primeramente- y de mi pierna izquierda –a continuación-. La suerte estaba echada. Pero antes de solicitar la cuarta ronda sus labios se posaron en los míos y mis manos –al fin- en su carne prieta. No era lugar aquel bar para dar rienda suelta a pasiones justificables por lo que sin duda alguna la llevé sin presiones a lo que viene siendo mi cuarto de penetraciones.

 

Yo resido en una casa de apariencia familiar, con vecinos y todo eso, pero sólo; y en mi zulo, que llevo abonando desde hace seis meses, es donde doy brillo a mi glande. Es donde lo erótico queda lastrado por lo enfermo, por lo sexual.  Tras quitarle el sujetador asumí dos cosas: que la pechera era más voluminosa que recogida; y que entre sus pezones como piedras residía algún tipo de resto animal. Nunca hasta entonces había engullido flujo pectoral femenino mezclado con mi saliva de paria alcohólico con ribetes de oveja lanar o de pastor alemán cachorro.

 

Sudábamos y yo me sentía como un cuidador del zoo. Por supuesto no usamos condón, error del humano impuesto primero por los curas y luego por la industria farmacéutica: ambas mafias. Sería injusto que una persona que olía a animal sufriera la introducción de un trozo de plástico en su abrevadero de flujo. Y yo antes las injusticias me planto.

 

A la mañana siguiente desperté por el fuerte olor que desprendíamos. Pelos de animales, probablemente insectos, manchas de semen, charcas de flujo, vellos púbicos arrancados por la pasión y enroscados como muelles… y ella allí, tumbada, lozana, plena, con cara de cansancio, con un pecho aplastado por su cuerpo, medio salido hacia la izquierda, y el derecho desaparecido. Volcada, mostraba un culo asimétrico donde la zona derecha parecía mayor que la izquierda. Yo me masturbé.

 

Mi gato esa noche no comió. Y si meó o defecó lo habría hecho sobre sus otros restos. No acudí a sus llamadas. La oportunidad de crecer lo merecía. Y amo a los gatos casi más que a la que me vende su comida y arena que seguía esquivando su cansancio dormida sobre una cama que se asemejaba a una jaula. Amo la vida. Y amo oler con pedigrí. Y allí me quedé mirándola, obsesionado, mientras retiraba de su chaqueta oscura los millones de pelos que demuestran que su vida no debe ser fácil.

 

 @RodrigoMochales (Twitter)

BOMBA ATÓMICA EN EL CARREFOUR CON FINAL FELIZ

China es ya tan torpemente occidental que hasta los Carrefour se cuentan por docenas. Antes que el tanga o el tampón los franceses pasilleros han incrustado sus demenciales macro mercados para que el chino torpón machaque a más no poder el legado de Confucio. Y resulta cuento menos curioso observar a la canalla embestida de miles de locales que se empujan entre ellos en pos de lo nuevo, de lo guay, de lo diferente. Venden desodorantes a porrillo como champús de diversos etiquetados sin obviar geles y demás productos lascivamente higiénicos. Y la sorpresa es, sin lugar a dudas, que una buena parte de los chinos supuran mierda día y noche ante la falta de limpieza básica.
Una puta con pantalón militar me llevaba empujando con su puto carro como diez minutos por lo que decidí introducir en su medio de carga y transporte una botella de aceite de oliva español de más de veinte euros. Sin que se diera cuenta. Con un poco de suerte la muy mema se la habrá llevado a casa. Misión cumplida: molestar, hacerle gasto y colaborar con la causa. La pena es que la pre obesa militarizada difícilmente sabría utilizar el contenido del aceite de oliva.
Pasé por la pescadería donde señoras de fea presencia golpeaban pescados congelados para sacarles el hielo y así pagar menos. El bonito detalle de economía de supervivencia tenía una importante errata: el suelo era un barrizal y a treinta menos de distancia se olía a pescado podrido. Pero en China el pestazo no es molesto. Sólo hace falta salir a sus putrefactas calles para entender que el desodorante o el ambientador nunca serán negocio en Podrilandia.
Esperé en la caja mucho tiempo a causa de la importante apariencia de recién atiborrada a barbitúricos de la cajera, lerda, lenta y casualmente con el pelo sucio y costroso. Para terminar de joderme el día una lista se me intentó colar. Yo, poseído por gestos infernales, la agarré del hombro –sacándole la hombrera- y la recoloqué tras de mí no sin antes haber soñado con su muerte en directo.
Salir de una convalecencia por heridas diversas de arma blanca te hace pensar mucho. Demasiado. Y aún dolorido soñé con que algún sabio país matara dos pájaros de un tiro atacando a China y a los vergonzantes Carrefour. Todos fallecidos y un centro comercial menos. La bomba atómica nunca soñó ser tan eficaz.
¿Y qué hacía yo en el Carrefour? Muy fácil. Si uno desea comprar gasa y productos de parafarmacia tiene que ir, sin duda, al centro maquiavélico con el que los franceses dominan el mundo de la alimentación: el Carrefour. En caso contrario, enfermedades infecciosas aparecerán por cada recoveco de los insulsos que se enfrentaron a la lógica.
Antes de llegar a casa pasé por una peluquería. El haberme visto cerca de la muerte me ha hecho más efectivo, más concreto. Puse los doscientos yuanes sobre la mesa y me corrí en su boca. Esta era algo fría pero yo acabé igual. Tuve que abrir el paquete de gasas ya que mi glande no se merecía ser tocado por ese tristemente húmedo rollo de papel higiénico a medio acabar.

-¿Y todas esas heridas? ¿Te han intentado matar?
-Sí. Hu Jintao. Tu presidente.
-Mi presidente no pierde el tiempo con tipos como tú.
-Da igual. Tu presidente ha formado a una generación que se lava poco, lee menos pero es capaz de atentar contra el que se meta contra China.
-¿Y para qué te vendas la polla?

Hablaba aún con las comisuras blanquecinas. La higiene no es patrimonio de estas tierras. Me marché echando la vista atrás ya que la otra traga-traga comía noodles en bragas descoloridas. A la vez veía la tele. Todo esto con la puerta abierta para que tipos como yo, doloridos y solitarios, puedan venir a soltar toda su ira en las bocas que segundos antes bebían sopas.