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MOCHALES

Sisley, con el rabo entre las piernas

Miré a través del minúsculo ojo de buey de la puerta de mi habitación del hotel y observé a una dama. No tardé ni seis segundos en abrir para que entrara a mi habitáculo. Cruzó el umbral con rapidez, como advirtiendo de sus intenciones mercantilistas, como diciendo “corre guapo que se te acaba el tiempo”.

Se sentó en el borde de mi cama y yo seguí su rastro a pasos lentos, devorando nasalmente todo el perfume que sorprendentemente no era el clásico de puta barata. Buen olor y sin haberse atiborrado con cantidades exageradas. Llegué hasta su cara que casualmente estaba cerca de mi entrepierna y la invité a levantarse.

-¿Quieres que me duche?

A Sisley la encontré rebuscando en internet. Quería un travelo en el hotel por ese afán de investigación que no se desprende de mí ni con agua caliente. Y bien que lo conseguí. Fueron tres correos intercambiados a una página web de Hong Kong que te surte de ellos. La elegida me dijo que no me enviaba fotos a través de la red y que me fiara de ella. Me preguntó también si era activo o pasivo. Le dije que le contestaría en casa. Cara a cara. Y aquí que está.

-Que sepas que el tiempo corre.

-Olvídate del tiempo. ¿Cómo te llamas?

-Me llamo dos mil.

-Ya sabes que no te voy a pagar eso. No te dejes llevar por el hotel de lujo y afloja la tarifa, que llevo follándome a travelos y no travelos lo que no está escrito.

-¿Ah sí? Pues cuánto crees que tienes que pagar, listo.

-Sé dulce, para empezar.

-Soy dulce, lo que pasa es que sin el dinero en mi bolso soy arisca.

-Y yo sin mi sexo saciado y habiendo pagado de antemano soy peligroso, muy peligroso.

-Me llamo Sisley, menos de mil quinientos no acepto.

-No quiero follar. Sólo quiero entrevistarte y dormir abrazados.

-¿No piensas follarme?

-A no ser que tú te empeñes. Te he traído aquí para hacerte preguntas. Y no te preocupes, no soy ni policía ni periodista.

-Que raritos sois los españoles.

-¿Por? ¿Por no querer follar? Si voy a pagar de todas formas. Date con un canto en los dientes. Te trataré bien y te respetaré, como siempre hago. Sólo quiero hacerte unas preguntas.

-No sé qué me quieres preguntar pero nada de fotos.

-Y si te pago las fotos, ¿qué?

-Bueno, pero que no salga mi cara… o por lo menos mis ojos.

Las putas son así. Los negocios son así. Si pagas te lo llevas. Si negocias es que hay opciones. Y Sisley, dolida en el fondo por su profesión, desea, ya que se baja las bragas varias veces a la semana, llevarse todo lo que pueda.

-¿Llevas tiempo en Hong Kong?

-¿Me puedo quedar en ropa interior para contestar? Es que estoy más cómoda.

-Como no.

-Llevo diez meses.

-¿Y qué tal?

-Bien… mejor que antes. Yo vengo de Shanghái, cinco meses. Y antes de aquí paré en Shenzhen, sólo un mes. Los chinos no quieren a los travestis. Ni a los maricones. Nos pegan. Eso sí, cuando me pongo a trabajar y nadie les están vigilando, son los más chupapollas del mundo. Estuve con uno, empresario, que siempre iba rodeado de las chicas más guapas y jóvenes, que cada semana me llamaba de madrugada para chuparme la polla.

-¿Te han pegado?

-Mucho. Mi padre en Filipinas, mi abuelo en el pueblo, los chinos, los rusos… en general pegan a las putas, pues imagínate a un travesti. En China no quieren a los gays. A veces me venían seis jóvenes en pleno Tongren Lu para escupirme y tirarme la bebida encima. Otras veces me agarraban del brazo con la intención de llevarme fuera de las aglomeraciones y patearme. Un par de veces lo consiguieron. Pero vuelvo a lo mismo: hasta los que me pegaban en grupo me deseaban en privado. Una locura.

-¿Follas sin condón?

-No.

-Yo sé que sí. Todo el mundo lo hace sin goma. Os conozco. Y conozco a los clientes como yo, por ejemplo.

-¿Tú lo haces sin condón? Que sepas que a mí no me la mete sin condón nadie.

-Yo sólo sé que según la excitación y el momento todo vale. Y nadie recuerda lo que debe hacer. Yo mismo he follado sin condón cientos de veces. Con putas, con no putas, con travelos…

-¿Y no has pillado nada?

-Alguna clamidia y alguna infección. Pero salí airoso. La clave en esta vida es estar seguro de lo que haces. Hay gente que lo pilla con condón pensando en dramas tales como que el contagio saldrá de la goma para introducirse en sus cuerpos, lastrados psíquicamente por sus cabezas, infectadas de depresión, del absurdo de Occidente, del jamón de los psiquiatras. Y de los farmacéuticos.

-¿Te has hecho las pruebas del sida?

-Me las han hecho. Y siempre bien. Perfecto. ¿Y tú? ¿Te las has hecho?

-Cada vez que tengo que renovar el visado.

-Que eso son… ¿cuántas veces?

Sisley se molestó con tantas preguntas. Mientras yo la diseccionaba con mi boca la estudiaba con mis ojos, llenos de vida e impresionados ante semejante cuerpo, que ya querrían para sí las mujeres nacidas como tal. Sus piernas eran esculturas y sus pechos, aunque operados, desafiaban la gravedad. La cara siempre es otra cosa, pero Sisley proyectaba unos rasgos faciales lo suficientemente femeninos como para que me levantara y la besara con pasión. Ella, tras mi salto hacia adelante, se quedó tumbada en la cama, bocarriba, como esperando mi violación, mis lengüetazos volcánicos. Pero no, me contuve. Sólo deseaba saber de ella y de otras como ella. Y luego beber. Y dormir abrazados. Y al juntar nuestros cuerpos, sin prisas y sin tarifas, esperar a las convulsiones mutuas, y hacer lo que hacen las personas que desprenden electricidad.

Me contuve y continué con mis preguntas. A la par encendí mi cámara. Mi ojo que toca.

-No quiero fotos, por favor.

-Sisley, sólo vestida. Deseo grabar este momento.

-¿Y no te valen sólo las preguntas? Si quieres fotos me tendrás que pagar más.

-No lo ensucies. No lo manches.

Y ante sus recuerdos mercantiles volví a probar su boca, de saliva correcta pero de sabor a antiséptico. Odio las artificialidades. ¿A qué olería Sisley? Su saliva… tendría que esperar a que el producto químico cediera, una par de horas…

-¿Qué porcentaje de cliente usa tu polla?

-Más del que te imaginas. He roto culos de señores casados como se han agarrado a mi pene jóvenes, ancianos… la gente no reconoce, no disfruta. El mundo yerra. Los sentimientos no se muestran.

-¿Y te has acostado con tías?

-Nunca. Pero eso a mí no me va. He conocido a compañeras que eso sí les pone. Yo luché por ser una mujer y deseo sólo a hombres. Hacerlo con una mujer no entra en mis planes.

-¿Y si te pagaran por hacerlo?

-Pues tendría que hacerlo.

-¿Y animales?

-Oye, tú estás loco. ¿Adónde quieres llegar?

Sisley reculó. Mientras le hacía fotos y acariciaba le seguía preguntando. Pero rocé la expulsión. Era evidente que Sisley no se lo montaba con caballos. Ni con perros. Pero tras bucear tanto no quise que se me quedara nada en el tintero. La duda siempre te hace volver al sendero. Siempre te obliga a repetir el trago de la fuente prohibida, con aguas no potables para gargantas sedientas.

-Olvídalo. ¿Te gusta el vino?

-Blanco y con hielo. Bien frío.

-Blasfemia para ti es hacerlo con un animal, lo entiendo. Y te pido disculpas por la pregunta. Pero si bebes vino blanco con hielo tendremos que suspender esta reunión de amor. No soporto la cutrez. El que no sabe beber no sabe querer. Y yo amo tanto que soy alcohólico.

-Yo, por mi trabajo, he bebido desde el champán más selecto a la orina más siniestra.

-Dios. Y yo también. Pero yo no he cobrado por ello: ¡yo he pagado!

Y seguí buceando, palpando el drama. Alguna que otra pelea, alguno que otro que le había esposado, y ninguno que le había abrazado, querido. Tras la ingesta de la botella de vino blanco refrigerado como tiene que ser nos metimos en la cama, tapados hasta el cuello, rozándonos sin sexo y durmiendo como angelitos. Ella roncaba. Y yo también. Por algo nacimos con pilila. Por algo somos viciosos.

A la mañana siguiente y antes de que hubiera asumido que me estaba despertando, noté su cuerpo subido al mío. Y fue un placer sentir y hacerla sentir. Su piel de gallina en una habitación calurosa fue la meta conseguida. Nos besamos con virulencia obviando nuestros alientos mañaneros, creados por aquel Sauvignon Blanc a cada bocanada de aire, a cada ronquido.

Luego nos duchamos, volviendo a practicar sexo. Sisley se lavaba los dientes y yo la seguía fotografiando. La confianza que das a estas apaleadas de la vida te permite sentirte un hombre, una pareja. Sisley se olvidó del tiempo, de las tarifas reales y hasta del condón. Sisley había dejado de ser mercenaria para poseer vida, una vida reflejada en unos ojos, brillantes, descansados.

-¿Cuándo te vas de Hong Kong?

-Mañana.

-Te ruego cuando vuelvas no me llames.

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3 comentarios

Lluís -

Cuánta dulzura en medio de la marginación. Como siempre sabes ser un caballero. Delicioso.
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descorazonadorrr -

jajaja, me gustaaaa, hay tanta ternura detrás de este episodio de enseñanza/coñocimiento que deseo con ahínco hacerme la tan ansiada despigmentación anal en la esteticién del barrio y enseñarle, por fin, mi ojete al mundo.

telurick -

una bonita historia de tu particular BOLETO GANADOR de navidad....zurromandruguez!
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