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MOCHALES

La chica de la tienda de animales

 

Fui otra vez a por arena para mi gato. Y la asiduidad en mis visitas hizo que la chica de la tienda de animales siempre fuera en su conversación conmigo, jocosa y alegre, gratuita y tiernamente espabilada. “Sesenta yuanes”, me decía la muy jovial, mientras se agachaba para cargar con el saco de diez kilos, mostrándome su pechera, inconmensurable, ardiente, plena de pelos animalescos y sudor propio.

 

Yo siempre compro la saca que proviene de Japón. Las razones hay que encontrarlas en el profundo asco que le tengo a China y sobre todo, en las necesidades de mis gatos mucho más cercanas a la calidad del Imperio del Sol Naciente que a la irritante China, que si ya destroza alimentos para bebés contra los de sus hijos únicos qué no podrá hacer para exterminar a los gatos.

 

Aquella tarde nublada, horrible de calor y copiosa en los sudores mutuos, levantó un vínculo entre la chica de la tienda de animales y yo. Eran las ocho, cerraba el negocio, y yo la invité a una cerveza. Y ella cedió. Sin arreglarse, cedió la bata repleta de pelos y cogió su bolso. “Ya es hora de cerrar”, me confirmó no sin cierta violencia.

 

Fueron sólo doscientos metros, pero en ellos detecté que Marta –como se hace llamar esta china dependienta- olía a una mezcolanza de restos de pelo canino, heces felinas y anestesia para capar animales. Me sedujo.

 

En el bar, y a la tercera birra, acepté de buen grado que me incluyera entre sus partes a sobar. Fueron treinta minutos de rozamientos contra su pechera, estomago y tobillos para acceder, de buena gana, a cogerme del codo –primeramente- y de mi pierna izquierda –a continuación-. La suerte estaba echada. Pero antes de solicitar la cuarta ronda sus labios se posaron en los míos y mis manos –al fin- en su carne prieta. No era lugar aquel bar para dar rienda suelta a pasiones justificables por lo que sin duda alguna la llevé sin presiones a lo que viene siendo mi cuarto de penetraciones.

 

Yo resido en una casa de apariencia familiar, con vecinos y todo eso, pero sólo; y en mi zulo, que llevo abonando desde hace seis meses, es donde doy brillo a mi glande. Es donde lo erótico queda lastrado por lo enfermo, por lo sexual.  Tras quitarle el sujetador asumí dos cosas: que la pechera era más voluminosa que recogida; y que entre sus pezones como piedras residía algún tipo de resto animal. Nunca hasta entonces había engullido flujo pectoral femenino mezclado con mi saliva de paria alcohólico con ribetes de oveja lanar o de pastor alemán cachorro.

 

Sudábamos y yo me sentía como un cuidador del zoo. Por supuesto no usamos condón, error del humano impuesto primero por los curas y luego por la industria farmacéutica: ambas mafias. Sería injusto que una persona que olía a animal sufriera la introducción de un trozo de plástico en su abrevadero de flujo. Y yo antes las injusticias me planto.

 

A la mañana siguiente desperté por el fuerte olor que desprendíamos. Pelos de animales, probablemente insectos, manchas de semen, charcas de flujo, vellos púbicos arrancados por la pasión y enroscados como muelles… y ella allí, tumbada, lozana, plena, con cara de cansancio, con un pecho aplastado por su cuerpo, medio salido hacia la izquierda, y el derecho desaparecido. Volcada, mostraba un culo asimétrico donde la zona derecha parecía mayor que la izquierda. Yo me masturbé.

 

Mi gato esa noche no comió. Y si meó o defecó lo habría hecho sobre sus otros restos. No acudí a sus llamadas. La oportunidad de crecer lo merecía. Y amo a los gatos casi más que a la que me vende su comida y arena que seguía esquivando su cansancio dormida sobre una cama que se asemejaba a una jaula. Amo la vida. Y amo oler con pedigrí. Y allí me quedé mirándola, obsesionado, mientras retiraba de su chaqueta oscura los millones de pelos que demuestran que su vida no debe ser fácil.

 

 @RodrigoMochales (Twitter)

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