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MOCHALES

La 120

 

Volver al redil. Así debería titularse esta historia que nos recuerda que la memoria es casi tan franca como el pene, ese objeto de deseo que mostramos, ofrecemos, divulgamos y enseñamos con un solo y primario ánimo: verlo vacío tras ser agitado. O verlo erecto cada mañana, la risa del pobre. Y porque vamos a orinar, acumulando líquidos de días pasados.

 

Hoy he vuelto. Lo decidí en el taxi, mientras estaba a punto de sufrir un infarto de miocardio: alguien se ha parado a pensar dónde viven 20 millones de personas, bajo qué cielo más invisible, oculto bajo el mayor atentado de la historia contaminadora de nuestra humanidad, donde residen criaturas, que aunque a veces sean malignas, no se merecen que las gaseen con un inmenso tubo de escape contra el cielo de sus bocas, contraseña hacia sus pulmones, preludio de una buena ensalada de quimioterapia, pagada por adelantado. Y en efectivo.

 

Y en el taxi, certificando cómo le olía la entrepierna al taxista –hay qué ver como engordan los que vienen pisando fuerte, que siguen sin asearse como marcan los cánones aunque sí engullen como mórbidos de Arkansas- grité “para”, mientras recordaba que aquella casa de masajes que iluminaba nuestro capó, había dado mucho de sí. Especialmente ‘Número 8’, un ama de casa con vicios incontrolables, que tras separarse del padre de su hijo, se acercó al pasaje que permite rendir pleitesía a los más bajos instintos: gozar y cobrar.

 

Pero ‘Número 8’ ya no estaba. Algunas leyendas cuentan que se ha echado novio –yo juro que pensaba que estaba bajo tratamiento contra el SIDA: la taladré hace un par de años sin plásticos ni miramientos entendiendo que no sería el único- pero la verdad es que, sin querer saber con certificado judicial dónde está, sentí una emoción especial cuando volví a aquel establo del sexo, a esa casa de masajes amparada en una legalidad ilegible.

 

No sólo la decoración había cambiado: desde las chicas a los precios, pasando por una reforma que dejó al cuchitril irreconocible, aquello había mutado en el clásico espacio masajeante que requiere una apariencia occidental; que el extranjero no desea sentirse fuera de casa ni a 12.000 kilómetros de distancia, tristemente. Sobre todo cuando languidece embadurnado en aceite en posición rectal y sin un diplomático a tres kilómetros a la redonda. Y después algunos hablan del video de Pedro J; aquella cámara oculta obstinada en joder al hombre de éxito. Que a mí me conocen, me siguen, y me sacan duchándome con un travelo limeño. O de Sao Paulo. Que a no todo el mundo le pueden coger haciendo lo que desea. Que a mí me fascinaría verme en aprietos. Aunque preferiría ser yo el realizador y distribuidor del filme.

 

La 120 se presentó cauta. Mientras, colocaba el papelajo inservible sobre el camastro. Y luego, sin pudor, me elevó como el pájaro que levita entre el cielo y el suelo, entre el árbol y la acera. Mi culo ardía; su mano palpaba; mis ojos quisieron verse en aquella pose, en aquel momento duro. Porque yo, como el enfermo de almorranas, yacía en un pequeño habitáculo en una majestuosa posición rectal. Y gimiendo. Hasta mis huevos parecían canicas en manos de infantes.

 

Me sacó hasta el último sueño. Me cobró a la salida –y sin negociar-. Y me vació con la misma eficacia que proyectan los mendigos que voltean la papelera. Fue verter y no querer salir, cuando en este tipo de actos se ve la luz al soltar lastre. Pero aquéllas manos, sabihondas y táctiles, se merecían seguir sobándome, continuar con una hora sorpresa que se gestó en un taxi que apestaba a ingle.

 

-Soy la número 120 –señalándose la placa-. Cuando vuelvas llámame.

 

No hay nada como los dorsales. Que desde el 23 de Jordan no había habido país que ofreciera mayor espectáculo con uniforme. Viva China.

 

-¿Y la ‘Número 8’?

-Hoy libra.

 

Estará con su novio pensé, mientras me regodeaba en el brillo de mi glande, otrora rojizo, y hoy barnizado en esos productos cancerígenos que nos refriegan por nuestros cuerpos con la única salida de la corrida.

 

-No se puede pagar con tarjeta.

 

Ni hay ‘fa piao’, avancé, al comprobar que en este país la menor ilegalidad es querer ser vaciado por una masajista bastante más legal que sus patrones, que no expenden factura ni cobran con tarjeta. Porque la realidad china se besa nada más salir del delirio. Cada vez que intentas mezclarte. En este caso cobrar.

 

 

@RodrigoMochales (Twitter)

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