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MOCHALES

Taxi al placer

Ya no sólo el Den te surte de milagros; es que sales a la calle, en una noche drogada -juro que a tomar el aire-, y te encuentras, bajo unas estrellas imaginarias y un frío oculto en la psicodelia, a una dama que cruza por un paso de cebra desigual, que pasa por mi lado y que al ser agarrada por mi otro yo –el que Hofmann me regaló- no evita la envestida y de mi mano, accede a montar conmigo en un taxi cualquiera. Eran las once y media de la noche. Olía a milagro.

 

En un camino lento, con las gotas de sudor cayendo por mi piel sensible, llegamos a mi hotel sito en Tiananmén, donde sin abrir la boca –ni ella hablaba inglés ni yo podía articular palabra- nos plantamos en mi camastro. Yo, mientras me desvestía, creí notar que me palpaba los bolsillos de mi pantalón, donde mi dinero reposaba. Aquel sentimiento, que luego se demostró fue un error de apreciación, hizo que replegara velas para de nuevo a lomos de un taxi, buscar un hotel donde no estuvieran en peligro mis bienes.

 

Ella no se lo tomó mal. De hecho intentó hasta en tres ocasiones buscar otro hotel, utilizando su documento de identidad donde quedaba remarcado su año de nacimiento: 1977. Qué de soledad en China; y qué de pureza; al ver cómo una señorita/señora, de 35 añazos, se deja llevar por las manos de un calvo con melenas bajo los efectos de potentes alucinógenos, mientras muy probablemente su marido y su hijo de doce años les esperaban en casa, atiborrados de tele, de miseria en boles de arroz hervido, de conversaciones repetidas hasta la saciedad, de metros cuadrados insuficientes, de baños compartidos.

 

Tres negativas –“el lao wai no trae su pasaporte”, decían los conserjes- desembocaron en la última opción: una casa de masajes, donde esquivando a las masajistas podríamos reutilizar el habitáculo como picadero. Pero de nuevo las curiosas leyes chinas evitaron que me pudiera posar sobre ella. Aunque la última bala renació en el taxi de vuelta, cuando la depresión circundaba nuestras cabezas.

 

Porque tomamos otro taxi. Exactamente al mismo lugar donde había cogido aquel primer taxi y a ella de la mano. Frente a un paso de cebra que seguía desprendiendo chispas a mis ojos; junto a un Den que yacía en su mismo sitio. Pero antes: el placer.

 

Me desabroché la cremallera y empujé su cabeza hacia la corriente. Fue un impulso que hasta me sorprendió. Que no fui yo, que Fue Don Albert y aquella sustancia que simpatiza con mi alma. Ella, sin alteraciones extras de ningún tipo, nunca se negó al premio. El que sí se opuso, tras casi un minuto de eternas sensaciones, fue un taxista que bramaba en mandarín. Una humillación supongo; que no debe haber mayor deshonra que ver a una compatriota tuya, serena, realizando una felación en un taxi, sin miramientos, a un extranjero con los ojos inyectados en sangre que desprende, además, un olor a alcoholazo que tira para atrás.

 

Y allí que nos bajamos, despidiéndonos con un sentido abrazo. Ella volvió por el camino que fue raptada. Y yo regresé sobre mis pasos a un Den donde mi mesa con mi cerveza ya caliente seguían en su mismo sitio. Hora y media de viaje exterior difícil de justificar. Mi compañero de viaje me dio por perdido. “¿De dónde vienes? Me tenías preocupado”; “Del cajero”, le contesté.

 

Luego pensé en esa generación de treintañeras que no dudan un instante en probar otros caminos. Que casadas con vecinos y con vacíos generales, no se quieren ir a la primera tumba del humano –la vejez- sin catar a un extranjero, de esos que llegaron no hace más de diez años.

 

@RodrigoMochales (Twitter)  

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