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MOCHALES

Dorsales

Como los ludópatas que se revientan la vida buscando el número de la suerte imposible, yo llevo deteniéndome en numerosos dorsales desde que aterricé en esta deprimente Pekín. Encerrado en casa, buceando por internet, leyendo novelas, enclaustrado para no saber qué acontece en ese decorado infernal que se observa desde mi terraza, donde un cielo invisible por causas humanas, ha sido silenciado gracias a una gigantesca masa de contaminación. El mundo, destruido, y nosotros bebiendo a carrillos llenos de ese despropósito que huele a cáncer. Y los médicos a pagarlos de nuestros bolsillos.

 

Pero mientras las partículas negativas se depositan en el interior de mi cuerpo, mi cabeza me exige morir con las botas puestas, solicitando que cada seis horas una dama sorpresa cruce el umbral de mi puerta.

 

El espacio de tiempo que va entre que calculas que ya debe estar a punto de tocar el timbre a cuando oficialmente llega, es el más tenso-bello de la historia de la humanidad. Salto a cada sonido del ascensor, chequeo la mirilla de la puerta, y paseo de lado a lado del apartamento imaginando como será la nueva dama que rociará aceite del malo sobre mi piel abrasada de tantas y tantas sesiones de placer.

 

La última que visitó mi habitáculo –se fue hace cosa de tres horas- no portó buena imagen cuando ya, desesperado, no separaba mi ojo derecho de la mirilla de la puerta. Algo mayor, de pechos prominentes y anchas caderas, con un andar vagabundo, y una sonrisa ajedrezada, se quitó los zapatos para luego ir a lavarse las manos. Yo me tumbé en mi camastro cuando ella me retiró mis calzoncillos. El juego iba ser alegre según su tarjeta de presentación.

 

Elegí que me masajeara fuertemente, porque aparte de querer vivir en la inopia celestial del que se encuentra bocabajo y es toqueteado, deseaba cumplir ese acuerdo tácito que siempre debe respetar la masajista: masajear. Que si sólo se centra en las zonas más sensibles al roce de los dedos, podríamos decir que simple y llanamente había telefoneado a una casa de putas, y no a un centro profesional del masaje, como se anunciaba en internet.

 

Con la espalda ciertamente recolocada, fui manoseado con gusto en la zona anal hasta el punto de meditar entre ponerme bocarriba o violarla. Pero antes de que tomara la decisión, la masajista me indicó que ya era hora de darme la vuelta. Y en esas, le descubrí unos pechos de abuela que aunque gigantes, eran colmados por dos incipientes bosques que nacían en su sobaquera. Como no me gusta quedarme a medias, le tiré de sus mallas hasta que se les engancharon en sus tobillos, apreciando que las cicatrices sobre pubis cargados de días de sucios trabajos, no son santo de mi devoción.

 

La dejé tomar el mando de las operaciones, asumiendo que su posición favorita era inclinarse sobre la única parte tensa de nuestros cuerpos. Lo lamía y lo admiraba; se lo colocaba entre sus mamellas y apretaba. Fue todo un inmenso placer que desembocó en una digna riada. Pero lo que más me sorprende de estas masajistas venidas a más es su fantástica propensión a  no negociar precio alguno por este tipo de extras. ¿Sería por amor? Más bien por necesidades de palpar a un hombre; aunque indudablemente les solté un pequeño billetazo de cien yuanes, que debió calmar su desangrada cuenta corriente.

 

La vida en China no es cómoda. Podríamos decir que es intensamente hostil. Por eso advierto a poder divisar la vida que uno elige desde una mirilla cualquiera. Que atrincherados en apartamentos simplistas uno puede, gracias a internet, rodearse de dorsales imaginarios, por ese afán que proyecta China de numerar a cada ser humano. Era la número cinco, por cierto.

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