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MOCHALES

Sabores novedosos

Discerní cuatro días entre si despojarme de mi antifaz o mantenerme a la espera. Fue crudo, lo prometo, por esa dificultad que atesoramos todos aquellos a los que nos arde la entrepierna. Que aunque en Camboya la tierra huela a pureza, uno nunca puede dejar de llevarse a la boca vasos y copas con contenidos etílicos que destruyen, en parte, el paraíso que acontece ante nuestros ojos.

 

Amagué a mi llegada a Phnom Penh, hace ya casi una semana, capital parasito de un país aún por descubrir, cuando volcado bocabajo, y a sabiendas de que la crecida del río me humedecía las ingles, desistí a gemir, a provocar con un gesto o un movimiento corporal una riada de acontecimientos que se hubieran manifestado clásicos: toqueteos profundos, oferta y negociación, aceptación de la misma, agitación del miembro y violencia desmedida por descubrir sus pechos. Las necesidades primarias, afortunadamente, son iguales desde Soria al Amazonas, en una globalización que ya huele a arcaica. Y aquella concentración por lo supuestamente serio, sólo retardó lo que se me venía encima: achinar un paraíso, untar en aceite a un país que sigue friendo los alimentos en un vacío tremendo, seccionar la arteria de la dignidad a la que sigue atada Camboya, que afortunadamente sigue evitando dosis extras de perdición, de suciedades que por otras lares nos huelen a rosas rojas el día de sus ensamblajes en ramos de novia.

 

Pero aquella vieja, desvencijada y parapetada tras un cartel donde además de comida y masaje se ofertaba el alquiler de ese mismo espacio como futuro negocio, me hizo meditar. ¿Sería la vieja digna? ¿Podría atender a sus clientes que ruegan refrescos de cola mientras esparciría el peor de los aceites por mis lomos o mi misma cola? ¿Cómo sería el habitáculo, el terreno de juego? Y lo mejor: ¿cómo se negocia en dólares? Quiero decir, si el masaje eran seis dólares la hora, ¿debería intuir la tasa si llegáramos a palabras mayores?

 

Pero en el lenguaje del sexo, como siempre, todo fue fácil. Media hora bocabajo, donde casi me levanto en cuclillas anales para satisfacer su ímpetu así como mis necesidades, para pasar a un bocarriba donde al minuto y medio, como el secuestrado que es amenazado por una banda de narcotraficantes, supe que iba a ser ordeñado.

 

Y claro, para un ciudadano que siempre he explicado con pelos y señales cómo es esto del masaje, se me parecía complejo anunciar cómo iba a ser mi periplo camboyano, mi primer encuentro por las nietas –en este caso las hijas- de Pol Pot, que vestidas de manera digna, sucumbieron al vicio antes de que yo anunciara batalla. Porque cuando se despechó y se posó sobre mi cuerpo en aceite yo no supe qué decir salvo “Dios salve a la Reina”. “¿Eres británico?”, me dijo en un tono cordial; “No, soy de Gibraltar, un reducto que huele a aceite de oliva, a aceituna picual”, le dije, mientras me metía su mano mecedora en mi entrepierna presuntuosa.

 

Y sí. De aquellos barros estos lodos. O de aquellos roces estos salpicones. Porque al fin, y no porque yo lo hubiera requerido, el chorro que disparó mi glande volvió a su manantial original por medio de mi boca, que no daba crédito a semejante desbarajuste ante mis papilas gustativas. “¿Por qué no apuntas mejor?”, le dije a mi viejuna que ya amenazaba con cobrarme de más mientras analizaba visualmente mi glande; “¿Por qué no te corres menos, guapo?”, me contestó mientras utilizaba esa argucia como halago: “¡Joder! Cuánto te corres”. Que la vida del enfermo se finiquita cuando le halagan. O cuando le medican.

 

Y por cierto, el sabor no es tan molesto. Mucho peor el de la orina o la hez. Sin que esta última la haya probado. Cosas de los intereses personales, que son capaces de aceptar un chorrazo  de semen propio antes de querer dudar de los gustos de mis papilas gustativas.

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