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MOCHALES

La chica de la banda filipina

Hoy me he venido a tomar una botella de vino –Celeste, catalanes en la Ribera del Duero, a contracorriente- al lobby de un hotel cualquiera de cualquier cadena internacional. Pomposas camareras, vestidas como pre putas, así como una absurda exageración de luces, alfombrado, miembros de seguridad –su pinganillo ridículo los delata- que dan vida a ese teatrillo que es el lobby de un hotel. Al fondo las de recepción, acusando el tremendo cansancio de sus interminables jornadas laborales teniendo que aguantar a toda esta panda de harapientos sociales. Es casi la media noche. La tonta de turno me ha preguntado si quería dos copas para beberme mi Tempranillo. “¿Acaso ves a dos personas?”, le he contestado. Lo bueno de ser arisco casi faltando el respeto es que, como casi todo el mundo exagera su nivel de inglés, nadie acaba entendiéndote.

 

La típica banda filipina –no conozco un país que haya dado una media mayor de músicos por habitante con ninguno conocido u original- amenizaba la tranquilidad que generaba el salón del hotel con una retahíla de éxitos a cual más insospechado. Creí haber escuchado a Metallica –y eso que no había batería ni bajo ni cadenas- cuando de pronto sonaron los primeros acordes del Yesterday de John Lennon. El desbarajuste desembocó en Shakira. ¿Pagan las bandas filipinas derechos de autor? ¿Existe algún músico de aquel archipiélago con aptitudes para la composición original?

 

La verdad es que llegué a perder el hilo de ‘En la carretera’, la novela de viajes y frases cortas de Jack Kerouac que desde hace cuatro días me acompaña en mis horas lectoras. Porque, por muy poco profundo que sea el escrito, sí es cierto que la historia te llega a enganchar, pero no lo suficiente como para obviar a un tipo de color extraño –ni negro ni blanco ni marrón- con un crucifijo grueso sobre su camisa blanca, que golpea con violencia infantil un teclado que previamente fue programado como caja de ritmos. La guitarra que se desplegaba a lo largo de su cuerpo menudo siempre estuvo en fase decorativa. Como su bigote poco poblado de pescado de roca recién escamado.

 

Pero Lucy sí se merecía mi llamamiento. Aún más baja que el hombre-orquesta –eran tres en la banda: el que dirigía el cotarro, la misma Lucy, y una obesa cercana a la retirada-, aportaba el único toque sexual a la velada, gracias a un importante par de pechos así como a su cara, muy parecida a las de aquellas damas que te cortejan por dinero en los sitios previstos. Maquillaje extremo, gestos dolientes.

 

-No habéis tocado nada de los Beach Boys.

-No, señor –el filipino siempre muestra sus cartas con debilidad-; pero si quiere alguna le digo a mis chicos que volvemos.

-No quiero que volváis; como tampoco que me llames señor. Me llamo Rodrigo. Sólo quiero invitarte a una copa y charlar contigo. Tengo dudas que debes saciarme.

-¿De qué tipo?

-Sobre Filipinas… la música… este hotel… el jefe de tu banda… Por cierto, ¿por qué no tocaba la guitarra si la llevaba a cuestas?

-Me cambio y bajo. Yo vivo aquí, ¿sabes?

 

Descubrí con contundencia tres cosas a los escasos veinte minutos de que Lucy bajara: primero, que vivía con el hombre-orquesta y la famélica de voz mediana -¿qué tipo de intimidad se gasta cuando compartes una habitación de hotel con dos personas más?-; que era alcohólica, como yo –nada más bajar me rogó otra botella de vino la cual pasó a su hígado en más de un 70% del contenido en menos de media hora-; y que, ojo al dato, era puta. O lo disimulaba muy bien.

 

-Mira, yo no cobro por follar; pero en este hotel, donde ni puedo salir ni echarme pareja, donde me pagan una miseria por mi trabajo, y donde además tengo que alimentarme en un bufet odioso y repetitivo, sólo tengo una salida para ganar dinero más rápido: acostarme por pasta. No es que sea una puta; es que ya vivo casi como una de ellas.

-¿Te has tirado a muchos clientes del hotel?

-A algunos. Pero es difícil: los empleados del hotel me controlan.

-¿Y del personal? ¿Te has acostado con el director? ¿O el Chef?

-Mira… eso me lo guardo para mí. Pero te adelanto que esos no pagan en dinero; si acaso en vacaciones o filetes de ternera importados.

 

Llegamos a mi casa, ya que a Lucy no le quedaba más que el baño del lobby para generarme placer. Y yo no deseaba que la expulsaran de su propio trabajo-hogar. Al vino, por cierto, le metieron un sorprendente recargo de casi el 20%. China da asco. Sobre todo porque esa botella sería la mitad del sueldo de la sílfide que me atendió, con esa raja en la falda que llamaba la atención hasta a los ciegos.

 

-Si no eres puta debería follar sin condón, como hacemos las personas normales.

-Mira, yo no follo sin condón desde los doce años. Y menos con uno al que acabo de conocer que además se jacta de hacerlo sin protección.

-Yo no me jacto de nada. Tú eres la que te jactas de hacerlo con condón, desgraciada.

 

Mientras me recluía en mi oasis mental, Lucy se iba alejando del mismo. Resultado: dormimos juntos, sin abrazarnos, y sin practicar sexo hasta la mañana siguiente, donde retrocedimos a posturas iniciales.

 

-Oye, ¿y es verdad que follabas con doce años?

-Es la edad con la que me estrené. En Filipinas, y sobre todo en la gente de campo, es muy usual.

-¿Y lo hacías sin condón?

-Por supuesto: lo hacía dos veces cada seis meses, generalmente con el mismo chico, y no sabíamos nada de nada.

-Qué vicio, Lucy, qué vicio. Lo que no entiendo es lo del hombre-orquesta.

-¿Quién?

-El jefe de tu banda; un enano embutido en una camisa blanca de otra época con un inmenso crucifijo depositado sobre su pecho desnutrido de pelos. Ni canta bien, ni interpreta canciones originales, ni enlaza los temas calcados con orden, ni tocaba la guitarra, ni creo el teclado. ¿Es tu novio?

-No, es el novio de la gorda. Por eso no la echa.

-Y por eso ella ni se ha hecho puta ni asistenta del hogar. Porque vaya drama.

 

Mientras acercábamos posturas, discerniendo entre el bien y el mal, la oferté una solución apetecible: sexo oral sin condón por los mismos 400 yuanes que ya tenía depositados en su alforja. Y bien que me la chupó con gusto, dejando de lado su faceta de músico para meterse de lleno en el papel de meretriz. “Grítame palabras rudas. Dime puta”, me decía una Lucy extremadamente contenta por poder dormir lejos de aquella pareja siniestra de seudo músicos. “Sabes, me gustas. Pero a ver cómo te lo digo ahora, después de haberte cobrado”; “Nada, me devuelves el dinero, y cuando crezca el miembro te lo introduces dentro como el que no quiere la cosa”.

 

Se lo pensó. Pero su horario laboral esclavista le hizo marcharse a la carrera a eso de las doce de la mañana. Para terminar de joder la marrana, el hombre-orquesta la había realizado unas doce llamadas perdidas. “¿Estás segura de que no es tu amante?, le dije mientras me lavaba mi miembro en un lavabo que en China casi me llega por las rodillas; “No digas tonterías. Te espero en el hotel cuando quieras”, me contestó mientras casi cerraba la puerta; “Sólo una cosa: tocáis fatal. Se hace duro aguantar en ese lobby más de una hora”.

 

Cerró de un portazo. Sus pelos pintados de un rubio pared se podían encontrar a matojos por mi almohada. La misma no terminaba de oler bien. Pasé página rápido. Llamé al masaje de abajo. 

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