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MOCHALES

Cialis

Creadas para evitar separaciones matrimoniales prematuras y para solventar las maliciosas bajadas de bandera, la Cialis también ayuda a los alcohólicos como yo, que siempre deciden usar el cilindro cuando la noche termina, la mañana asoma, y el hígado es un pelele en manos de la botella de Yamazaki 12 años. Ayer también fue en esas extrañas circunstancias para el resto -que para mí son las normales- cuando tomé el doble de la dosis aconsejada: la pastilla entera. Dicen los expertos que con el alcohol no hace efecto, pero yo puedo asegurar que nada más lejos de la realidad. Por ello asumo que los de laboratorios Lilly deben ser de la liga abstemia. O algo peor. Aunque agradezco su aportación a mis noches de gloria, en donde uno recupera la moral del quinceañero que ni masturbándose siete veces al día podía llegar a bajar el hinchazón.

 

Mientras mi presa, una facilona que capturé con mi red de arrastre a eso de las cuatro de la mañana, se retiraba las suciedades internas y externas, yo me calzaba el pastillón con el último trago de mi querido güisqui nipón. Luego pasé al baño, donde me faltó poco para beberme las aguas pantanosas que había acumulado Erin en mi bañera, que mientras me secaba mi enjuague general sí que chupe la toalla, preludio del incendio que me vería dispuesto a apagar minutos después. Mi falo ya sufría los bienes del tratamiento en clara disonancia con lo que da el cuerpo humano. Temí por mi corazón.

 

Me centré en la contrarreloj individual, donde sin casco ni maillot –aunque en posición equivalente a las que cogen los ciclistas que se juegan el Tour- acoplé mi boca en la vulva de Erin usando sus magníficos huesos salientes como manillares de bicicleta. No hubo record de la hora porque la misma bici acabó desmontándose. Tanto pedalear, tanto desencajar mi lengua, y tanto introducir mi nariz, que la chica saltó sobre mi hombro, para aprovechándose de que yo me daba la vuelta tumbado sobre la cama, encajarse sobre mi miembro con una puntería tal que pensé que estaba soñando. Antes de comenzar a empujar recordé que en mi último lengüetazo hacia su pubis había llegado a traspasar todo mi alientazo a alcohol a su mismo coño. Trasvase de olores; porque mi boca apestaba a mi pastilla de jabón la cual supongo debió usar Erin para asearse ahí abajo.

 

Debo reconocer que sería frívolo aconsejar la toma de la dosis íntegra de Cialis. Porque aquello no bajaba ni cuando eyaculaba. Un auténtico escándalo. Y Erin, presa de un ataque de nervios, exigiéndome un pequeño descanso. Porque nunca había llegado a experimentar tales arremetidas sin un atisbo de final.

 

-Oye, ¿esto siempre es así?

 

-¿A qué te refieres?

 

-Llevas tres horas empujándome sin parar; te has corrido cuatro veces. Yo las otras veces que he practicado sexo la gente descansa entre polvo y polvo. A veces hasta dormimos. Incluso es usual sólo echar uno.

 

-Mira, yo sólo sigo mis impulsos. Y esto –señalando el falo- no me da coordenadas negativas, sino todo lo contrario.

 

-Pues yo te ruego que ceses. Antes me dolía aquí adentro –señalándose el bajo vientre- y ahora me duelen todos los huesos.

 

-Déjame una sola vez más, por favor.

 

-Misionero… y no aprietes mucho.

 

-Es que si no es así no puedo terminar.

 

-¿Quieres que te masturbe?

 

-Demasiado poco para mi fuerza centrífuga.

 

Viéndola dormir, como arrasada por un tsunami que la había arrastrado a treinta kilómetros de su casa, me puse a pensar en el desaprensivo que ha inventado semejante avance. Porque, repito, a dosis entera uno puede llegar a transformarse en la mayor taladradora de la historia de la Humanidad. Y no digo nada si este tratamiento rejuvenecedor cae en manos de un ex drogadicto; y que se mete dos, o incluso tres. Porque todo desprecio al discurrir legal de la naturaleza lo ha creado el hombre, con sus propias manos, que no son sus cerebros.

 

Luego me tuve que masturbar con porno japonés. En la segunda gayola ella despertó; pero volvió a dormirse cuando me vio con mi antebrazo izquierdo en plan arrollador. Sentí pena al pensar que podía haber tenido ganas de ir al baño y que se estaba conteniendo. Y que no se atrevió a mover ni un solo músculo, preocupada ante el animal con el que acaba de tener su sesión de sexo. Le vi coger el móvil. Pensé que estaba llamando a la policía. Finalmente estaba poniendo la alarma para al día siguiente acudir al trabajo.

 

-Oye, te dejo mi teléfono. Pero no me llames más que una vez al mes.

 

-O sea, que te ha gustado.

 

-Todos los excesos gustan; pero prefiero contárselo a mis amigas que vernos todos los días. No sé cuántas novias habrás tenido, pero yo no entiendo semejante despliegue.

 

La dosis de Cialis dura, al menos, dos días. Me acosté dubitativo, con el cilindro enrojecido y más grande de lo normal. Soñé que era bombero. Y que apagaba un fuego en un prado de la meseta castellana. Porque a veces sólo estoy tranquilo durmiendo. Incluso cuando tengo sueños violentos. 

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1 comentario

Martín -

Lo de la contrarreloj es la hostia.
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