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MOCHALES

De Playmobil

 

Jugaba de pequeño a cosas extrañas, tales como actualizaciones de etapas de montaña del Tour de Francia sobre las baldosas de mi casa que a modo de carretera imaginaria eran asaltadas por el centenar de coches de Guisval que siempre guardaba en una papelera. El Lancia Stratos, creo recordar, hacía las veces de Greg Lemond porque Marino Lerrajeta era un utilitario Seat que corría que se las pelaba. Por eso a mí lo de los Playmobil, muñequetes que se movían de manera cuadriculada, me parecía un aburrimiento extraordinario. Que lo que prefería era poner voces radiofónicas a aquel ascenso al Tourmalet antes que doblajes a unos Playmobil que sólo una vez horadaron mi infancia y acabaron con las piernas puestas en lugar de los brazos y viceversa. Salvajismo infantil. Mutilaciones.

 

Claire es una luxemburguesa que si no tiene sangre azul será por poco. Horchata seguro. Entablamos una charla amistosa que no cambió de tercio ni cuando amaneció. Al menos no se fue a casa. Vestida como una infanta, accedió a tomarse un café debajo de casa sin saber que en ese radio de mi cama me muevo como pez en el agua. Creo que fue algo así, tímido: “Ya que es de día podríamos seguir esta bonita conversación en mi apartamento tomando un té con pastas”.

 

Yo creo que a este tipo de personas les excita la vida monárquica. Té con pastas, me dije, cuando en casa lo único que almaceno es vino tinto, cervezas, Yamazaki 12 años y papel higiénico. Que aquella mañana no me quedaba ni agua. Aunque al entrar en casa noté que su trauma iba emparejado a una especie de ficción que le hacía creerse que los paparazzi la seguían. O algo peor. Porque sin pensármelo, y en la intimidad de mi techumbre, le toqué el trasero llegando hasta el cuello por mediación de la espalda mientras le mordisqueaba los riñones. Coser y cantar, como se dice.

 

Pero ya en el camastro, y tras descubrirla, noté cierta frialdad en su calentura, si es que todo el mundo se altera cuando se encuentra desnudo frente a una persona del otro sexo tras siete horas de amena conversación. Juro que convertí en matricula de honor lo que dicen los libros sobre follar: roces, tocamientos, lengüetazos, mordiscos, morreos, para pasar a: dedos juguetones, rodilla que busca aumentar el radio de algo, y pene que se introduce en lugar húmedo cuando con la rodilla fue imposible. Creo que conté hasta cien.

 

Porque al par de minutos noté que aquello no tiraba, como las motos que se calan en plena lluvia, como el niño al que le intentas meter la papilla y se cose la boca. Hasta se le secó. Y mira que me lo trabajé.

 

-Oye, ¿podrías moverte un poquito?

 

-Ya me muevo.

 

-No, te mueves porque yo te empujo; pero aún espero que tú tomes la iniciativa.

 

-Es que a mí me gusta así.

 

-¿Así?

 

-Sí, no me gustan los aspavientos.

 

Luego la saqué para volver al 99% de nuestra novedosa relación: la conversa.

 

-¿Tú tienes orgasmos?

 

-Claro.

 

-¿Y los esparces mediante gemidos?

 

-A veces.

 

-Joder, qué callada eres.

 

-No me gusta hablar de sexo.

 

-Pero si estamos desnudos tras haber detenido un polvo. ¿De qué quieres que hablemos?

 

-Lo has detenido tú.

 

-Joder, si no te movías; si no expresabas nada. Hasta me había asustado.

 

-Yo disfrutaba, pero como tú dices, no esparzo mis sentimientos.

 

-Déjame que te dé un consejo.

 

-Dime.

 

-Si notas que tu brazo izquierdo se te bloquea, que te late el corazón a la altura del codo creándote un fuerte dolor, sal a la calle y grita: ¡Tengo un infarto!

 

Y por primera vez esbozó una sonrisa. Que yo, aprovechando tal esfuerzo por su parte, corrí a introducir nuevamente mi miembro, corroborando que Claire, por mucho que la asedien, sexualmente hablando, ni siente ni padece. Cada tres minutos la cambiaba de posición, moviendo sus brazos y piernas con sumo cuidado, que como acartonadas extremidades cedían a mis ordenes creyéndome durante buena parte del acto que esa mujer era una muñeca hinchable. O algo peor: una figura de Playmobil.

 

No volveré a llamar a Claire porque me da un poco de miedo. Verla ducharse de espaldas al tipo que acababa de poseerla colmó mi paciencia.

 

-Es que me da vergüenza estar desnuda frente a un hombre.

 

-¡Pero si acabamos de follar!

 

Luego se colocó la toalla como esas actrices de Hollywood a las que nunca se les ve un pecho para pasar a enfundarse la ropa de manera artesanal-prodigiosa: sin quitarse la toalla, haciendo malabarismos, de opereta. Me besó en la mejilla –otra señal de un hasta nunca- y se marchó de casa quién sabe si más satisfecha que los siete enanitos tras pasar la tarde con Blancanieves. Todavía noto cómo le movía los brazos, reposándolos lentamente en la almohada, como esos esforzados fisioterapeutas que intentan sacar partido de los parapléjicos que nunca sospecharon de tan penosos futuros. 

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Trauma

 

Conocí a Renata la semana pasada, exactamente el viernes, cuando su aliento a gin-tonic terminó por dominar mi boca. Fueron horas de morreos en donde llegamos a tal punto que casi creí tener novia. Luego se vino a casa, como si nada, desnudándose al cruzar el umbral de la puerta y metiéndose bajo mis sábanas sin ni siquiera ducharse. No sé, no es que haya caído devorado por una secta de ultra limpiadoras, pero es inaudito que en pleno calor camboyano, orinando litros y litros de copas sobre váteres anegados de suciedad, con vaqueros ajustados, y empapada como una bayeta, no cayera en la cuenta que uno cuando desea realizar sexo oral no debe nunca verse obligado a pillar venéreas en las encías.

 

Huelga decir que me mantuve quieto sobre el camastro, aparentando el distanciamiento clásico que se generan en las parejas tras nueve años de relaciones cuando aún casi ni le había visto las tetas. Debo reconocer que yo tampoco me duché. Pero es que uno contiene tantos litros de pudor que no quise con mi enjuague corporal obligar a Renata a hacer lo mismo.

 

Tras una hora de conversaciones decidí posarme sobre ella. Fueron quince minutos de trasiego en donde brotaron por mis poros la botella de vino bebida en la cena y la media de ginebra más las siete tónicas en lata. Por culpa de los cigarrillos me vi obligado a toserla en las tetas al menos un par de veces. Pero tuve que parar.

 

-¿Te has corrido?

 

-Dos veces. Me ha encantado. Pero, ¿y tú?

 

-Yo es que me encuentro cansado.

 

Y así hasta la mañana siguiente, donde volví a posarme sobre Renata la cual llegó a su clímax otras tres veces. Yo, no sé si por falta de fuerzas o de concentración, dejé pasar otra oportunidad de derramar lo esperado. Pero esta vez, y cuando al fin nos duchábamos, se levantó una polémica de tal calibre que ríete tú de los arbitrajes en los Madrid-Barça.

 

-Oye, si no te corres debe ser porque no te gusto.

 

-Si no me gustaras no se me levantaría.

 

-Ya, pero algo ocurre.

 

-No sé, prueba a ver con la mano. A lo mejor hasta…

 

-Yo quiero que te corras dentro, no en la sábana.

 

Y luego dicen que somos diferentes cuando somos tal para cual: tanto a hombres como a mujeres nos gusta corrernos dentro y tanto Renata como yo practicamos sexo sin pasar por el tren de lavado, a lo animalesco.

 

-Me imagino que tomarás la pastilla.

 

-Eso se pregunta antes.

 

-Aunque claro, si con cada tío que conoces le pides que se corra dentro probablemente necesitarás otras pastillas… ¿antivirales tal vez?

 

-¡Y tú! ¿Es qué soy la única a la que se la has metido sin condón en el último lustro?

 

-Creo que me estás generando un trauma. No pude correrme y esto se está complicando.

 

-A mí es la primera vez que me ocurre.

 

-¿Preferirías que me corriera a los treinta segundos? Si hubiera sido así tú no habrías tenido dos orgasmos la pasada noche y tres esta mañana.

 

-Cambio tres de ellos por haber sentido como me chorreaba tu semen por dentro. Debes saber que las mujeres necesitamos esto.

 

Luego fuimos a comer, volviendo a casa de manera sorprendente –no recuerdo la última vez que una moza duró tanto a mi lado- y cayendo en la cuenta que lo que yo padecía era un auténtico trauma.

 

-Vamos a ver, ayer noche estabas borracho y cansado: lo puedo comprender; esta mañana podías estar resacoso y dormido: podría darlo por valido; pero esta tarde, después de comer copiosamente con agua con gas y zumo de naranja recién exprimido, es absolutamente incomprensible que no te hayas podido correr.

 

-Me has creado un trauma. Prueba con la boca.

 

Y probó. Pero al posarme volví a perder la concentración que creí recuperarla cuando cerré los ojos y soñé con que Renata era mi chica de la limpieza, una gorda poco estimulante; que la paradoja de la vida es perder la lívido con quien sientes y tener extrañas ensoñaciones con gente extraña incluso familiares. Lo malo fue que segundos antes de correrme pensando en mi asistenta, Renata me obligó a mirarla a los ojos. Y la verdad, no era nada fea, incluso bastante guapa.

 

Luego fuimos a cenar, bebiendo poco vino y regresando a casa como esos yonquis que no cesan en sus visitas a los barrios más complejos de las ciudades, donde a falta de pan buenas son bolsas. Pero antes de que me irrite recordándolo, aquello parecía un pastelero intentando montar nata y que no. Probé tres veces, porque erección nunca me faltó; pero lo que es correrme, nada de nada.

 

A la mañana siguiente, ya sin querer follar, Renata dejó mi hogar que había usado como propio durante un fin de semana. Me besó en la mejilla, como besan las mujeres que sabes que nunca más te volverán a llamar, y me dio la espalda para coger un ascensor convertido en centrifugadora de imágenes. A los tres minutos yo hacía lo mismo, con la camisa sin abrochar, poseído por una duda: ¿es que realmente ya nunca más podré correrme? La catorce entró en el habitáculo y removió mi toalla. A los tres minutos tuve una erección. Y a los nueve ya me había corrido. Porque donde se ponga un masaje con aceite que se quiten todas las amantes del mundo. Y manual, que es la manera más certera de exprimir el fruto. Le di su propina y volví a casa realizado, como los toreros que salen por la puerta grande, como los que aceptan que a los cuarenta el vicio está sólo y únicamente en la mente. Y pare usted de contar. 

Torniquete

 

Yacía la otra noche sobre los brazos de una cualquiera –y llamo cualquiera a todas aquellas de las que pasadas dos semanas no recuerdo su nombre- cuando en medio del inmenso placer –tocamientos, besazos, manoseos- se nos presentó un dilema. O al menos a mí.

 

-Tengo la regla.

 

-Me da igual.

 

Una de las mayores desgracias del hombre es cuando quiere seguir siendo animal. Eso de contestar sin pensar, como si estuviéramos en la última pregunta de esos estúpidos programas de televisión que sortean coches a los que sólo pagar los impuestos para poderlos utilizar nos causan una ruina inmensa, suele generar errores de dimensiones insondables; como cuando contestas sí, a la carrera, sin haber terminado de analizar la oferta que consistía en pasar un fin de semana en casa de la suegra y con la suegra.

 

-Me encanta que te dé igual. A muchos hombres les pone.

 

“No sé”, contesté, mientras horadaba la zona aún no visible –me encanta follar a oscuras- que al dar la luz emergió una especie de operación a corazón abierto con mi mano derecha sacando vísceras y ella, tócate los cojones, gimiendo. “Un asesinato de manual”, me dije en voz baja, mientras pensaba en esas probabilidades matemáticas que te pueden llevar, en medio de un acto sexual, a ver como tu contrincante fallece por parada cardiorrespiratoria –cardiopatía heredada, drogas, demasiada emoción- mientras la sangre brota y los de atestados se acercan con la esposas y una mala leche de la hostia. Pero antes de que la pistola se convirtiera en juguete de plastilina decidí penetrar. Y la verdad, no puedo jurar que sintiera nada extraño, salvo que al eyacular y sacarla aquello tomó dimensiones periodísticas: ella riéndose –resulta que hay señoras que al tercer orgasmo, o eso dijo, se parten el culo- y yo achicando sangre, que unido al chorrazo de semen, parecía tomar vida en forma de torrente tras una tormenta de verano de dos fallecidos y cuatro desaparecidos.

 

-Es que es mi primer día. Y la verdad, sangro bastante.

 

Uno no pide poesía medieval cuando acaba de depositar lo suyo. Si acaso silencio o caricias. Pero hablar de datos sanguinolentos cuando la sábana ya estaba perdida no fue, podríamos decir, la mejor manera de plantar los cimientos para una supuesta relación duradera. Al meterme en el baño, además, noté como ella me seguía, cual ternerillo tras la teta de su madre, momento complejo que terminó por tocar techo cuando se colocó delante de mí y justo bajo el chorro de la ducha. “¡Torniquete!”, grité.

 

-No te alarmes. La sangre brota con más fuerza si la bañas en agua.

 

-Es que yo me mareo.

 

-Pero yo creía que te ponía hacerlo con el periodo.

 

-A mí lo que realmente me pone es hacerlo.

 

-¿Entonces no te pongo?

 

-Huele extraño.

 

Creo que no habían pasado quince segundos y ya se había secado; a los veinte tenía el tampón obstruyéndole la herida; y al minuto y poco salía vestida por la puerta de una casa que apestaba a matadero. No hubo tiempo de detenerla. Y si lo hubo, no lo tomé demasiado en cuenta. Luego oculté las pruebas, escondiéndolas en una lavadora que pasó a ser tan culpable como yo, atestando de jabón el cajoncito además de volcando catorce litros de suavizante. Por supuesto a las dos horas no quedaba rastro de sangre, aunque sí siete metros de espuma de jabón que al abrir la puerta convirtieron la cocina en una discoteca de Lloret de Mar en pleno agosto. Luego sonó el teléfono. Era un mensaje: “Eres lo menos caballeroso que he conocido nunca”. No contesté pero si lo hubiera hecho habría escrito lo siguiente: “Sólo espero que mi actitud poco caballerosa haya cortado esa herida. De pronto”. Muchas veces un hombre se plantea ser mujer. De hecho llevo lustros meando sentado, un placer insondable. Pero eso de sangrar de manera violenta no termina de convencerme. De hecho preferiría vivir preñado. Por los siglos de los siglos.

Asilo y lavavajillas

 

Fue al lavarme los dientes. Serían las ocho de la mañana y quedaba una hora para que volviera Wanglu, una masajista de cincuenta años natural de Sichuan que se gana la vida haciendo masajes en Hong Kong. Quede aclarado por adelantado que sus masajes traspasan la línea de lo que un fisioterapeuta jefe exigiría a sus empleados. Pero este párrafo quería advertir de un hecho curioso en su primera frase: al terminar de enjuagarme la boca, descubrí unos restos de dentífrico en las comisuras de la misma que pasé a retirarlos con agua del grifo, aprovechando para rociarme de un jabón que resultó ser lavavajillas. Lo peor del caso, el estruendo absoluto, la vergüenza ajena, fue que cinco horas antes había usado el mismo fregaplatos a modo de champú tras un violento vuelo que me trajo desde el hemisferio sur al hemisferio norte. Cincuenta horas de vuelo previas a mi último embarque del día siguiente hacia casa. Y no sé si por el cansancio o por la edad, acabé tomando una decisión oscura: alargar la noche pensando que iba a aguantar despierto tras una nueva ingesta de cervezas que a cada sorbo se hacían más complejas.

 

A las tres de la madrugada –cuatro horas después de haber aterrizado- me encontraba pagando la cuenta en un bar de mala muerte donde nunca llegué a distinguir a las empleadas de las clientas, y a éstas de las meretrices. Y como el primer hotel donde pregunté estaba lleno y el segundo cobraba la módica cifra de 400 euros por una habitación, tomé una decisión con carácter irrevocable: empotrarme en una casa de masajes con la idea de fallecer hasta el amanecer del día siguiente. Con o sin permiso. En una camilla aceitosa. La cuestión: superar el jet-lag que se avecinaba.

 

Probé en tres de ellos saliendo de los mismos ante el ramillete de dudas que persistían en el ambiente: en el primero olía a orina, en el segundo la señorita estaba medio calva, y en el tercero la masajista se me presentó directamente en bragas; que no es que uno no desee ser aliviado en las ingles, sino que lastimosamente tras tanto castigo aéreo prefería un masaje normal que me desencajara las rodillas, los gemelos y mi espalda, convertida en cesto de mimbre. Pero a la cuarta encontré destino.

 

-Necesito un masaje y quedarme a dormir.

 

-¿Cuánto tiempo?

 

-No sé, al menos cuatro o cinco horas. Es para hacer tiempo hasta el siguiente vuelo.

 

-De acuerdo. Pero todo serán sesenta euros.

 

El precio era lo suficientemente módico como para aceptar, quedándome la duda de un arrepentimiento por su parte en algún momento de la noche. Pero arriesgué, antes de perecer en alguna calle del barrio de Wanchai o de ser arrastrado escalera abajo por alguno de los muchos tugurios de una zona que concentra a lo más desatado de cada hogar.

 

Nada más cerrar el acuerdo, Wanglu me llevó al habitáculo más lejano de la puerta. Había tres y estaba sola. Quiero decir, solamente ella dando masajes o lo que fuera. Algún cliente la esperaba tumbado bocabajo, con una toalla mal puesta tapándole un trasero sin calzón. Nada más advertirme –“Espérate aquí sentado. Vuelvo en veinte minutos”- marchó, brotándome una duda más que evidente: ¿cómo iba a volver en veinte minutos si los masajes duran entre hora y hora y media?

 

La respuesta me la dio ella misma, cuando salió de la habitación de enfrente casi como la niña del exorcista, que aun sin mover la cabeza a modo de tuerca desenroscándose sí que echaba espuma por la boca. O algo parecido. Lo que fuere lo volcó en el lavabo que descansaba dentro de la ducha y ésta a su vez dentro de una cocina incrustada en un pasillo. Así son las casas en China, incluida Hong Kong, salvo que sobresalgas de la media y acudas a este tipo de zulos sólo como cliente.

 

El cliente, posiblemente europeo, cerró la puerta y allí que me quedé con una Wanglu que se lavaba los dientes en clara advertencia de que aquello que le habían endosado iba a ser lo que parecía ser. Luego consiguió abrir la boca.

 

-Dúchate, por favor.

 

-Sólo quiero masaje. Es que mañana mi pareja podría pedirme explicaciones por la falta de semen tras tres semanas de viaje.

 

-¿Sólo masaje?

 

Mientras le aseguraba que no quería más, pasé a ducharme en un delirio de placer en donde no supe hasta el día siguiente que me había lavado el pelo con su lavavajillas. Luego me secó el pelo con un secador y me frotó el cuerpo con una toalla dignamente áspera. Antes de volcarme en el camastro, le exigí que cerrara la puerta de casa, llegando incluso a apagar el luminoso exterior, hecho éste que impidió que otros transeúntes, interesados en un neón sospechoso, tocaran el timbre.

 

-Termino contigo y te quedas aquí. Yo tengo que ir a casa. Dame tu número de pasaporte y págame. Confío en ti.

 

Me dejó frío. Estupefacto. Aunque inmensamente dichoso: una masajista de muñeca tonta iba a darme un masaje estrictamente profesional para luego dejarme a cargo de sus paupérrimas instalaciones. El masaje, por cierto, penoso; que cuando una vuelca todo su esfuerzo en el orgasmo ajeno no desperdicia el tiempo en los tendones que se montan, en las rodillas que crujen solas. Y claro, volver por el camino andado no es tarea fácil.

 

No conseguí dormirme. O eso creo recordar. Los horarios varios daban vueltas en mi cabeza y ya no sabía qué día era ni mucho menos si debía comer, cenar o desayunar. Y como les decía, al ir a lavarme los dientes comprendí que había menospreciado a mi evidente caída del cabello con unas frotadas de lavavajillas. Luego me peiné, hice la camilla, la cual dejé como estaba, y cerré la puerta de una casa de masajes diurna donde la noche trae nuevas ofertas y la madrugada auténticos milagros en forma de hospedaje a precio de puta. El portero, un hongkonés de aspecto desagradable y ceño eternamente fruncido, se quedó sorprendido por mi salida.

 

-¿De dónde viene?

 

-De casa.

 

-¿De qué apartamento?

 

-De casa de Wanglu.

 

-¿De casa de quién?

 

Y allí lo dejé. Con la eterna duda. Porque hubiera sido harto complejo tratar de explicarle que acaba de despertarme solo, en una casa de masajes, con el pelo brillante del limón del lavavajillas, y que además, no había sido aliviado en mis bajos instintos.

 

A Wanglu le dejé una nota preciosa: “Gracias por tu hospitalidad. A la próxima, paja”. 

Melannie Thomas

 

Fueron trece horas de ensueño en una pesadilla de viaje que salvo por el aterrizaje fue un supino coñazo. Por el aterrizaje y por el constante roce de mi rodilla izquierda con diversas partes de su cuerpo. Porque la azafata Melannie Thomas acudía en mi ayuda cada vez que cruzaba ese pasillo asediado de carroña social, de piernas colgando, de cabezas descolgadas, de cerebros sin usar. El de mi derecha, que había enterrado su vida y la de su mujer, generaba jolgorio gracias a que debía atender cuatro bocas: las de sus cuatro vástagos, más madera para la máquina del mundo, que antes de hacerse hombres hay que darles de comer y permitirles que se expresen porque sí. Luego estaban unos japoneses, delante, ofuscados porque los de su fila anterior habían echado sus asientos hacia atrás. Lo de siempre: moléstate por lo que hagan los demás cuando tú querrías hacer lo mismo. 

 

Pero Melannie transitaba como un tractor para el resto y como una amapola para mí, con sus piernas de roca firme y su olor, qué olor, que como el humo que esparce un autobús de línea se me quedaba atrapado en mis fosas nasales. Me hacía el dormido o me quedaba traspuesto y siempre mi nariz palpaba aquel milagro, que aunque proviniera de un tarro de perfume, no dejaba de avisarme del casamiento real entre una marca de colonia y su piel, ardiente; un experimento digno de ser abordado fuera de aquella aeronave que apestaba a humano y a bandejas de comida recalentada. Y en ese instante me regaló una frase.

 

-¿Pollo o pasta?

 

-Ternera.

 

-¿Cómo?

 

-Era broma. Pollo… poco hecho.

 

-Eres muy bromista, ¿no?

 

-Qué va. Sólo reacciono a tus muslos. ¿Sabes que me has rozado doce veces desde que hace un par de horas comenzó este vuelo?

 

Luego llegó el imbécil de turno; el que le precedía: un enano uniformado con edades cercanas a la jubilación, que haciéndose pasar por moderno me exigió una bebida. Craso error.

 

-Primero una Sapporo; y a la vez una copa de vino tinto. Además, y para amortiguar, un vaso de agua.

 

Suele pasar. La gente se apiada de los jorobados pero nunca de los alcohólicos, a no ser que sufran de chepa. Y por ello yo tuve que aguantar su falta de regla, su rigidez mental, su soberbia mileurista, su constante embriaguez mental.

 

-Sólo puede pedir una consumición alcohólica.

 

-¿Por qué? Justamente soy alcohólico.

 

-Esto no es una barra libre.

 

-Pero tú sí pareces un mediocre.

 

Casi nos acaban separando. Porque Melannie no apareció hasta que el puto padre bastardo de mi lado izquierdo se levantó en defensa de sus hijos. Que así son los americanos: “Si no cesáis os denuncio”. A diez mil metros de altura. El niño gordo, seguramente el de mayor edad, aunque nunca se puede llegar a saber por la complejidad de la alimentación que reciben, me señaló con el dedo índice. Un dedo índice posiblemente repleto de mocos hurgados con esa desgana que demuestran los que se arriman una falange sin saber siquiera lo que desean sacarse. Luego llegó Melannie Thomas, que seguía oliendo a gloria.

 

-¿Qué desea?

 

-A usted.

 

-Perdone, esta familia ha presentado una reclamación.

 

-¿Por?

 

Luego retrasé mi ataque. Hasta que Melannie volvió a su cubículo y cuando ese padre paria cayó en un sueño profundo, probablemente el mismo que le mantiene erguido ante un  drama de inequívoca solución: buscarse un abogado, un psiquiatra o unas vacaciones de solanas.

 

-Sabes a güisqui.

 

-Y tú a vino.

 

-No lo decía para atacarte, sino para halagarte. 

 

-Y yo.

 

-En tu uniforme dice Melannie.

 

-En el tuyo no dice nada.

 

-Porque no es un uniforme. Me llamo Rodrigo.

 

-¿Para qué vas a Atlanta?

 

-Busco la fórmula de la Coca Cola.

 

-Y yo. Por la estratosfera.

 

-¿Puedo preguntarte algo?

 

-¿El qué?

 

-Son dos preguntas.

 

-Tira.

 

-¿Cuántos años tienes?

 

-51. La segunda.

 

-¿Me puedes dar más vino tinto? El idiota de tu compañero, el enano, no me hace caso cuando le pido para beber.

 

-Aquí tienes.

 

Luego la morreé a degüello. A tornillo. Casi le parto la nuca. La abrace como sólo se abraza a no sé cuántos miles de pies de altura a una cincuentona que olía a milagro. Sus pómulos, con importantes cantidades de lunares, sabían a sal marina; y su cuello, de envergadura poética, con una vena saliente y una piel de cerámica, fue chupeteado por mi lengua de trapo; que de tanto beber vino y cerveza, respirando lo que echaban por las bocas cuatrocientos pasajeros, soñé que era infectado de gripe aviar.

 

Desde el beso, Melannie pasaba junto a mí flotando. Levitaba. Había crecido como mujer. Se sentía realizada. Y, cómo no, seguía rozándome con sus piernas, que como mensajes en el buzón de voz me mantenían despierto, al acecho. Y al ver como todos dormían volví a la cola del avión con las ganas exactas de asaltarla.

 

-Me encanta besarte.

 

-No sé por qué hago esto.

 

-Déjate llevar. La monotonía está para saltársela.

 

-Seguramente… pero que no me vea nadie, por favor.

 

-No te preocupes. Aunque antes de que aterricemos y no te vuelva a ver necesito dos cosas. La primera: tu apellido.

 

-Thomas.

 

-Es que me encantan los apellidos, con mucha más personalidad que los nombres. Y la segunda: ¿pasarías al baño conmigo?

 

-Ni por tres millones de dólares. ¿Es que quieres que me echen?

 

-Yo sólo quiero poseerte. Acabar lo comenzado. Ver como te estalla esa preciosa vena que se te sale del cuello.

 

-Te doy más vino y te vas, por favor.

 

-Me encantas.

 

A la hora aterrizamos, comenzando a salir la horda de gentuza hasta que me volví a encarar con ella.

 

-Te quiero.

 

Creo que tembló. Y su vena del cuello latiendo a toda velocidad. El enano me miró extrañado. Y en ese mismo instante uno de los niños de la familia paria estadounidense, por correr más de la cuenta, se caía de boca y se partía la barbilla contra el suelo. La sangre manaba y sus progenitores ayudaban a que todo aquello tuviera peligro de inundaciones con unas lágrimas tan penosas como violentas. Nunca más volveré a ver a Melannie Thomas. Aunque debo reconocer que llegué quererla. Un poco, al menos.

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Un paseo por las nubes

 

Phnom Penh, diez de la noche. El baño del Zeppelin apesta. Hasta allí he llegado con Michelle, una becaria francesa que debe perder seis meses de su vida leyendo estúpidos correos en la embajada de su país para así poder justificar la carrera que acaba de terminar en Paris. Michelle tiene veinticuatro años y una pureza que corrompe, que cuando es bien manoseada vuelca un flujo apetitoso que la edad lo transformará en insufrible. Habla un inglés penoso por ese patetismo francés de aún creer que su lengua es primordial y gasta un vicio directamente proporcional a sus ganas de comerse la vida. “Fóllame en el baño”, me dijo mientras tiraba de mi brazo izquierdo, próximo al infarto.

 

El acento francés es al sexo lo que la lengua jemer a la abstinencia. Que es sólo oír una palabra en francés, que por no saber su significado podría ser hasta ‘asesino’, y marchar corriendo a un lugar recóndito donde dar rienda suelta a mis vicios interiores, ayudado por el eco de un vocablo que pasa a la historia en el mismo momento que mi cuerpo se retuerce, sudado y sentado en una taza de váter cualquiera, como la del Zeppelin, donde posé a cuatro patas a una Michelle que para ayudar al orgasmo rápido gemía en francés. Un día le pedí que me cantara La Marsellesa y lo hizo. Estuve votando tanto sobre ella que creí ver en mí a uno de esos personajes anónimos que lucharon por la libertad de un país que hoy debería salirse de tantos encorsetamientos para matar a una democracia díscola que da demasiados derechos a los que andan torcidos.

 

Me corrí dentro porque aún toma la pastilla, ya que la relación con su novio, que la llama cada noche por Skype, se mantiene en un bochorno que un día volcará su tormenta sobre ambos, por muy lejos que anden el uno del otro. “¿Qué piensas de la fidelidad”, le pregunté; “Calla y vístete”, me dijo, mientras se subía sus diminutas bragas, blancas y casi transparentes.

 

Phnom Penh, once y media de la noche. Walkabout es un bar de Phnom Penh donde se acumulan despojos de meretrices y turistas maltratados por la vida. Michelle y yo fuimos allí a continuar nuestro paseo por las nubes, desovando nuevamente en un baño que éste sí, contenía una importante particularidad: su puerta era ventilada por aperturas en sus partes alta y baja, lo que ayudó a que el concierto de gemidos y empujones sonará a cierta distancia del lugar de los hechos. Al salir, dos putas se maquillaban lo que les quedaba de rostro transformable, cuando un golpe de olor sexual nos acompañó en la salida. Ambas rieron y Michelle se posó en medio de ellas para colocarse una melena que parecía una peluca desconcertante. No nos aplaudieron pero casi. Al volver a la barra las cervezas ya estaban calientes, aunque bastante menos que nosotros.

 

Phnom Penh, una de la madrugada. Red Apron es un bar de vinos de exquisita presencia que juega con el dinero de los expatriados que ejercen su derecho a sentirse dueños del mundo acumulando en sus hígados botellas que en sus lugares de origen serían de imposible consumición. Parias trajeados, putas que aún no saben que lo son, camareras impecables, y una pareja más que resultó que acabaron follando en el baño, por tercera vez en una noche de cerveza y vinos donde el Cialis ayudó a que la gesta fuera consumada.

 

-Tus erecciones son cada vez más grandes.

 

-Me he tomado media de Cialis.

 

-¿En serio? Eso es hacer trampa.

 

-¿Trampa? Trampa sería llevarte a tres baños y no poder follarte u ocultar lo que te estoy confesando. Y además, ¿tú querías follar, no?

 

-Sí, llevas razón. Yo también voy dopada con la pastilla anticonceptiva.

 

-Menos mal. Porque ya van tres.

 

-¿Podrías una cuarta?

 

-Creo que sí. Pero ya no quedan bares. O casi.

Un apartamento moderno

 

La modernidad es a la eficacia lo que una carretera de siete alturas al progreso. Y molesto que ando por todos estos vaivenes de la vida en donde para vivirla hay que empotrarse en un apartamento de un solo ambiente en donde cocina, cagadero, ducha, frigorífico y camastro quedan mirándose los unos a los otros, como si aquello fuera un almacén en vez de un supuesto hogar.

 

Madeleine, fogosa muchacha de Alberta, Canadá, reside en el dichoso apartamento donde he pasado tres días de ajetreo por eso de no terminar de dejar de lado un asunto que cada día me es más cerebral que físico: el sexo.

 

Polvos contenidos, otros a deshoras, algunos mañaneros y los peores, los que te obligan a dar lo máximo para acabar haciendo lo mismo: correrte. Que estos últimos deberían llevar doble premio (dos orgasmos) por el maquiavélico esfuerzo que requieren, con comidas vaginales de par de cuartos de hora y penetraciones esforzadas hasta el límite del Kama Sutra y el aguante de mi caja torácica.

 

Y que todo esto está muy bien: lo de follar y sentir el abrigo de alguien; pero lo que es sencillamente insoportable es que el baño esté incrustado junto a la cama y que no solamente la ducha sea bien visible sino que hasta el váter ande sin puertas, que cuando te sientas a mear –yo es que orino como las señoras- ves a la muchacha de cara, que sin llegar a ser un problema es una sonora advertencia: y cuando tenga que cagar, ¿qué?

 

Tres días en celo. Que para ayudar a esquivar el desmayo nos pusimos como cerdos en restaurantes ayudados por litros de cerveza y diversas botellas de vino que como todos sabrán no suelen quedarse en el vientre cosa de dos semanas.

 

Así que la última noche, y tras volver a descoser a la chica, posé mi cabeza en la almohada notando turbulencias intestinales. La confianza suele ser falsaria, porque para follar no te sonrojas pero sí para tirarte un pedo, por lo que hice movimientos compulsivos con la idea de evitar un concierto que podría haber molestado a mi pareja. Luego conté los días que llevaba sin defecar y me temí lo peor.

 

Comprendí que se había dormido –llevaba medio minuto introduciéndole dedos en una vagina convertida en desecho de tientas y seguía roncando; que las canadienses como casi todas las occidentales roncan- cuando me tiré de cabeza a un váter al que imploré colaboración. Al primer intento cerré las compuertas ya que corroboraba que antes del desalojo llegaban una suerte de ventosidades que podían despertarla. Así que hice un milagro: cagar con el ojete cerrado, el cual sólo abrí cuando aquello ya era una evidencia de peso.

 

Sonó al caer, para que vamos a engañar a nadie; pero fue tal el tsunami de paz que creí haber dado a luz. Miré hacia abajo y comprendí que el lastre soltado debía ser el 100% de lo almacenado. Pero al limpiarme -¿y a quién no le ha pasado esto antes?- el intestino volvió a vomitar llegándose a amontonar la mierda en un váter que ya no parecía el mismos de antes. Todo el papel usado, que no fue poco, andaba intercalado entre la mierda como las capas de pasta en la lasaña. Podría llegar a reconocer que aquello, por muy poco, no rozaba mis glúteos. Pero claro, ¿quién va a dudar del funcionamiento de los apartamentos de hoy día, todos de corte moderno?

 

Sólo tiré una vez de la cisterna. Y fue suficiente. Una especie de remolino de agua atacó al desaguisado perdiendo la pelea el líquido elemento que empezó a trepar por las paredes del váter a una velocidad extrema. Por supuesto reaccioné valientemente cerrando la tapa del váter, que además ayudó a dejar de expulsar una peste a mierda inmunda que ya recorría cada centímetro del apartamento.

 

Creo que me confié. Porque de seguidas abrí la ducha pensando en la caballerosidad consistente en no meterte en la cama con una señora con el ojal regular. Pero cuando mis antebrazos se abrazaban al agua mi pie derecho fue alcanzado por un líquido marrón, que como no, salía de un váter que había terminado de perder la batalla.

 

Lo primero que hice fue apagar la luz, como si la mierda flotando y el nefasto pestazo pudieran llegar a desaparecer. Luego me lavé los pies y me los sequé para pasarme por el camastro y cerciorarme que Madeleine seguía dormida. Creo que hasta recé por ello.

 

El móvil me sirvió de linterna y allí yo de fontanero metiendo las manos hasta lo más lejano del orgullo de un hombre con la única intención de que aquello se desatascara. Hubo un momento que si la muchacha llega a despertarse, habría pensado que la coprofilia era mi deporte favorito habiéndome sugerido que es mucho más creativo el hacer figuras de arcilla, ya puestos de heces hasta los codos.

 

Nunca me había acercado tanto a mi misma mierda. Tiré hasta cuatro veces de la cisterna. Lloré, eso seguro, intentando que mis plegarias llegaran a no sé cuál Dios, cuando yo siempre anduve demasiado alejado de santos y parecidos. Finalmente aquello cedió y antes de saltar de alegría, aticé la escobilla por cada resquicio de esa ladera marrón del váter para luego quedarme cuatro horas bajo la ducha, con las manos ahogadas en jabón y unas arrugas en las yemas de los dedos que habían hecho de ellos un envolvente desierto lunar.

 

Quedaba poco para amanecer cuando Madeleine se levantó sorprendida y me preguntó qué me pasaba.

 

-Tenía calor.

 

-Si está puesto el aire. Bueno, no importa. Yo voy a cagar.

 

Y allí que me quedé yo, frustrado de no haber defecado como ella, de manera transparente, mientras comenzaba a notar que un denso tufillo iniciaba su expansión a lo largo y ancho del apartamento.

 

-La cisterna va un poco mal –le dije.

 

-A mí nunca me ha fallado. Por cierto, llevamos tres días juntos y no te he visto ir al baño. ¿Sufres de estreñimiento?

 

-No, cagué esta mañana. Donde el café.

 

-Ah. Ya me parecía extraño.

 

Luego me obligó a hacerle el acto. Y debo reconocer que a fin de cuentas tuve hasta suerte. Lo malo fue cuando en la posición del misionero comenzó a chuparme los dedos. Que digo yo que tras semejante afrenta a mi dignidad algo habría quedado entre las uñas.

 

-Lávate los dientes –le comenté.

 

-¿Me huele el aliento?

 

-No, qué va. Es sólo porque lo iba a hacer yo; para echarte dentífrico, ya que estamos. Es que soy un caballero. 

Una alcohólica en el sofá

 

Se llamaba Red, como homenaje al Red Apron, bar de vinos de clase palpable donde trabajó hasta el día que la echaron. “Me pillaban bebiendo y me castigaban; luego me perdonaban. Pero todo se complicó cuando comencé a llevarme botellas a casa. Y que conste que elegía las más baratas, para no hacer mucho daño a la empresa”.

 

Red, tumbada en el sofá, contoneaba una soberana copa de Oporto, un vino escasamente aceptado por buena parte de los consumidores de zumo de uva fermentado por la sencilla razón de su alta graduación, mientras hacia gala de su drama: ya no queda bar en Phnom Penh donde la puedan contratar, debido a su fama de alcohólica con trazos de cleptomanía. “Llegaron a verme beber los culos de los vasos. Yo me presentaba voluntaria cada noche para limpiar todas las copas volcando esos restos en una jarrita que luego me servía de deleite”.

 

A Red le pillé el teléfono una de esas tardes que visitaba el Red Apron. Debía dárselo a todos, hecho que me confirmó tumbada sobre mi sofá en plena desnudez. “Siempre daba mi número a los que más bebían, como es tu caso, para que cuando me invitaran a salir supiera que podría dar rienda suelta a mi alcoholismo”.

 

Red me reconoció que se pensó lo de hacerse puta, por eso de que la invitaban a beber y además podía sacarse unos buenos cuartos; “pero lo deseché cuando descubrí que hay otro tipo de prostitución, mucho más limpia y segura: fingir noviazgos con señores como tú que me ponéis de vino hasta las cejas”, me dijo, mientras se rastreaba en su vagina, seca como la mojama.

 

“Sí que es cierto que cada vez follo más y a su vez tengo menos orgasmos. Esto de beber cada día me está bajando la libido. ¡Hasta tengo que usar geles lubricantes!, cuando antes me mojaba sólo al instante”. Ayudé a que se consagrara como una enferma cuando le ofrecí ayuda.

 

-¿Serías capaz de follar conmigo sin condón hasta el final por un par de botellas de vino de alta calidad?

 

-Sólo si me prometes que estás limpio.

 

-¿Y tú? ¿Estás limpia?

 

-Claro.

 

-¿Y quién me dice a mí que otros no te han convencido con esta misma oferta?

 

El silencio se hizo sepulcral hasta que fue roto por su nueva petición: “Échame vino”. Y bien que le eché vino, para luego volcarme sobre ella, ayudado por media dosis de Cialis, y regar ese humedal convertido en desierto porque las únicas partes que se le mojan a Red son su gaznate y su hígado, casi como a mí.

 

-Te has corrido dentro.

 

-Aquí tienes tus dos botellas.

 

-¡Vaya! Un Priorato y un Bierzo. ¿Cómo se llamaba la uva más utilizada en esa zona de España? La tengo en la punta de la boca.

 

-Mencía, Red. Y que sepas que también se te está secando el cerebro.

 

-Lo tenía en la punta de la boca.

 

-En la punta de la boca sólo tienes vino.

 

-¿Puedo quedarme en tu casa?

 

-¿Quieres dormir conmigo?

 

-Tú vete acostando, que yo quiero probar el Mencía.

 

-Bebes más que yo.

 

-Y sin trabajo, tristemente.

 

A eso de las nueve de la mañana, cuando la luz había golpeado lo suficiente las cuencas de mis ojos, me levanté recordando por enésima vez que debo comprar unas cortinas descubriendo que Red, como muerta, yacía sobre el sofá: se había bajado las dos botellas. La toqué en sus zonas erógenas, secas como un desierto de interior, lanzándome desesperado a su pechazo izquierdo, que de moreno intenso y pezón negro, dio señales de vida en forma de sonido de tambor. Luego la besé y me preparé un café. Y juro que bajé a la tienda de abajo para comprarle un par de vinos del año de la Ribera del Duero. Que la solidaridad no es dar dinero, sino dar placer.

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