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MOCHALES

Un apartamento moderno

 

La modernidad es a la eficacia lo que una carretera de siete alturas al progreso. Y molesto que ando por todos estos vaivenes de la vida en donde para vivirla hay que empotrarse en un apartamento de un solo ambiente en donde cocina, cagadero, ducha, frigorífico y camastro quedan mirándose los unos a los otros, como si aquello fuera un almacén en vez de un supuesto hogar.

 

Madeleine, fogosa muchacha de Alberta, Canadá, reside en el dichoso apartamento donde he pasado tres días de ajetreo por eso de no terminar de dejar de lado un asunto que cada día me es más cerebral que físico: el sexo.

 

Polvos contenidos, otros a deshoras, algunos mañaneros y los peores, los que te obligan a dar lo máximo para acabar haciendo lo mismo: correrte. Que estos últimos deberían llevar doble premio (dos orgasmos) por el maquiavélico esfuerzo que requieren, con comidas vaginales de par de cuartos de hora y penetraciones esforzadas hasta el límite del Kama Sutra y el aguante de mi caja torácica.

 

Y que todo esto está muy bien: lo de follar y sentir el abrigo de alguien; pero lo que es sencillamente insoportable es que el baño esté incrustado junto a la cama y que no solamente la ducha sea bien visible sino que hasta el váter ande sin puertas, que cuando te sientas a mear –yo es que orino como las señoras- ves a la muchacha de cara, que sin llegar a ser un problema es una sonora advertencia: y cuando tenga que cagar, ¿qué?

 

Tres días en celo. Que para ayudar a esquivar el desmayo nos pusimos como cerdos en restaurantes ayudados por litros de cerveza y diversas botellas de vino que como todos sabrán no suelen quedarse en el vientre cosa de dos semanas.

 

Así que la última noche, y tras volver a descoser a la chica, posé mi cabeza en la almohada notando turbulencias intestinales. La confianza suele ser falsaria, porque para follar no te sonrojas pero sí para tirarte un pedo, por lo que hice movimientos compulsivos con la idea de evitar un concierto que podría haber molestado a mi pareja. Luego conté los días que llevaba sin defecar y me temí lo peor.

 

Comprendí que se había dormido –llevaba medio minuto introduciéndole dedos en una vagina convertida en desecho de tientas y seguía roncando; que las canadienses como casi todas las occidentales roncan- cuando me tiré de cabeza a un váter al que imploré colaboración. Al primer intento cerré las compuertas ya que corroboraba que antes del desalojo llegaban una suerte de ventosidades que podían despertarla. Así que hice un milagro: cagar con el ojete cerrado, el cual sólo abrí cuando aquello ya era una evidencia de peso.

 

Sonó al caer, para que vamos a engañar a nadie; pero fue tal el tsunami de paz que creí haber dado a luz. Miré hacia abajo y comprendí que el lastre soltado debía ser el 100% de lo almacenado. Pero al limpiarme -¿y a quién no le ha pasado esto antes?- el intestino volvió a vomitar llegándose a amontonar la mierda en un váter que ya no parecía el mismos de antes. Todo el papel usado, que no fue poco, andaba intercalado entre la mierda como las capas de pasta en la lasaña. Podría llegar a reconocer que aquello, por muy poco, no rozaba mis glúteos. Pero claro, ¿quién va a dudar del funcionamiento de los apartamentos de hoy día, todos de corte moderno?

 

Sólo tiré una vez de la cisterna. Y fue suficiente. Una especie de remolino de agua atacó al desaguisado perdiendo la pelea el líquido elemento que empezó a trepar por las paredes del váter a una velocidad extrema. Por supuesto reaccioné valientemente cerrando la tapa del váter, que además ayudó a dejar de expulsar una peste a mierda inmunda que ya recorría cada centímetro del apartamento.

 

Creo que me confié. Porque de seguidas abrí la ducha pensando en la caballerosidad consistente en no meterte en la cama con una señora con el ojal regular. Pero cuando mis antebrazos se abrazaban al agua mi pie derecho fue alcanzado por un líquido marrón, que como no, salía de un váter que había terminado de perder la batalla.

 

Lo primero que hice fue apagar la luz, como si la mierda flotando y el nefasto pestazo pudieran llegar a desaparecer. Luego me lavé los pies y me los sequé para pasarme por el camastro y cerciorarme que Madeleine seguía dormida. Creo que hasta recé por ello.

 

El móvil me sirvió de linterna y allí yo de fontanero metiendo las manos hasta lo más lejano del orgullo de un hombre con la única intención de que aquello se desatascara. Hubo un momento que si la muchacha llega a despertarse, habría pensado que la coprofilia era mi deporte favorito habiéndome sugerido que es mucho más creativo el hacer figuras de arcilla, ya puestos de heces hasta los codos.

 

Nunca me había acercado tanto a mi misma mierda. Tiré hasta cuatro veces de la cisterna. Lloré, eso seguro, intentando que mis plegarias llegaran a no sé cuál Dios, cuando yo siempre anduve demasiado alejado de santos y parecidos. Finalmente aquello cedió y antes de saltar de alegría, aticé la escobilla por cada resquicio de esa ladera marrón del váter para luego quedarme cuatro horas bajo la ducha, con las manos ahogadas en jabón y unas arrugas en las yemas de los dedos que habían hecho de ellos un envolvente desierto lunar.

 

Quedaba poco para amanecer cuando Madeleine se levantó sorprendida y me preguntó qué me pasaba.

 

-Tenía calor.

 

-Si está puesto el aire. Bueno, no importa. Yo voy a cagar.

 

Y allí que me quedé yo, frustrado de no haber defecado como ella, de manera transparente, mientras comenzaba a notar que un denso tufillo iniciaba su expansión a lo largo y ancho del apartamento.

 

-La cisterna va un poco mal –le dije.

 

-A mí nunca me ha fallado. Por cierto, llevamos tres días juntos y no te he visto ir al baño. ¿Sufres de estreñimiento?

 

-No, cagué esta mañana. Donde el café.

 

-Ah. Ya me parecía extraño.

 

Luego me obligó a hacerle el acto. Y debo reconocer que a fin de cuentas tuve hasta suerte. Lo malo fue cuando en la posición del misionero comenzó a chuparme los dedos. Que digo yo que tras semejante afrenta a mi dignidad algo habría quedado entre las uñas.

 

-Lávate los dientes –le comenté.

 

-¿Me huele el aliento?

 

-No, qué va. Es sólo porque lo iba a hacer yo; para echarte dentífrico, ya que estamos. Es que soy un caballero. 

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1 comentario

Nach´siismo -

Me ha parecido excelente.
Admito que el habar vivido algo apenas parecido gracias a mi estancia prolongada en pekín ayuda al placer,pero en todo caso me ha gusta do mucho.
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