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MOCHALES

Shakshuka

 

Impostora como los que montaron la casa de apuestas en la prodigiosa El Golpe, Judith me comía la oreja con una aseveración que se convirtió en molestia: el genocidio judío en el que su abuelo fue asesinado.

 

Siempre he sentido especial hastío por los que muestran sus cartas más negativas sin necesidad de jugar una partida. Me molestan especialmente los españoles que me hablan de sus familiares enterrados en cunetas mientras se van al Parque Acuático con sus hijos, auténticos mindundis, que sólo esperan el testigo para continuar con una lucha enfermiza en donde uno acaba viviendo la vida de sus abuelos si no de sus tatarabuelos.

 

Judith, judía de libro, me hizo pedir una ración de Shakshuka sólo porque era un plato de la cocina judía.

 

-Oye, yo no vivo en Asia preocupado por encontrar tortilla de patatas o garbanzos con bacalao.

 

-Hay que apoyar la causa.

 

-¿Apoyar la causa?

 

Y así se quedó: tan fresca; después de haber soltado su retahíla de inconsciencias basadas en la aceptación de un estereotipo heredado en donde uno nunca sabe si por lo que lucha existe o existió en las vidas de unos antepasados que ni están en el cielo ni en el infierno, sino en el cementerio. Luego aceptó una ensalada mixta, no sin antes aclararme que “nada de carne, que esta mañana desayuné queso”.

 

-¿Qué queso?

 

-Roquefort. Importado.

 

-Ya claro, no iba a ser Roquefort tailandés.

 

-Me refiero a que era del bueno.

 

-Y tú qué ves más complejo, ¿comer en un mismo día y no a la vez, carne y queso, o desayunar Roquefort? Al menos lo untarías en pan, ¿no?

 

-No, a pelo.

 

Y a pelo se la metí, descubriendo que el hecho de no haber pasado por la circuncisión no fue detalle para que se detuviera sino para saltárselo, cuando judíos tipo como ella, que no pueden mezclar carne y lácteos en un mismo día, sí son capaces de interiorizar el placer sexual con mayor facilidad que las ganas culinarias.

 

-¿Sabes que las religiones no sirven para nada?

 

-¿Lo dices porque no me ha importado hacer el acto con uno no operado?

 

-No, lo digo porque te la he metido sin condón, señal de que el placer y el riesgo superan a esas herencias complejas basadas en libros escritos hace siglos.

 

-¿Qué quieres decir?

 

-Que te ha importado lo mismo saltarte las reglas del judaísmo que pillar sida o venéreas de temporada.

 

-¿Me quieres decir que me has pasado algo?

 

-No, te quiero decir que al humano sólo le une el placer extremo, el riesgo; somos verosímiles ante nosotros mismos, no antes leyes interpuestas; somos lo que sentimos y no lo que seguimos.

 

Luego se marchó. No sin antes vomitar la ración de Shakshuka, que desgraciadamente fue su manera de expresar el mal. Antes de cerrar la puerta de un portazo la incité a devolverme el semen, que al igual que ese plato de la cocina judía, lo había generado yo, lo primero desde mi bolsillo y lo segundo desde las cercanías del mismo: la huevera.

 

No soporto las idioteces religiosas. Sobre todo cuando los que la proclaman la apartan de las religiones y las intentan acercar (horadar) a un sentimiento del pueblo. Que no hay peor herencia que la que te deja sin bienes inmuebles sino con calderilla, un par de apellidos y algo a lo que seguir porque sí, porque lo dijo papá, y a él se lo comentó el abuelo, y a éste le obligó su padre, y así hasta Mahoma.

 

Luego me duché, eso sí, verificando que Judith, de gaznate amplio, había sido capaz de engullir mi cilindro en el mismo trozo de cuello que luego vomitaría esa ración de Shakshuka en la que me molestó, por alcohólico, el que vinieran posados sobre ella dos huevos pochados. Que mi hígado ya no está para tantos trotes.

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Jirafa

 

Llegué al portal de su casa agarrándola como un poseso; y no por intenciones manoseantes sino por ayudarla a no romperse la crisma contra cualquier escalón de unas escaleras convertidas en punzones amenazantes, que cuando ella resbalaba mis tendones crujían como esas chocolatinas de gasolinera que hacen la vida fácil de los que no aman sus vidas. Y además les regalan no sé qué cosas.

 

Luego llegó el chorrazo, desprevenido, que no me aturdió tanto por lo visible sino por el sonido: un torrente de orina despiadada que descendía por ambos lomos de su digno cuerpo con el propósito de encharcar la entrada de su hogar que yo me disponía a desvirgar con las llaves que acaba de sacar de su bolsillo también humedecido de esa lluvia dorada que sabe mejor cuando te la preparas y no cuando te la planta una mujer sin previo aviso homenajeando a las jirafas africanas. Apestaba a meada y yo aún sentía algo por ella en un colmo enfermizo que no me hizo retractarme en mis primerizas intenciones, que como todo el mundo sabe siempre son tan simplista como animalescas.

 

He visto muchos documentales porque las tardes muertas a los quince años no se pasan esnifando, siquiera bebiendo. Pero esa cascada de orina, que como una visión milagrosa salida de sus muslos me dejó perenne a su imagen, me ha afectado de tal manera que me pasé la mañana siguiente, cuando marchó de su casa para ir al trabajo dejándome con las llaves y la cabeza afectada, como un enfermo mental, olisqueando unas bragas empapadas y unos pantalones acartonados refugio nasal de una milésima parte de lo que una buena moza, con estudios, puede llegar a lanzar por su vagina cuando anda atropellada de alcohol y morosa de descanso.

 

No la hice el acto por defecto de fábrica. Que tras enjuagarla al rato de enjabonarla, sufrí esa tendencia de los pobres de sentimientos que no se atreven a horadar lo cuidado. Por lo que mientras ella roncaba como un asilo lleno de viejos hasta la bandera, pasé a conectarme a internet, mira tú por dónde, buscando meadas en la red, o sea, pérdidas de orina que se van por las redes de pescar, por los vicios de los que no sabemos cómo detener esta maraña de ideas enfermas.

 

Eyaculé semen, que ya fue un acierto, ya que si me llega a salir pis del glande hubiera tenido que llamar a Alcohólicos Anónimos, al menos, para saciar ese dilema que nos queda a todos los borrachos, que tras beber sin parar nos creemos más de lo que somos, muchas veces menos.

 

A la mañana siguiente dijo no recordar nada; pero al rato me dio las llaves de su casa con la idea de devolvérselas y volver a vernos. Pero claro, ¿quién queda dos veces con una tipa que se te mea encima en plena escalera? ¿Acaso uno desea enamorarse de una persona treintañera con incontinencias que ya avisan de la inundación a la vejez?

 

Creo que la besé al despedirse. Porque la caballerosidad no deja espacio a las pérdidas de orina. Al tomarme el café en el bar más cercano a su casa divagué con la posibilidad de que todas las mujeres del mundo, al mamarse y llevarte a sus casas, se te mean vestidas, de frente, a catarata. Pero tras diluir la ilusión pedí la cuenta. Eran dos dólares. Que el café cada día está más caro. Como follar con extranjeras expatriadas y bien pagadas en un sudeste asiático convertido en auténtico orinal de Occidente.

Entrevista

 

-Mochales… ¿O debo llamarle Rodrigo?

 

-Siempre que me llame de usted haga lo que le venga en gana.

 

-¿Dónde nació?

 

-En un suburbio.

 

-¿Sabe nadar?

 

-Desde los ocho años.

 

-¿Cuándo perdió la virginidad?

 

-Cuando me introduje el cepillo de dientes por el ojete. Debía tener catorce años. Creo que estuve una semana sin lavarme los dientes. Fue prematuro. Aunque acertado.

 

-¿Cree en el amor?

 

-Siempre que haya un abogado de por medio.

 

-¿Tiene hijos?

 

-Si los tuviera ya habría cambiado.

 

-¿Qué le dice su madre?

 

-Que recapacite. Así desde que aprendí a nadar.

 

-¿Y su padre?

 

-Es mudo.

 

-¿Mudarse a China fue una decisión acertada?

 

-La mejor de mi vida.

 

-¿Pero usted la odia?

 

-Realmente la amo. Lo que pasa es que nadie me entiende.

 

-¿Por qué alardea de pillar venéreas?

 

-Si los excesos de placer te conducen a la meta, que en sí es el placer extremo, es normal que una gonorrea sea un éxito. A ver, si debes correrte muchas veces dentro para ser padre y lo consigues… es lo mismo que pillar una venérea. Nadie la pilla a la primera. Por eso reconozco en sus caras el placer, aunque deban rascarse a hurtadillas. Es como coger una cirrosis sin haberle dado a la botella: un auténtico drama; un fracaso en toda regla.

 

-¿Cuál es tu plato preferido?

 

-El atascaburras.

 

-¿Y tu vino?

 

-Cualquier Oporto o Jerez.

 

-¿Dices que meas sentado?

 

-Siempre. Incluso en baños públicos deteriorados sin tapa.

 

-¿Lluvia dorada?

 

-Directamente a la boca.

 

-¿Necrofilia?

 

-Nunca. Si no hay conquista no hay erección.

 

-¿Coprofagia?

 

-No… ¡Y mira que lo intenté!

 

-Es muy típico tirarse a la amiga o la prima de la novia, ¿y a la madre?

 

-Las que pillo a estas alturas poseen madres pre mortecinas. Y ya le he dicho que no me gusta la necrofilia.

 

-¿Ha ejecutado el sexo con hombres?

 

-Hombres con pechos. O mujeres con polla. Elija usted mismo.

 

-¿Le veremos algún día en la televisión?

 

-Si acaso en el cine. Pero sólo si me pudiera interpretar a mí mismo.

 

-¿Un país?

 

-Dos: Japón y Murcia.

 

-¿Murcia?

 

-De aquí a nada será un Estado. Ya verás.

 

-¿Le gusta la música?

 

-Si volviera a nacer sería cantante, compositor y guitarrista o bajista.

 

-¿Por?

 

-Por cambiar.

 

-¿Taxi o autobús?

 

-Tuk-tuk.

 

-¿Champán o cava?

 

-Si no te sales de estas estupideces, paramos.

 

-Hay gente que pagaría por ver su cara.

 

-Yo pago por follar.

 

-¿Desde cuándo?

 

-Desde que tuve relaciones asentadas.

 

-¿Por?

 

-Por comparar.

 

-¿Es curioso?

 

-Más bien cotilla.

 

-¿Qué es lo más bonito que le ha dicho una mujer?

 

-Te pareces a tu madre.

 

-¿Algún otro halago?

 

-Este dentífrico te va mejor para lo del aliento.

 

-¿Y usted a ellas?

 

-Al fin no te huele el coño a jabón.

 

-¿Si fuera político?

 

-Dimitiría.

 

-¿Y si fuera puta?

 

-Sería callejera sin chulo. Expuesta a los mayores riesgos, que en sí son las mayores posibilidades de crecer.

 

-Su peor momento.

 

-Cuando pedí agua con gas, italiana, y me dieron soda.

 

-En serio.

 

-Aparte de eso, cada vez que me desenamoro dentro de la relación. Es como vivir con una prima lejana.

 

-¿Cuántas veces has dicho ‘te quiero’?

 

-Cada vez que he amado. Y bastantes veces de las que me he acostado por dinero. Que por cierto, en mi caso sí es acostarse, porque suelo dormir con ellas tras la aspersión.

 

-¿Te gusta el fútbol?

 

-Cada vez menos. Yo era lateral derecho, hasta los quince años, y nadie me daba bola. En todos los sentidos.

 

-La muerte.

 

-Necesaria y esperada.

 

-¿Lees?

 

-Cuando no estoy borracho, follando, durmiendo o trabajando. O sea, casi nunca.

 

-Usted será de Bukowski, ¿no?

 

-Sólo leo diccionarios.

 

-¿Cree que el listín de teléfonos era un libro?

 

-De hecho fue la última vez que los ciudadanos anónimos pertenecían, en cierto modo, al mundo de la literatura. Yo llegué tarde a ello. Pero el nombre de mi padre salió impreso, al menos, quince años. Y me enorgullecía encontrarlo.

 

-Pero me dijo que era mudo. ¿Para qué tenía una línea de teléfono?

 

-Porque en esos años las señoras no participaban en lo público y notorio.

 

-¿Qué recuerdos tiene de la escuela?

 

-El patio estaba en cuesta abajo, la comida era penosa, los profesores malignos, y los compañeros apestaban a Nenuco.

 

-Su primer beso.

 

-Con lengua. Se llamaba Mara. Fue en los baños del colegio. Entré a clase tan engordado que el profesor me echó sin causa alguna. La puta envidia española.

 

-¿Le suele oler la axila?

 

-Con desodorante no.

 

-¿Y los pies?

 

-Fungusol.

Maduras

 

Bar de ejemplares mesas, sofás reconfortantes y sillas con respaldo, cuando dos maduras –ni si quiera eran maduritas- se me sientan junto a mi taburete, que para mí el bar es el orgasmo del alcohólico y todo lo demás, agradables momentos donde entablar conversación con los de siempre, cuando beber lleva obligado lo de acercarte a la sala de motores e intentar tirarte al barman, siempre que éste menstrúe, claro está.

 

Pues eso, que dos cincuentonas en fase de embalsamiento pusieron sus escotillas junto a mi axila, que como vengo diciendo desde hace tiempo, y con la evolución del ser humano, será el tercer agujero a penetrar en las mujeres y el segundo en el hombre, siempre y cuando el macho aparte su candidez campestre y acepte que horadar su ojete no es ser maricón sino inteligente.

 

Con bolsos de Armani y pintorreadas hasta el extremo de los que miramos a la cara, la francesa se situó a mi lado y al suyo una americana de San Francisco que sabía lo que se hacía, ya que en esa posición esquinada, justo frente a mí, debía mirar de cara a su compañera de juerga y por ende de frente hacia mi persona, que aún tratando de golpear a la tecla, me dejaba escorar el careto a sabiendas de que ser admirado no es mayor pecado que ser ignorado.

 

Pidieron dos copas de vino blanco, momento en que las sometí a mi certera pregunta: “Siempre es mejor pedir una botella: a copas sale más caro y la belleza de la botella siempre supera a la de una barra marchita y solitaria”. Me lo agradecieron tanto que tuve que cerrar el ordenador y ponerme a platicar con ambas, que como posesas de la pasión, acabaron pidiendo no sé cuántas rondas que dieron sentido a mi pregunta inicial. Aunque a ellas poco les importaba.

 

-Mira –me dijo la americana de moreno pre-cancerígeno y cuello como una etapa de montaña del Tour de Francia-, no hemos pedido una botella porque queríamos cambiar de bar. Pero tu presencia nos ha hecho cambiar de opinión.

 

Su llegada del baño, tras tres visitas en media hora, me dejó tan sorprendido que tiré de memoria para saber que estaba tratando con occidentales acaudaladas, mantenidas por importantes diplomáticos, que no saben cómo disfrutar de la vida, sobre todo desde que se quedaron fuera de una liga sexual que las recrimina y aparta. Por ello, y aprovechando otra visita más a los aseos de la francesa, tiré de momento histórico.

 

-Cocaína, ¿no?

 

-Y de la buena, ¿quieres?

 

Y aquello tornó en un festival pro paro cardiaco en el que tuve la obsesión se saber quién iba a morir antes, teniendo en cuenta que ellas debían darle al asunto -yo desde hace tiempo no- y que las edades, como matrículas en las ITV, siempre pasan factura. Pero sorprendentemente yo acabé de los nervios, taquicárdico, mientras ellas parecían vivir en un solar de paz, tranquilas como monjas de clausura, manteniendo una conversación en la que yo hacía minutos en la que no podía expresar palabra alguna. Pero como ellas seguían dando rienda suelta al diálogo, llegó ese momento crucial que uno sólo cree ver en las películas.

 

-¿Nos follas en el baño? –dijo la americana sin mirarme a los ojos por primera vez.

 

-A mi la cocaína me perturba.

 

-¿Qué quieres decir? –preguntó la francesa mientras engullía toda su copa de vino blanco de un trago.

 

-Que a mí con esto se me queda pequeña.

 

-Nosotras sabremos cómo levantártela.

 

-Ya… pero no. Sé que lo que me dio. ¡Sigamos hablando!

 

Y en esas se marcharon, dejándome un regusto en la boca complejo, como si yo fuera eunuco y ellas veinteañeras. Y claro, recordando a cuantas meretrices de cincuenta me he tirado, a veces sólo acostado, a uno se le queda una cara de imbécil que casi les pregunté por su tarifa, insulto a las que se creen que follar por dinero, cuando llevan toda la vida mantenidas, es un delito o algo aún peor.

 

Volví a casa destrozado. Con la nariz taponada y el corazón a diez mil pulsaciones. Pero con los deberes cumplidos; porque hacer un trío con un siglo, además puesto hasta las cejas, hubiera sido una posibilidad evidente de acabar vomitando en un camastro, que por cierto, nunca podré saber si habría sido el mío, el de alguna de ellas o el de un hotel.

 

No pedí sus teléfonos, por lo que dormí semi tranquilo, escupiendo esputos, y soñando con una vida mejor en las que unas posibles amigas de mi madre se meten, a lo sumo, media dosis de Valium. O Prozac. Aunque quisieran follar conmigo.

Semen you soon

 

No todo lo japonés funciona. O eso creía. Al menos mi móvil Sony modelo Xperia es un desastre en su parte teóricamente más atractiva y novedosa: su pantalla táctil. O son mis obesos dedos los que dificultan la concentración del teléfono o es simplemente lo que pienso: que me han dado gato por liebre en estos tiempos en donde lo moderno dura cuatro telediarios y lo antiguo ya no se arregla.

 

Enviaba un mensaje en respuesta a una dama sin más intención que volverla a ver con un saludo educado (See you soon) cuando cada vez que comienzas una palabra aparecen memorizadas las que más has usado. Sorprendentemente cada vez que escribo la sílaba ‘se’ aparece ‘semen’, diagnóstico claro de mis andanzas y preferencias en esta vida; pero de una manera injusta la palabra saltó a la pantalla y el mensaje se envió. Juro que presioné todas las letras habidas y por haber para evitar el ridículo. Pero nada, mi Sony Xperia envió en vez de un ‘nos vemos pronto’ un complicado de asumir ‘semen para ti pronto’.

 

Preocupado por la reacción de la señorita, con la que no había compartido más que un café, apagué el teléfono haciéndome el loco cuando a los cinco minutos comprendí que aquello no tenía más solución que cambiar de número de teléfono, hacerme una operación de cirugía estética y adoptar otra identidad ya en Siberia, como muy cerca.

 

Y volví a encender el móvil verificando cada treinta segundos si ella había respondido. Pensé en muchas posibilidades, pero curiosamente ‘semen’ se escribe exactamente en igual en inglés y en español. No había más opción que esperar la deflagración que se produjo de manera preocupante: “You are so funny”.

 

Lo de la mujer en Asia es, al menos, alarmante. Le mandas un mensaje a las once de la mañana invitándola a semen y ésta en vez de llamar a sus abogados o interponer una denuncia por acoso sexual te contesta con un ‘qué divertido eres’.

 

No sé qué haré cuándo la vea pero me temo que no querrá jugar al Lego. Si acaso follar a destajo. Lo de siempre. Y gracias a Sony por arruinar mi moral, ya de por sí disoluta.

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Corazón

 

Sale uno a darle a la tecla y se topa con momentos cruciales en su vida por el mero hecho de entrar en un bar y pedirse una botella de vino blanco. Por cierto, Basa, verdejo de Rueda, al que quise ayudar a superar la crisis si es que estos la padecen.

 

Te pides una botella de vino a las cuatro de la tarde y la gente se echa las manos a la cabeza, cuando deberían echárselas al cuello cada vez que la inmensa mayoría de clientes entran a un negocio de hostelería tras el almuerzo y se piden un triste café que ni ayuda a cuadrar las cuentas ni genera esa atmosfera de vicio que todo bar necesita. Sólo hay que cruzar la puerta de una discoteca o un puti-club para comprender que esa nebulosa que siempre reposa sobre las cabezas de los clientes no la genera un spray y mucho menos un efecto óptico. Porque el vicio de esos antros levanta una nítida borrasca que además huele a extraño perfume barato, que por mucho que lo busques en las peores perfumerías nunca lo encuentras.

 

Corazón, filipina que sabía bien lo que se hacía, me sirvió el vino aportando como tapa unos suaves movimientos de cadera que ayudaron a mostrar parte de su decorado: una estrecha falda que además era muy corta, y una sorprendente elección a la hora de abrocharse los botones de la camisa: dejó, al menos, cuatro sueltos. Eran las cuatro de la tarde, repito, y aquello amenazaba borrasca.

 

Luego apareció el que debía ser el jefe que como si hubiera sido un cura en plenos años de franquismo hizo abrocharse a Corazón, sólo con su presencia amenazante, todos los botones de su camisa hasta un cuello que comenzó a ponérsele rojo. Y a la tercera copa entré a matar.

 

-Estoy montando un restaurante y busco gente así como tú.

 

-¿A qué te refieres?

 

-Gente suelta, avispada, con buen dominio del inglés, abierta con los clientes…

 

-¿Podría ser la encargada?

 

-En la vida puedes llegar a ser lo que te propongas.

 

Y bien que se lo propuso. Porque a eso de las once, cuando su bar echaba el cierre, cedió las llaves a no sé cuál compañero de trabajo y se echó a lomos de mi taxi para a los cinco minutos mostrar una actitud tan cariñosa que por un momento creí padecer una enfermedad terminal: me cogía la mano, me mesaba el cabello y me decía lo afortunada que era por haberme conocido. Luego terminé de disipar mis dudas. Exactamente cuando pedí una botella de oxígeno en el bar donde tras pedir dos gin-tonics sufrí el ataque de una boa constrictora. Y me refiero a su lengua, una especie de manguera en fase de inundación que llegó a acariciarme la campanilla, momento en el casi vomité.

 

Uno, según la presentación del contrario, podría llegar a suspender el combate; que visto lo visto, llegué a plantearme el salir corriendo, llegar a casa, conectarme a internet y masturbarme plácidamente con fotos de señoras en cuclillas: la última moda del enfermo mental. Pero incluso tras haber superado el principio de ahogamiento, trasladé a Corazón a mi apartamento donde no la hice firmar un contrato de milagro: nada de cadenas, y menos cuerdas, a los consoladores les sacas las pilas, deja de beber.

 

Curiosamente Corazón comenzó a suavizarse cuando le corregí la información inicial: no estoy montando un restaurante sino que me planteo hacerlo. Y ahí, mis queridas feministas, la misma que me metió una pitón en la boca dejó de sollozar sobre mi pubis para retrotraerse en sí misma hasta convertirse en una absurda ladilla. Me pidió fuego en escena hollywoodiense y se marcó uno de esos faroles que ayudan a la igualdad de sexos echando humo por la boca: “Mañana me levanto temprano, debo irme”. Y bien que se marchó. Tras repetir la escena inicial al dejándose abiertos cuatro botones de una camisa que, supongo, volvería a ofertar de camino a su casa, me quedé tumbado en la cama pensando sólo en una cosa: ¿Y si me dedicara a decirle a las mozas de buen ver que estoy montando un restaurante? ¿Y una cadena de ellos? ¿Y unos grandes almacenes? O por qué no, ¿ser el director general de una farmacéutica? O de una cuadra, qué más da, si lo que les importa a muchas –y a muchos- es el peso del bolsillo indiferentemente de que seas Rocco Siffredi o Torrebruno. Finalmente me masturbé. Pensando en no sé cuál tonadillera con problemas judiciales. Cosas del bebercio y la imaginación difusa. A la mañana siguiente recordé todo y me planteé asociarme a una agrupación de hombres apaleados. Pero no la encontré.

La vecina (Flanismo)

 

Una de las mayores exposiciones al riesgo que tiene un hombre es enfrentarse a una mujer que camina frente a él vestida pero sin sujetador. Al menos a mí se me cruzan siete cables y comienzo a hincar mi mirada en unos flanes que bailan al son de mi depravación. Mi vecina, que debe tener cincuenta y tantos años, es una experta en estas lides aunque ni siquiera lo sabe. Y cada vez que me la cruzo va vestida para andar por casa aunque de vez en cuando se pasee por los aledaños de la misma abriendo una importante línea de fuego.

 

Normalmente me quedo mirándole los pechos y ella se acaba dando cuenta, por lo que se mete en su hogar y sale tapándose la zona llamativa con una especie de trapo. El mero hecho de tapárselos acelera mi interés, ya que comprendo que ella sabía lo que hacía y donde yo miraba. Sus nietos, desnudos y por supuesto descalzos, la rodean exigiéndole esa información que toda abuela acumula con el paso de las décadas; pero yo, perenne, mantengo mi mirada fija en ese trapo molesto que a veces también la clavo en sus ojos, sabihondos y ancianos.

 

Esta mañana me levanté con la acidez por las nubes y una erección modélica, recordando que la noche anterior estuve bebiendo hasta el límite de mi capacidad mientras entrelazaba mis manos con una perversa noruega que me dio calabazas en el momento más complejo. Entiéndase complejo a las cinco de la mañana, bebido hasta las cejas, y caliente como el motor de un reactor nuclear en plena ebullición. Que debe saberse que cualquier hombre, sin necesidad de tales accesorios, es capaz de no dejar de pensar en follar incluso cuando está desayunando y leyendo un periódico que siempre, absolutamente siempre, genera un sumo interés en sus páginas de contactos.

 

Lo dicho, bajé a comprar agua y me la encontré allí, despeinada pero sexual, con unos pezones que ya se adivinaban por debajo de un vestido de corte clásico para señoras muy maduras. Cualquiera no vería sexualidad ahí pero a mí ya me había saltado un ojo. Así que tomándola por sorpresa de la mano, la introduje en su casa donde le levanté el camisón para probar sus pezones, dulces y arrugados, con olor a ropero viejo. Y bien que no me excedí en mi apuesta, ya que ella me abrazó a la vez que soltó alguna carcajada.

 

Darte satisfacciones a la vez que se las otorgas a otros debería ser el pan nuestro de cada día que terminaría por hacernos mucho más felices. Que si todo el planeta a la vez comenzara a comerse los pechos no estaríamos de tan mala uva. No la penetré y ni siquiera me lo planteé. Pero aquel desayuno pezonero me retrotrajo a épocas no tan lejanas en las que pernoctaba con meretrices ya abuelas en sus zulos convertidos en seudo hogares. Hablo de Shanghái, donde ese tipo de puta alcanza tales cimas de humanidad que luego vuelves a la calle y te enfrentas a una realidad absolutamente cochambrosa.

 

Terminé de masturbarme pronto. Sólo cerrando los ojos y paladeando aquel sabor entrañablemente familiar, como si fuera el de tu tía la del pueblo.

 

Estoy seguro, que tras haber abierto esa puerta, volveré a saciar mi vicio en otras ocasiones con unos pezones que su dueña bien sabía porque los sacaba a pasear sin sujeciones, las necesarias para sujetarme a mí, enfermo de ese tipo de imágenes que como apariciones celestiales me convierten en presa de la perdición; porque unos pechos que padecen de flanismo es mi fango favorito en el que retozarme por los siglos de los siglos.

Martina, un trauma en el camino

 

A Martina la conocí en la fiesta de la Embajada italiana. De porte rotundo, cara amarillenta –debieron ser las cremas-, espalda al descubierto, y sin sujetador, accedió a mi sección de ruegos y preguntas sin poner cara de póker la cual sí puso cuando la invité a subir a casa.

 

-O sea, que vives justo aquí arriba.

 

-Sí, una puta casualidad.

 

-Sí claro, por eso me trajiste a este bar, a sabiendas de la cercanía de tu hogar.

 

-Nada de eso. Lo que pasa es que coinciden a escasos metros mi bar favorito y mi casa. Casualidades sin importancia.

 

-Subiré. Pero que sepas que no me encuentro cómoda.

 

-¿A qué te refieres?

 

Martina, de casi metro noventa por su exceso de tacón, tomó asiento al borde de mi camastro sin ni siquiera detenerse en el salón.

 

-Mira, estas historias ya me las sé. Tú quieres follar y yo también. Eso sí, te advierto que no me encuentro cómoda.

 

-¿A qué te refieres? –insistí.

 

Me pidió ducharse. A solas. E intrigado entré por sorpresa en un baño que no aparentaba problema alguno salvo su impecable cuerpo bajo el chorro de agua de mi grifo. Y entonces explotó.

 

-Mira Rodrigo, te lo voy a contar. Es un problema personal con el que cargo desde que me vino el primer periodo y que se ha acrecentado con el paso de los años: sufro malos olores vaginales.

 

-¿Y?

 

-Más de veinte veces y al menos doce hombres de todo tipo han desistido de practicar sexo justo al inicio del mismo.

 

-¿En serio?

 

-Sí. Y eso me ha creado un trauma que no me permite disfrutar del sexo como yo querría hacerlo. Para empezar, el sexo oral está descartado. Casi siempre. Y la penetración, según el flujo que suelte o lo que sude, podría ser un problema si mi pareja de ese día no se corriera pronto. Vamos, que por aquí abajo huele más de lo que te podrías imaginar.

 

-Pues yo no huelo nada.

 

-Ven, acércate.

 

Y así descubrí que a Martina le olía el coño. Aunque lo que de verdad le pasaba es que le apestaba a escrúpulos. A exageraciones y miedos; y a no saber afrontar un problema que en sí no deja de ser un asunto menor.

 

-Me lo estás besando.

 

-Pues claro.

 

-¿Y no te molesta?

 

-Lo que a mí me molesta es no poder comerlos.

 

-Pero huele mal.

 

-Mira, te voy a contar una cosa. Una vez estuve haciendo sexo oral con una pureza de mujer. Aquello no le olía a nada, y eso que habíamos practicado sexo tres veces durante toda una noche. Pero a la mañana siguiente, con mi boca como la suela de una alpargata, ya que había estado bebiendo antes de hacerle el acto por litros, comencé a comerle el coño, que seguía siendo lo más parecido a un manantial, llegando al siguiente exabrupto: a la hora, y cuando mi mandíbula ya no pertenecía a mi cara, descubrí un ligero olor en su exultante vagina. Al instante descubrí de dónde provenía: era mi aliento.

 

-¿Y esto que tiene que ver con mi problema?

 

-Mira Martina, aquella princesa tuvo que soportar mi alientazo pastoso a alcohol; y te juro que morreaba a tornillo, deleitándose con cada contorno de mi lengua, amarillenta y estropajosa. Tu coño, y te lo prometo, emite un olor fuerte que no deja de ser inferior al placer que me arrastra a comértelo. Y además: si una mujer tiene un problema como el que tú tienes, todo hombre debería tener la obligación de intentar subsanarlo, siendo obligatoria la solidaridad, en estos tiempos que corren de individualismo.

 

-Agradezco tus palabras.

 

-Deberías agradecer el sexo oral que te estoy haciendo; que hablando ya llevábamos rato. Y por cierto, si no te callas dejaré pasar esta grandiosa oportunidad de sentirme realizado y hacerte sentir dichosa.

 

Y allí que me obcequé. Que por culpa de haberle contado la historia anterior no quise que otro trauma brotara en su cabeza, yéndome de reloj a los setenta minutos de lengüetazos, cuando esta vez sí –y nunca se lo dije- mi aliento sabía a su hedor y su coño a tabaco. A Camel, el que fumo a destajo.

 

A la mañana siguiente una sonrisa se había plantado frente a mi cara con la misma molestia que ejercen los rayos de sol cuando olvido echar las cortinas. Era Martina, una nueva mujer que se me sentó en pleno pubis y me pidió guerra.

 

-Ya es hora de que me penetres.

 

A los quince minutos volvimos a dormir. Pero antes de caer de pleno en otro sueño inmisericorde, me acerqué disimuladamente a su pubis que desprendía un fastuoso hedor. Pero me alegré de no haber sido como los demás; como aquellos titubeantes hombres que antes de poseer a semejante mujer desistieron en su intento porque aquello no les gustaba del todo. Ya pasarán hambre, ya, los muy cabrones. 

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