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MOCHALES

Martina, un trauma en el camino

 

A Martina la conocí en la fiesta de la Embajada italiana. De porte rotundo, cara amarillenta –debieron ser las cremas-, espalda al descubierto, y sin sujetador, accedió a mi sección de ruegos y preguntas sin poner cara de póker la cual sí puso cuando la invité a subir a casa.

 

-O sea, que vives justo aquí arriba.

 

-Sí, una puta casualidad.

 

-Sí claro, por eso me trajiste a este bar, a sabiendas de la cercanía de tu hogar.

 

-Nada de eso. Lo que pasa es que coinciden a escasos metros mi bar favorito y mi casa. Casualidades sin importancia.

 

-Subiré. Pero que sepas que no me encuentro cómoda.

 

-¿A qué te refieres?

 

Martina, de casi metro noventa por su exceso de tacón, tomó asiento al borde de mi camastro sin ni siquiera detenerse en el salón.

 

-Mira, estas historias ya me las sé. Tú quieres follar y yo también. Eso sí, te advierto que no me encuentro cómoda.

 

-¿A qué te refieres? –insistí.

 

Me pidió ducharse. A solas. E intrigado entré por sorpresa en un baño que no aparentaba problema alguno salvo su impecable cuerpo bajo el chorro de agua de mi grifo. Y entonces explotó.

 

-Mira Rodrigo, te lo voy a contar. Es un problema personal con el que cargo desde que me vino el primer periodo y que se ha acrecentado con el paso de los años: sufro malos olores vaginales.

 

-¿Y?

 

-Más de veinte veces y al menos doce hombres de todo tipo han desistido de practicar sexo justo al inicio del mismo.

 

-¿En serio?

 

-Sí. Y eso me ha creado un trauma que no me permite disfrutar del sexo como yo querría hacerlo. Para empezar, el sexo oral está descartado. Casi siempre. Y la penetración, según el flujo que suelte o lo que sude, podría ser un problema si mi pareja de ese día no se corriera pronto. Vamos, que por aquí abajo huele más de lo que te podrías imaginar.

 

-Pues yo no huelo nada.

 

-Ven, acércate.

 

Y así descubrí que a Martina le olía el coño. Aunque lo que de verdad le pasaba es que le apestaba a escrúpulos. A exageraciones y miedos; y a no saber afrontar un problema que en sí no deja de ser un asunto menor.

 

-Me lo estás besando.

 

-Pues claro.

 

-¿Y no te molesta?

 

-Lo que a mí me molesta es no poder comerlos.

 

-Pero huele mal.

 

-Mira, te voy a contar una cosa. Una vez estuve haciendo sexo oral con una pureza de mujer. Aquello no le olía a nada, y eso que habíamos practicado sexo tres veces durante toda una noche. Pero a la mañana siguiente, con mi boca como la suela de una alpargata, ya que había estado bebiendo antes de hacerle el acto por litros, comencé a comerle el coño, que seguía siendo lo más parecido a un manantial, llegando al siguiente exabrupto: a la hora, y cuando mi mandíbula ya no pertenecía a mi cara, descubrí un ligero olor en su exultante vagina. Al instante descubrí de dónde provenía: era mi aliento.

 

-¿Y esto que tiene que ver con mi problema?

 

-Mira Martina, aquella princesa tuvo que soportar mi alientazo pastoso a alcohol; y te juro que morreaba a tornillo, deleitándose con cada contorno de mi lengua, amarillenta y estropajosa. Tu coño, y te lo prometo, emite un olor fuerte que no deja de ser inferior al placer que me arrastra a comértelo. Y además: si una mujer tiene un problema como el que tú tienes, todo hombre debería tener la obligación de intentar subsanarlo, siendo obligatoria la solidaridad, en estos tiempos que corren de individualismo.

 

-Agradezco tus palabras.

 

-Deberías agradecer el sexo oral que te estoy haciendo; que hablando ya llevábamos rato. Y por cierto, si no te callas dejaré pasar esta grandiosa oportunidad de sentirme realizado y hacerte sentir dichosa.

 

Y allí que me obcequé. Que por culpa de haberle contado la historia anterior no quise que otro trauma brotara en su cabeza, yéndome de reloj a los setenta minutos de lengüetazos, cuando esta vez sí –y nunca se lo dije- mi aliento sabía a su hedor y su coño a tabaco. A Camel, el que fumo a destajo.

 

A la mañana siguiente una sonrisa se había plantado frente a mi cara con la misma molestia que ejercen los rayos de sol cuando olvido echar las cortinas. Era Martina, una nueva mujer que se me sentó en pleno pubis y me pidió guerra.

 

-Ya es hora de que me penetres.

 

A los quince minutos volvimos a dormir. Pero antes de caer de pleno en otro sueño inmisericorde, me acerqué disimuladamente a su pubis que desprendía un fastuoso hedor. Pero me alegré de no haber sido como los demás; como aquellos titubeantes hombres que antes de poseer a semejante mujer desistieron en su intento porque aquello no les gustaba del todo. Ya pasarán hambre, ya, los muy cabrones. 

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2 comentarios

Celesemine -

Vuelvo para leer de nuevo el ultimo parrafo: "Pero me alegré de no haber sido como los demás; como aquellos titubeantes hombres que antes de poseer a semejante mujer desistieron en su intento porque aquello no les gustaba del todo. Ya pasarán hambre, ya, los muy cabrones."
Muy bueno
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Celesemine -

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