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MOCHALES

Morir de pie

 

Si algo tenía Rose es que era lúgubre. Recostada en una esquina de la cama, desnuda, y encerrada en sí misma, aportaba a la compleja situación un punto de polémica injusta.

 

-¿Por qué no me follas bien? ¡Por qué nadie me folla bien!

 

Rose es de Michigan. Y posee un carisma a la hora de hacer el acto que ríete tú de los poetas que recitan en directo y sin sonrojarse ante millones de personas; por esa magia de la radio o la suciedad de la televisión, por ejemplo.

 

-Estoy harta. ¡Harta! Dos minutos. ¿Tú te crees que yo he venido a tu casa a verte cómo te corres? ¿Tú te crees que yo soy una cooperante?

 

Y cierto que lo era. Porque me sedujo con la mirada de la líder en un bar de supervivientes. Su frase, a la medida de su trágica vida.

 

-Yo salvo al mundo. Hice puentes en Costa de Marfil. Colegios en Ruanda. Y ahora ayudo a las mujeres golpeadas en Camboya.

 

-Me estás seduciendo.

 

-Y tú a mí.

 

Nunca supe las razones, pero sin llegar a abrir realmente la boca, me traje a horcajadas en mi minúscula moto a una Rose que apestaba a Tequila. Yo sólo asentía, también borracho, ante sus frases más polémicas. Que para mí un cooperante, generalmente, es un residuo del placer; una obviedad tremebunda que amenaza al mundo cobrando por los favores más que los bancos por los créditos.

 

-¿Por qué todos os corréis tan rápido?

 

-Yo sólo te avisé… y tú me dijiste “rápido”.

 

-Podías haberte salido, ¿no?

 

-¿Para qué?

 

-¡Para alargar el polvo, joder!

 

-Es que yo pensé que querías lo contrario. Te aclaro que ‘rápido’ no quiere decir ‘para’.

 

-Sois idiotas.

 

Verla encorvada, derruida, me hizo pensar en la cantidad de señoras que no son capaces de encontrar en sus maridos una salida honrosa al resto de sus días. Pero yo no era más que su amante. Y por una sola noche. Porque Rose nunca supo hurgar en la ranura de la humanidad, anclada en una especie de olimpiada de récords en donde el que se corría antes no sólo perdía, sino que era automáticamente expulsado del campeonato.

 

-Llevo años, ¡años!, follando con desconocidos, con novios, con primos, con jefes, con compañeros de trabajo, con mis tenderos… Y nadie. ¡Nadie! Es capaz de sacarme el jugo. ¡Joder!

 

Y yo allí de pie. Impertérrito. Como esos jueces de línea a los que acosan once jugadores tras un clamoroso gol en fuera de juego. Pero con la dignidad por bandera. Aunque mis huevos ya fueran globos recién vaciados en esas fiestas de cumpleaños donde disfrutan más los niños invitados que el que los cumple.

 

-¿Por qué te has corrido a los dos minutos?

 

-Ya te lo dije antes. Yo sólo…

 

-¿Podrías follarme otra vez?

 

Y luego me lanzó catorce libros, a la vez, que posaba sobre una repisa realmente ordenada, la que yace encima de mi almohada, donde separaba las ediciones de autores extranjeros, ochenta por ciento de mi colección, de los que vieron la luz en España. La verdad es que no le sentó bien. Pero no hay nada mejor que decir lo que sientes al instante que tres décadas después: “Que te folle tu primo”, contesté.

 

Su salida de casa fue honrosa. No volvió a intentar romper nada. Aunque su frase final tampoco tuvo desperdicio: “Ojalá nunca satisfagas a ninguna mujer”. Yo la miré con esa risa tenebrosa que gastan los ganadores; los que se van a dormir sin tener que coger un taxi y que, además, tienen las bolsas vacías: los huevos. Luego creo que gritó algo. Pero ya estaba muy lejos de mis oídos. La cama aún estaba calada de humedad y semen. Pero creo recordar que no tardé ni cinco minutos en dormirme. Que para mí un trauma ajeno es como un yogur de plátano: ni me gusta la fruta ni consumo lácteos. 

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1 comentario

Joan Soler -

Really?
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