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MOCHALES

Pies

 

No es usual, pero existen ucranianas a las que les pica el gusanillo de Camboya. Irina, de piel blanca, casi lechosa, de metro ochenta y tantos, y con caderas como superpuestas, merendaba junto a la playa de Kep, ocultándose del sol, preludio de un impenitente cáncer de piel, cuando me acerqué y descubrí que el supuesto jugo de coco era un vodka con no sé qué.

 

-Con Malibu. ¿Y cómo sabes que bebo vodka?

 

-Muy fácil: el camarero, de profesionalidad contrastada, ha dejado la botella sobre la barra; como pensando que vas a pedir otro.

 

-Ya no hay privacidad, joder. Qué dices de profesionalidad.

 

Irina me confesó que acababa de divorciarse de su marido iraní. Ex modelo, pero hace ya demasiado tiempo, su esposo la dejó cuando Iván, su hijo, ya tiene diez años. Y en esas, escapó, con el dinero trincado, a evocar, a esquivar, a olvidar. A beber, qué cojones. O a seguir bebiendo, pero a solas.

 

-Me ha dejado porque dice que estoy gorda. ¡Puto persa!

 

-¿Cuántos años llevabas con él?

 

-Once. Me preñó a la semana de conocerme. Yo era muy joven. Y modelo. Ahora tengo 32 años y nadie me quiere.

 

Y además de gorda, o con caderas superpuestas, le olían los pies. Que tras cuatro copas –y porque yo cesé la ingesta- accedió con modos violentos a seguirme hasta casa, en donde tras descalzarla -¿qué harán las gentes calzadas a los treinta y tantos grados camboyanos?- descubrí un tufo que se tornó en muerte cuando comenzamos un sesenta y nueve que casi me desmaya, porque a sumar al pestazo a pies podría asegurar que tampoco es que la vagina fuera zumo de claveles. Aunque debo reconocer que un hedor amputó al otro de tal manera que accedí a ocultarme en su vagina como antídoto contra sus asquerosos pinreles, frente a uno de los refugios más nauseabundos jamás recogidos en la historia del sexo a primera vista. Y eso que a mí me encantan chupar pies. Sobre todo en China, donde sus dedillos son chocolatinas.

 

-¿Qué pasa? ¿Es que no quieres follar?

 

-Háblame bien, Irina. Que no soy el puto persa.

 

Y así acepté echar un polvo rápido con una ucraniana a la que tras finalizar el acto la devolví al mismo bar a sabiendas de su presumible alcoholismo. Que daba mucho más gusto verla beber que descalzarse. A la séptima copa, porque por esos lares son peores que los hombres, me atreví a decirle lo de sus pies, por esa educación cristiana-errónea que cree que el favor al prójimo, en todas las nacionalidades, es bien recibido.

 

-Que te jodan. Que te jodan. Me huelen los pies porque no me huele el coño.

 

Y no llevaba razón, la verdad, la poetisa ucraniana, pero tampoco era plan de informarla de un problema mucho más complejo que arramplar con todo el Fungusol de la farmacia y espolvorearlo por los pies además de geles vaginales perfumados por litros. Que lo de abajo necesitaba, al menos, amputación y búsqueda de otros pies. De muertos en accidente de tráfico, por ejemplo.

 

-Mira, si te lo digo es porque te tengo aprecio. Que yo no follo con animales. Una vez le dije a un amigo, tendría trece años, que le olía el aliento, y estuvo cuatro años sin hablarme.

 

-Normal.

 

-¿Y sabes que me volvió a dirigir la palabra?

 

-No me lo creo.

 

-Pues sí. ¿Y sabes cuándo?

 

-No.

 

-Cuando morreó por primera vez. Te juro que vino a casa y sin mediar palabra me dio un abrazo. Me agradeció mi favor, aunque fuera tan a posteriori.

 

-Yo ya sé que me huelen los pies. Además, uso un 44.

 

-Pues usa chanclas. Al menos en Camboya.

 

-¿Te ha gustado el polvo?

 

-Sí.

 

-¿Pedimos una botella de Tanqueray?

 

-Mezclar…

 

-Dime que luego me vas a llevar de putas.

 

-¿Cómo?

 

-Sólo quiero recuperar el tiempo perdido.

 

-¿Tú crees que recuperar el tiempo perdido es irse de putas con el primero que te encuentras en Camboya?

 

-Recuperar el tiempo perdido es no guardarte nada. Por eso te lo pido.

 

-¿Le pediste a tu marido esto?

 

-Mi marido es un muermo.

 

-¿Y te dijo que te olían los pies?

 

-No.

 

-Entonces es que no te quería.

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1 comentario

Joan Soler -

madre del amor hermoso...
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