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MOCHALES

Fetichismo

-Ya ha sonado treinta veces veces el World in my Eyes de Depeche Mode. ¿Terminas ya?

 

-¡No me desconcentres! ¡No me desconcentres! ¡Ya casi, ya casi…!

 

Y diez minutos después, y a la hora de yo haberme corrido, Christina, una búlgara extraña, que trabajaba en la Bolsa de Londres y que sólo cotiza orgasmos escuchando la citada canción que solamente puede sonar si es que su versión en vinilo es la que rasca la aguja, hizo aguas. Su sexo, al fin, convertido en humedal; y su cara desencajada.

 

-¿Y qué harás cuando se te raye el disco?

 

-¡No me digas eso! ¡No me digas eso!

 

A Christina la conocí en un viaje a Londres. Fue hace casi una década. Yo transitaba a solas, en tremenda alegría, sin nadie que me molestara ni me conociera, cuando tuve que recoger del suelo a una muchacha que acababa de caerse. Las naranjas valencianas y los nabos rodaron calle abajo, el cartón de leche fresca reventó y su tobillo derecho pareció estar inflamado.

 

-¿Te llevo a un hospital?

 

-Que va, tranquilo. Vivo aquí a la vuelta. Y no creo que sea nada.

 

Los tacones habían hecho perder estabilidad a una Christina que me invitó a su casa aún dominada por el estrés laboral. Llegué a pensar que todavía no había asumido que se había caído, porque en las grandes ciudades todo ocurre tan rápido que la digestión de los acontecimientos siempre se hace tarde. A veces tan tarde que uno ya no recuerda el porqué.

 

La casa de Christina era bazofia: un apartamento de doscientos metros cuadrados, con terraza de otros cuarenta metros, salón convertido en gimnasio, cocina repleta de verduras ecológicas plastificadas –qué incongruencia-, y su habitación, gigantesca, donde en la cama hubiéramos cabido siete y con tal cantidad de armarios que soñé que nunca podría encontrar la salida. A la mañana siguiente, supuse.

 

-¿Eres fetichista?

 

-No es fetichismo. Es una realidad: yo era fan –ahora sólo seguidora- de Depeche Mode; y la primera vez que me corrí, allá por el año 92, fue en casa de mi primer novio escuchando esa canción.

 

-Ya, pero a lo mejor llegaste al clímax por ti misma y nada tenía que ver lo que sonaba de fondo.

 

-Eso mismo pensé yo hasta que no volví a correrme pasados tres años. Y otra vez con la misma canción. Pero lo mejor de todo es que todo me ocurrió besándome con un amante de la época. Estábamos en el Vicente Calderón y tocaban Depeche Mode. Entonces recordé la primera vez.

 

-¿Me estás diciendo que te corriste, cuando no te corrías nunca, escuchando World in my Eyes en un concierto, sin previa penetración ni tocamientos manuales?

 

-Lo juro.

 

-Pero esa vez tocaban en directo. No era un vinilo.

 

-Y fue la mejor. Recuerdo casi desmallarme en un éxtasis imparable de al menos cincuenta segundos. Manolo, que así se llamaba el chico, creía que había perdido el sentido. Llegó a insinuarme que me habían metido algo en la bebida.

 

-A lo mejor.

 

-Imposible: no bebí.

 

Christina seguía estirada en aquella inmensa cama, despatarrada, apretando su pubis contra mi rodilla. Porque así es como llegó a su placer más íntimo, que quiso compartir conmigo tras haberla penetrado sin que hubiera sentido más que “cosquillas sin importancia”. Luego puso World in my Eyes, creo que cincuenta veces, y apretó su coño contra mi rodilla, sintiendo que aquello no era humano. Dos días después fui a hacerme una artroscopia, comentándome el médico que “no había daños en el menisco ni en los ligamentos”.

 

-¿Juega usted al fútbol? –me preguntó el doctor.

 

-No.

 

-¿Hace algún tipo de deporte?

 

-Ninguno.

 

-¿Se dobló la rodilla en la bañera?

 

-Nada.

 

-¿Entonces para qué vino a mi consulta?

 

-Conocí a una mujer hace una semana que para llegar a su orgasmo apretó su sexo contra mi rodilla derecha por espacio de, al menos, una hora.

 

-¿Y le dolía?

 

-¿A quién?

 

-A usted.

 

-No.

 

-¿Y a ella?

 

-Me imagino que no.

 

Dejé la casa de Christina a la mañana siguiente, tras negarme a prestarle mi rodilla por segunda vez. Yo en cambio sí me volví a correr. Haciendo, eso sí, el acto de la manera clásica: ella debajo y yo encima, con algún giro hacia el riesgo de follar de lado o con ligeras posesiones a cuatro patas. “Necesito tu rodilla –me dijo-. Espérame que pongo el disco”. Y entonces salí corriendo.

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Esto es literatura porque es verdad joder!
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