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MOCHALES

Cariño, hueles a muerte

El alcohólico suele pasear por el borde del descanso. Y curiosamente casi nunca cae en él. Y si no que me lo digan a mí, que saliendo de un Den que apestaba a mongola –y a guiri aceitoso: y eso es lo peor- deambulé sin sentido pero consentidamente por ese envite que uno siempre acepta: el de meterla en caliente, el de saborear agujeros negros. A veces, muy negros.

 

Deborah se me apareció como cualquier otra. La salvedad fue que a los tres segundos recordé secuencias. Trazos. Me abrazó. Hacía ya cinco años de nuestros primeros vaivenes, cuando Olivier, un francés con más rabo que estatura, me pasó su teléfono: “Me la follé por 100 yuanes; hace de todo”, me dijo. Yo, sin dudarlo, salí de la duda. Y aprovechándome de su apertura de horarios, la iba llamando de cuando en cuando a primera hora de la mañana, cuando la lengua se atasca y la garganta apesta a alcantarilla. A veces mi miembro ni se levantaba. Qué digo: ni superaba los siete centímetros. O los seis. Las sustancias ilegales y los alcoholes imparables hacían su agosto. Y yo dándoles todo el apoyo del mundo.

 

Pero ayer, mientras alargaba mi cansancio, me topé con ella. Deslavazada. Con unas ropas miserables. Y con menos kilos que hace un lustro. Olía a armario cerrado. Y su mirada se quedaba corta. Ojos cercanos a las cataratas con unos ojos mucho menos visibles que antes. El taxi, ilegal, nos llevó a mi hotel, en donde, a la luz de la habitación y con la realidad de su desnudez, capté la imagen de la muerte. Era agradable, porque su sonrisa era perenne y porque sus recuerdos sobre mí me los transmitía con la misma memoria que yo la recordaba. “Te has dejado el pelo largo”, me dijo, mientras me buscaba la boca para comérmela.

 

La invité a ducharse. Y a lavarse los dientes. Luego la sequé, meditando entre toallazo y toallazo si valdría la pena meterla en caliente, o sea, sin goma. Porque de aquel amasijo de huesos sobresalían datos mortíferos: el primero, su pecho izquierdo era la mitad del contiguo; el segundo, de su vientre sobresalía una impresionante cicatriz que había quedado aprisionada dentro de una inmensa mancha de piel negra; y el último, que en aquella boca que me gustaba, la saliva se veía viscosa y los dientes se apreciaban difusos.

 

“He estado enferma –me dijo, mientras se sostenía ese estómago mortecino-; pero no ha sido un aborto. Es que había tragado mucho semen. Fui una irresponsable”. A los cuarenta minutos había vuelto a tragarse mi depósito. Y no lo forcé, lo prometo. “Tú eres diferente. Tú eres mi único cliente al que conozco desde hace cinco años”.

 

Suelo beber de la fuente con más frecuencia que un sediento. Pero puedo prometer que esta vez me mantuve lejano. Aquello, en general, era sospechoso, aunque interesante. Toqué el pezón del pecho pequeño por curiosidad, y deseché más toqueteos. Le ardía la piel. No paraba de rascarse, con zonas de su cuerpo recubiertas de blanquecinas manchas o de oscuridades sospechosas. ¿Sida?, me dije; psoriasis, seguro.

 

La vida es un revolcón. Y los revolcones se cuentan. Que no los días de trabajo. Que no las desilusiones. Salvo al psicólogo. O a la familia. Y Deborah, muy cercana a la muerte, seguía desprendiendo un certero olor a pureza. A acantilado donde desnucarte a costa de besar la costa. A ocho mil escalable con oxigeno contaminado.

 

Desové en su boca. Aún hoy brilla en mi drama cerebral su dentadura pastosa; su enfermedad segura. Pero qué bien me siento por patrocinar a un desecho social. A una desprendida de los hospitales y las farmacias. A una fulana como mandan los cánones: volcada tanto en la recaudación como en su regocijo. Que el placer sí ocupa lugar. Tanto o más que los libros.  

 

Quisiera estar enfermo y cobrar por ceder mi sexo. Quisiera pernoctar con mis clientes lejanos. Quisiera no haber pillado nada en la noche de ayer, que mutó en preocupación cuando obligué a la empleada del hotel a cambiarme las toallas de mi habitación. Porque los que tantean la muerte huelen casi peor que los que son amortajados. Y porque los miedosos, recuperamos el olfato del peligro nada más girar el almanaque hacia un día más. No la veré en cinco años. Eso seguro.

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